El día lunes de esta semana murió Steve Irwin, un explorador, aventurero y documentalista australiano que hizo de su carrera una oda al riesgo y a la defensa de los animales. Nadie podrá olvidar sus luchas cuerpo a cuerpo con los cocodrilos, que más tarde le valieron el nombre de “The Cocodrile Hunter”, como tampoco a su hijo recién nacido en una piscina llena de cocodrilos, lo que para muchos le hizo merecedor del titulo de “Rey de los Huevones”. Sin embargo, de ambas luchas salió ileso. Cocodrilos más cocodrilos menos, querellas y acusaciones varias de por medio, logró salir sin rasguños ni condenas legales de sus dos más grandes proezas. Pero este curioso defensor de los animales terminó su vida de la manera más estupida posible. Convencido de que su espíritu aventurero y su cariño por los animales lo salvaría de cualquier bestia, por peligrosa que fuera, eligió la puerta de la egolatría, esa que sólo eligen quienes, cegados por las candilejas del éxito, creen que puede hacerlo todo sin costos aparentes. Así es como, imbuido de un ecologismo profundo y convencido de que esta sería su consagración, decidió lanzarse al agua e ir en busca de esas bestias de movimiento sinuoso, las rayas

Una de las teorías de la evolución humana sostiene que, hace millones de años, un grupo de alimañas salió de los océanos para comenzar la deriva evolutiva que terminó en esa bestia que hoy llamamos hombre. Ese fue el gran error de Steve, intentar retroceder millones de años en el tiempo y salir ileso. En un medio donde el suelo no puede ser pisado, porque está lejos de dar la seguridad que da la tierra firme, y para el cual nuestro cuerpo no está diseñado; “The Cocodrile Hunter” se encontró con una de esas primitivas bestias, cuyo sistema nervioso sólo les permite distinguir entre la vida y la muerte, y de las cuales nuestros antepasados debieron huir para dejar la condición de ameba indefensa y convertirse en dominadores de esta Tierra.

Pobre Steve, de aventurero defensor de los animales, pasó a ser la presa de una aventura animal. Navegando por sobre una raya australiana, creyendo que esta –por alguna razón mágica- captaría su profundo amor por las bestias, superó el límite de lo tolerable por las bestias primitivas, y fue atravesado por el aguijón del protagonista de este, su último documental. Sin duda que Steve logró captar la atención de la población, pero queda la duda ¿logró sensibilizar a la población con su amor a los animales? O, más bien, ¿captó la atención de una población que esperaba con ansias el minuto en que la bestia lo mordiera? Sin importar cual de las dos alternativas fuera la correcta, lo cierto es que llegó el día en que Steve fue victima de su “loco afán”, y ahora todos lloramos su muerte.

¿Porque, si tanto lo quisimos, nadie tuvo la gentileza de decirle que con los animales no se juega? Sospecho que, en el fondo, siempre quisimos verlo entre las fauces de un reptil. Debimos decirle que con los animales sólo se puede tener dos posturas: cazarlos u observarlos. Sin embargo, preferimos que siguiera creyendo que son un juguete más del deseo incontenible del hombre moderno. Del mismo modo que, aquí, lejos de Australia, muchos demócrata cristianos creyeron que el Ejercito sólo era un juguete más de sus “democráticos” sueños para Chile; y nadie tuvo la delicadeza de decirles que ellos, los militares, no sólo querían plumavit (ver artículo anterior).

Hace unos días, entre querellas judiciales y documentales de dudosa reputación, revivió uno de los muertos vivientes de nuestra historia: Eduardo Frei Montalva. Y nadie ha reparado en la enorme similitud que su muerte tiene con la de Steve. Sí, don Eduardo, ese gran amante de la democracia, vivió un trance durante su vida en que, al igual que Steve, decidió dejar de vivir entre los hombres para sumergirse en el mundo de las bestias. Si bien no murió en el intento, más tarde los cancerberos fueron por su cabeza.

En el Reino de Chile, al igual que en el de las bestias, el cariño se paga con la traición, ese es el “pago de Chile”. Sin embargo, nadie tuvo la delicadeza de recordarle ese viejo adagio a Don Eduardo. Convencido de que el país pasaba por una crisis de gobernabilidad, en la cual las bestias del gobierno marxista lo llevarían al abismo del progreso materialista, Don Eduardo invocó a los guardianes de la democracia, gorilas y perros salvajes que, en su ideario de Chile, inundarían este país de esa humanidad que el marxismo estuvo a punto de quitarnos.

Pobre Don Eduardo, se metió en la jaula del Gorila y le ofreció un selecto grupo de bananas rojas, esperando que con eso saciaría su hambre. Al igual que Steve, con la férrea convicción de que los animales lo ayudarían a saltar al podio de la fama, como el gran salvador de Chile, abrió aquella jaula y liberó al Gorila y a sus perros. Mientras tanto, Don Eduardo se escondía entre las grietas de la selva de cemento, cual camarógrafo de la National Geografic, esperando salir a la luz una vez que el Gorila hubiera devorado a la presa elegida –por Dios y la historia-. Una vez que lo anterior hubiese acontecido, nuestro salvador esperaba saltar a la palestra como el gran domador de la bestia, recordándonos que estas no matan por maldad, sino que por naturaleza… para luego restituir el dominio del hombre sobre la bestia, bajo esa forma que algunos llaman democracia; yo prefiero “el gobierno de los perros”.

Lamentablemente, las expectativas de Don Eduardo no se cumplieron. Una vez que creyó concluido su plan, la película dejó de llamarse “King Kong”, donde el Gorila muere en manos de la civilización. Ahora se trataba de un nuevo film, más parecido al “Planeta De Los Simios”, donde la civilización cae bajo la sombra del Gorila. Así es como el personaje en cuestión, entre muchos otros, bajo la premisa de salvar al hombre de la barbarie, terminó sus días en manos de la bestia que había invocado.

Ahora, muchos años después, todos lloramos su muerte. Sin embargo, aquellos que aplaudían el sonido de los Tanques, que lo vieron pasar acompañado de la muerte y su guadaña, no tuvieron ni la decencia ni el coraje de decírselo. Esos que en el día de ayer lo alentaran a sumergirse en la selva sin camuflaje, son los que hoy nos dicen: “no teníamos idea”.

¿Logró Don Eduardo conmovernos sobre el valor de la democracia? O, más bien ¿preferimos dejarlo jugar a ser héroe de una película cuyo final ya conocíamos? Sospecho que, al igual que con Steve, quienes lo alentaban a dominar al Gorila esperaban verlo en sus fauces. Así son los shows con animales, desatan el morbo de la gente y si este alcanza su cenit –ver la muerte del domador-, no importa, el show debe continuar.