Casi un millón de chilenos están expuestos a la enfermedad de Chagas, y muchos de ellos mueren anualmente por su causa. El Chagas es una infección parasitaria transmitida por el insecto adecuadamente conocido como “chinche asesina”. Los síntomas a largo plazo incluyen malformaciones de los intestinos, demencia y daño cardíaco. Por desgracia, las opciones de tratamiento son muy limitadas; el benznidazol, el fármaco más utilizado para el tratamiento, es altamente tóxico y tiene una eficacia limitada. Unos 10 millones de personas en América Latina padecen de esta enfermedad sin saberlo.

Consideremos ahora el punto de vista de un alto ejecutivo de una importante empresa farmacéutica. Supongamos que conozca las terribles consecuencias de Chagas y que quiera invertir recursos en la búsqueda de un tratamiento efectivo. Sin embargo, en su calidad de ejecutivo es responsable ante sus accionistas, quienes esperan que la empresa asigne sus recursos en proyectos que tengan altas tasas de retorno. La empresa no es una organización de caridad, después de todo; y no se puede ganar mucho dinero atendiendo a las víctimas del Chagas, que tienden a ser pobres.

El Chagas es el caso clásico de una enfermedad olvidada: ignorada por los responsables económicos en los países desarrollados no porque sus efectos sobre la salud no sean perjudiciales, sino porque su potencial lucrativo es bajo. La economía global establece implícitamente el valor de las personas de acuerdo a la cantidad que puedan pagar, lo cual es moral y económicamente incorrecto. La salud y la vida de los seres humanos tienen un valor intrínseco más profundo que su capacidad de pago. Esto no quiere decir que la sociedad deba estar dispuesta a gastar una cantidad indefinida en salvar a todas y cada una de las personas; pero sí es cierto, al menos, que la capacidad individual de pago no es la manera adecuada de determinar cuánto gastar en salud.

Lamentablemente, nuestro sistema actual de apoyo a la innovación farmacéutica incentiva la investigación sólo de aquellos medicamentos que la gente rica o sus aseguradores están dispuestos a comprar a precios altos. Esto excluye a muchas drogas terapéuticamente importantes. Este defecto puede corregirse creando un mecanismo complementario al sistema actualmente existente. Financiado por países desarrollados y en desarrollo, el Fondo de Impacto para la Salud (HIF, por sus siglas en inglés) pagaría cada año una cantidad fija –tal vez en el orden de $ 6 mil millones– para recompensar innovaciones farmacéuticas registradas en proporción a su impacto sobre la salud mundial.

Cualquier producto registrado como HIF tendría que ser vendido al costo de producción en lugar de precios monopólicos en todo el mundo. Las empresas ganarían beneficios, y recuperarían los grandes costos que involucra la innovación, accediendo durante diez años a los beneficios pagados por el Fondo. Y las empresas tendrían libertad para elegir, respecto de cada nuevo producto, si lo registrarían como HIF o se atendrían al sistema de precios actual.

Esta propuesta es económicamente viable porque se aprovecha de la competencia. Las empresas registrarían nuevos productos con alto potencial de impacto sobre la salud y comercializarían estos productos con el fin de aprovechar este potencial. Los beneficios se regularían a sí mismos; si el retorno fuera demasiado bajo, no habría inscripciones en el registro de productos. Las empresas no tendrían que renunciar a sus patentes; el HIF sería simplemente otra manera adicional de compensar la innovación. E innovadores sin fines de lucro también podrían registrar sus productos farmacéuticos en este programa.

El Fondo de Impacto para la Salud podría corregir los perversos incentivos inherentes a nuestro sistema actual, ya que cada vida humana tendría exactamente el mismo valor. Ello no impediría que los ricos buscaran una mejor atención, al tiempo que permitiría a las empresas farmacéuticas ganar dinero proporcionando farmacéuticos a personas pobres cuya salud y supervivencia tienen el mismo valor intrínseco de cualquier otra persona.

El HIF no sólo satisfaría enfermedades desatendidas. Las empresas podrían registrar medicamentos para otras enfermedades globales, como la diabetes, y hacerlas accesibles para personas de todo el mundo. Los pacientes, los aseguradores y los gobiernos de los países desarrollados se beneficiarían de las reducciones de precio, lo que ayudaría a financiar el Fondo. Los bajos precios serían aún más importantes para la población pobre, que también se beneficiarían del hecho de que las empresas sean recompensadas por garantizar el uso óptimo de sus productos registrados como HIF.

La Organización Mundial de la Salud ha establecido un grupo de expertos para examinar propuestas de nuevas formas para incentivar nuevos medicamentos y hacerlos accesibles. Un informe de este grupo identificó al HIF como un enfoque prometedor. Pero para que sea más que prometedora, gobiernos como el de Chile tendrían que empezar a trabajar hacia la aplicación de esta reforma sistémica, de largo plazo, económicamente viable y moralmente buena, que aumentaría la disponibilidad de nuevos medicamentos no sólo para los pobres, sino para todos. Necesitamos establecer metas de desempeño para las empresas farmacéuticas en las cuales ellas sean recompensadas, antes que todo, por mejorar la salud.

Thomas Pogge
Leitner Professor of Philosophy and International Affairs, Yale University