Desde casos como el Tusunam
i o lo de Robinson Crusoe hasta la carcajada del Ministro de Economía, existe, por lo menos, una sensación de deficiencias de competencias políticas entre los miembros del gobierno. Y es que para todos es llamativo que el gobierno de los mejores esté tan mal preparado para enfrentar los más nimios escollos que se les han presentado. En ese derrotero, la bullada derrota del proyecto de Royalty minero que debió enfrentar la reciente semana el presidente Piñera, hace que debamos mirar el carácter de quienes componen hoy la conducción del gobierno y revisar que condiciones de fuerza se presentan hoy.
Es fácil explicar lo que pasó el día jueves, cuando un ministro de Piñera se vio aplastado ante las cámaras, cabizbajo y humillado, tuvo que dar explicaciones a unos hábiles Escalona y Lagos Weber. Era la guinda de la torta, el mismo ministro que ya había sido descubierto vacacionando en Sudáfrica durante el mundial, ahora volvía a Chile a perder el proyecto emblemático para financiar la reconstrucción post Terremoto. Primero, tenemos a un Presidente, que medio borracho de ego y medio sobreideologizado de liberalismo, se lanza en una estética aventura de llenar los ministerios de gerentes y técnicos de la primera división del empresariado en Chile. Después, estos ministros deben negociar con un parlamento adverso y controlado por una oposición malherida y rabiosa, proyectos emblemáticos de Piñera. Por último, estos empresarios poseen nula capacidad política para un espacio tan peliagudo como la “democracia de los consensos”. Detengámonos en esto último un momento.
El carácter de clase de un gerente chileno es evidentemente burgués y oligárquico. Las lógicas de relaciones humanas a las que está acostumbrado, en un país con leyes laborales hechas para favorecerlos, son propias de una sociedad burguesa con hegemonía burguesa. Son, probablemente, tipos que nacieron ricos, siempre dieron órdenes y se las obedecieron, y casi nunca han tenido que pedir perdón o arrepentirse de algo. Al igual que en el cuento de Sartre, “La Infancia de un Jefe”, sus vidas están hechas para que manden sin confiar en nadie más que en ellos. Por ello, tomar a un gerente y ponerlo a dar explicaciones ante las cámaras -las del congreso y las otras-, a explicarle al país sobre como hará lo que hará, a negociar con experimentados dirigentes sindicales, blindados del amedrentamiento empresarial del mundo privado y, más encima, después de todo eso, a explicar su fracaso; todo eso es, por lo bajo, una tontera. Traslados de cuadros empresariales o técnicos de alto nivel al mundo político se han dado varias veces y con éxito (Pérez Zujovic es un gran ejemplo), pero cuando el escenario es así de hostil para un gobierno, suelen no resultar (el caso de Sergio de Castro en 1982). Así las cosas, que el Ministro Golborne fracasara, y con él el piñerismo, no parece ser raro.
Como decíamos, el escenario no es el mejor para el programa de Piñera y el halo de crisis se deja sentir. Pero ¿Qué tan real es éste?
Los errores no forzados de esta administración dan para mucha burla, goce de la Concertación y muchos videos de youtube. Las críticas a Piñera provienen de una pataleante Concertación, que aprovecha su mayoría parlamentaria para resistir el embate político de la iniciativa neoliberal (nunca tuvo tanto sentido este concepto), y también emergen de una UDI que golpeada en su doble alma de empresariado rentista y conservadurismo radical, no ha dejado nunca de sentir desconfianza hacia Piñera y su entorno. Así las cosas, los tiempos de acumulación fácil -más aun- que añoraban los patrones chilenos con la llegada de la Derecha al poder no dejan de esperarse, avanzan los impuestos que les duelen y no los que los benefician (como el Royalty), mientras Piñera no sabe qué hacer para detener la mediática e hipertrofiada relación entre Bachelet y Bielsa. Piñera está solo, Allamand, uno que de política sabe, lo advirtió en febrero.
Pero eso no es todo. Lo del Transantiago es un ejemplo de ello. En poco más de un mes, la iniciativa política del entramado comunicacional de la Derecha logró reconstruir a su modo el sistema de transporte emblemático de la Concertación. Primero hizo subir los precios del pasaje en más o menos un 25%, amparándose en un supuestamente omnipotente y supremo “consejo de expertos”; después El Mercurio, La Tercera y los canales de TV alineados con el gobierno levantan un paro de trabajadores del Transantiago como no lo hacían hace mucho, instalando la idea de crisis extendida del sistema; a la semana siguiente, se lanza el mayor cambio a este sistema desde su implementación en 2007. Así, se cambiarán los contratos, volverá la competencia (y su expresión en cotidiano, las carreras de micros), y de bajar los precios ni hablar. Eso pasó, sin tusunami o marepoto que pudiese siquiera mellarle en su seriedad. Aun no se vende Chilevisión y los conflictos de interés siguen vivos como en el caso de Ruiz Tagle. Por último, la reforma al sistema de Educación Superior o las iniciativas de Lavín tendientes a golpear a los profesores, especie de nuevo fantasma del lumpen proletariado, tampoco consiguen una resistencia muy potente de parte de los futuros afectados. Ejemplos de avance para el piñerismo hay de sobra, de crisis muy pocos y superficiales. Piñera, probablemente, termine consiguiendo solución a esto con un cambio en el equipo, colocando ministros más experimentados en la negociación y, además, incluso, cediendo vocerías.
