Inicio » Nacional, Sociedad // (…auto)Muerte y (sin)sentido

(…auto)Muerte y (sin)sentido

En todo caso, no voy a ser el primero que escriba de esto. A propósito del suicidio de Eduardo Miño se escribió hace bastante tiempo: “¿Cuántas veces, agobiado, alguno de nosotros no ha imaginado el ritual de la despedida? (…) Pero nos lo prohibimos. Por nosotros y por los que amamos.” La imagen de una muerte ejecutada por nosotros y sobre nosotros mismos parece ser bastante usual. ¿Fenómeno universal? Quizás. ¿Lugar común de nuestros más terribles momentos? Indudablemente. Hasta cierto punto incluso es válido pensar que la mayoría de nosotros es un sobreviviente del suicidio. Sin embargo, a propósito de “los que amamos”, debemos conceder que el suicidio deja marcas profundas en los demás. Pero, después de todo, ¿de quién es la culpa? ¿Se piensa acaso que es muy fácil preparar el “ritual de la despedida”? Meterse un tiro por la boca, ahorcarse de una viga, desangrarse lentamente en la tina o inmolarse en público y a la vez clavarse un puñal en el abdomen como Eduardo Miño. No, no es cosa fácil.

El tema está en la forma. Acto terrible para algunos, egoísta para otros; yo diría deprimente. A fin de cuentas es a lo que se condena a todo candidato al suicidio: Montar un acto cargado de una condición bochornosa. Cuestión de estilo, sin duda. Tan deprimente es que muchos de quienes lo barajan como alternativa prefieren matarse que continuar pensando en él. Como Foucault lo creía, debemos también nosotros creer en el espiral del suicidio. Si efectivamente se quieren salvar vidas debemos hacer que sólo se mate la gente por una voluntad reflexiva, despejada y liberada de incertidumbres. Personas que sepan disfrutar de aquel momento que, como ninguno, merece la pena que nos ocupemos de manera paciente, sin tregua y también sin fatalidad. El suicidio ha de ser aquel momento absolutamente singular que iluminará toda nuestra vida. No se debe dejar el suicidio en manos de personas desgraciadas e infelices, que amenazan con arruinarlo, estropearlo y hacer de él una miseria. Quizás, asumiéndolas como norma de conducta fundamental, debiéramos recordar siempre las sabias palabras que Ortega y Gasset escribiera: el valor supremo de la vida –como el valor de la moneda consiste en gastarla– está en perderla a tiempo y con gracia. Perderla con gracia, no dejando las huellas de la desdicha como único legado de una vida arruinada y sombría (de un modo categóricamente obvio, podríamos decir, lo que natura non da, suicidium non presta).

¡Basta ya que la distancia entre el suicida y su acto esté sembrada de deudas angustiantes, pérdidas dolorosas, vacíos existenciales, visitas al psiquiatra y dosis insuficientes de Prozac! Después de todo, como decía Marx, incluso sufrir es disfrutar de nosotros mismos. Y si aún no se aceptara esta evidencia, podríamos conformarnos sabiendo que de todas formas hay mucha menos gente feliz que desgraciada. O vegetar confortablemente sumergidos en esa paradójica condición, como nos lo recuerda el ensayista español antes citado, que consiste precisamente en que aquel que “siente menos apetitos vitales y percibe la existencia como una angustia omnímoda, según suele acaecer al hombre moderno, supedita finalmente todo a no perder la vida”.

En todo caso podemos reflexionar quizás un poco más sobre esta extraña condición cultural del suicidio. Pareciera que el suicidio (como la locura) se inserta en un extraño juego entre los valores que reconocemos y los valores que exigimos. Al suicida solo lo absuelve su acto en la medida en que éste no es de una neutralidad moral rigurosa. Debe no sólo decir algo, sino también tener un plan, un sentido, algo que lo haga descifrable para el resto, a quienes no deja en parte de incomodar. ¿Qué mejor que ver en él la expresión casi máxima de protesta, como en el caso de Eduardo Miño? ¿O un acto inevitable, símbolo de una vida apegada a un estilo, a una norma, como en el caso de Allende? Es entonces cuando se produce una especie de colonización del acto; se disuelve su vacío o absurdo (que tendría si no hubiera algo que le diera sentido) y es cubierto por una especie de “quijotismo de las virtudes impracticables”. El suicidio es así neutralizado, a la vez que colocado del lado de valores socialmente apreciados, que no deja de ensalzar. Frente a este suicida, que deja sus huellas ya sea en la palabra o en la acción, el suicida repentino, que lo tiene todo y un buen día se mata, sin dejar una razón clara de este evento, podrá ser tratado (quizás únicamente) como culpable: culpable de terminar súbitamente y de modo violento con un bien. Su acto será simplemente un reproche (para él y para nadie más). En cambio, el suicida por una causa, con un leit – motive, es siempre inocente, por que está en ese paso violento de una moral a otra; es decir, de una moral practicada, que casi no nos atrevemos a reconocer, a una moral exaltada, que nos negamos a practicar, por el bien de todos. Suicidio heroico o suicidio banal: Los primeros se van al azul del cielo a reposar sobre los laureles de un mundo que pudo ser mejor; Los segundos… es mejor olvidar lo que hicieron –y de paso también a ellos. Triste polaridad– ¿Dónde querríamos estar?, ¿Con o sin gracia?

Etiquetas: , ,

Deja un comentario

Get Adobe Flash playerPlugin by wpburn.com wordpress themes
Algunos derechos reservados © 2010 Red Seca – Revista de Actualidad Política, Social y Cultural Licencia CC | ISSN 0718-8927