Mientras, en la otra vereda, las cosas no se ven mejor. Además de dispararle desde la trinchera liguriense que es The Clinic y conseguir segundos de noticiario abusando de la idiotez de algún ministro, no es mucho lo que se logra. El PC está callado, sus parlamentarios pagando apuestas con Hasbún sobre los resultados de la selección nacional, el resto de la izquierda vive en su mundo de microexperimentos revolucionarios y los más jóvenes y radicales se anotan para la próxima generación de presos políticos en Chile. La Concertación sigue en su retiro interior, discutiendo como resolver el debate sobre política y tecnocracia entre sus figuras, mientras más abajo se siguen apuñalando en elecciones internas, negociando una paz que entienden es la supervivencia orgánica. El cónclave de figuras que hace poco sucedió en la ex alianza gobernante no logra descifrar la disputa entre tecnócratas y políticos, una pugna fratricida en que no son capaces de alterar el escenario.
Porque la discusión entre tecnocracia y política, o si se quiere entre técnicos que asumen la política como mera administración del modelo y los políticos otrora idealistas pero devenidos en clientelistas, esconde en realidad cambios en la correlación de clases, en la dominación y en la sociedad. Trabajadores técnicos, aferrados a sus credenciales y trabajos, cuyos capitales en prestigio, redes y dinero dan para aspirar a ser llamados “nueva clase media” están en pugna con lo que queda de aquella antigua clase media y trabajadora, amparada en las industrias de la cultura, la educación, el sector público o el trabajo industrial; los primeros son los que le dieron el 5% a Piñera para alcanzar La Moneda, los segundos están desorientados culturalmente y vencidos políticamente. Da para una columna nueva todo esto, una larga y más analítica, pero preferimos terminar acá. Basta decir que mientras las fuerzas opositoras no puedan sobredeterminar tal pugna, seguirán viviendo de la ilusión de la crisis del piñerismo, como los antidepresivos logran mantener vivo a un miserable.













Fernando,
Según Carlos Pérez estaríamos ante un aumento de conciencia del CEO y por ende, del poder burocrático que representa. Por otra parte, según tu segunda posición, podemos recordar a Lord Thomas Cochrane, quién tras ser acusado de corrupción, viene a Chile a servir de almirante a sueldo, después de las independencias de Sudamérica, trabajaría para Japón y Brasil. Un mercenario, pero que sin embargo, es reconocido como héroe nacional y de la Armada. Para un ejemplo más moderno, tenemos a Bielsa, que es algo muy similar, y que entonces deberíamos pensar que entre defender a los saqueadores pero cobrar un sueldo que el 99,9% de los chilenos apenas puede imaginar, sus contradicciones de vida indicarían que debemos liberarlo de su riqueza mas no de su moral…
Complejo, pero interesante.
Quiero comentar, al pasar, que el personaje del cuento de Sartre tiene una infancia sumamente compleja, en la cual se cuestiona reiteradamente su identidad -creo que incluso su identidad sexual si mal no recuerdo- y sus lealtades; pero todo ese derrotero es borrado una vez que se deja crecer el bigotito y cumple con el destino que su padre le había trazado cuando era un niño visitando la fábrica de su familia. Muchos de nuestros actuales gerentes y empresarios han, seguramente, de tener experiencias tan complejas y matizadas como las de este jefe de Sastre; pero tal como él, se deshumanizan completamente al ponerse al servicio de la gran empresa. Alguna vez escribí aquí una columna afirmando que el único sujeto no-enajenado en la empresa actual es el ejecutivo, el CEO, que vive sus aventuras empresariales como un condottiero, un mercenario capitalista. Sin embargo, al pensar de nuevo en el asunto a raíz de esta columna, creo que por el contrario el empresario adquiere esa libertad al costo de deshumanizarse, de ponerse una máscara y olvidar su pasado humanizador –el cual puede ser peligroso ya que le puede llevar a empatizar con sus subordinados, o con sus competidores–. En definitiva, el empresario burgués parece ser también un sujeto enajenado al que hay que liberar de sus cadenas: al que hay que obligar a ser libre.