LarraínHacia fines del invierno de 1972 se realizó un ejercicio de desembarco anfibio en la costa Este de Isla Dawson, sobre una larga playa a orillas del Canal Whiteside en algún lugar entre punta Valentín y Puerto Harris. El operativo reunió a las fuerzas del Destacamento de Infantería de Marina Nº 4 “Cochrane”, un batallón de desembarco de unos 500 efectivos, más las unidades navales de transporte anfibio asignadas por la Tercera Zona Naval, a lo que se sumó el apoyo aéreo de una escuadrilla de T-37 provista por la 4ª. Brigada Aérea asentada en Bahía Catalina. El ejercicio se llevó a cabo con precisión y eficiencia, sin  dejar dudas de que se trataba de las tropas mejor preparadas y entrenadas de toda la defensa nacional de la época, aspecto que no pasó desapercibido para quien constituía la máxima autoridad de gobierno presente en el lugar, el Ministro de Defensa Don José Tohá González.

Casi un año más tarde era el propio ministro el que desembarcaba en esa playa en una condición radicalmente diferente: llegaba como prisionero de guerra. Las mismas autoridades militares que le habían rendido los honores a su rango el año anterior, esta vez disponían su reclusión en el campo de prisioneros especialmente levantado para albergar a los principales dirigentes del gobierno depuesto. Encapuchados durante todo el trayecto desde Punta Arenas, los prisioneros fueron desembarcados en la oscuridad desde las barcazas anfibias que, como procedimiento, deben abrir sus rampas de proa algunos metros antes de varar. Sin saber donde se encontraban, muchos temieron lo peor al escuchar el ruido de las olas mezclado con el triquitraque del congelado mecanismo de la embarcación. Después de todo, el “fondeo” de opositores era parte de la historia política de este país. Sin embargo, la voz tranquila del ministro los aquietó. Creo que estamos en Dawson -dijo.

Quien escribe estas líneas era teniente 1º de infantería de marina y como tal había participado en el desembarco de 1972 al mando de la compañía 411 del batallón anfibio. Sin embargo, un año después me desempeñaba como copiloto del avión naval C-47 Dakota que prestaba servicios para la Tercera Zona Naval en Punta Arenas, tarea a la cual, en mi capacidad de piloto naval, había sido asignado hacía un par de meses antes y que debí aceptar con una mezcla de agrado y suspicacia. Mi posición, consecuente con mi juramento de lealtad a la Constitución, me había apartado del grupo mayoritario de la oficialidad que en esos días previos a Septiembre de 1973 había decidido deponer al gobierno democrático de Salvador Allende. El cargo como comandante de una compañía de infantería de marina, con una fuerza de unos 120 soldados, despertaba más de alguna inquietud entre los mandos que secretamente se preparaban para la asonada. De allí que mi designación como copiloto del C-47 constituyó una salida muy oportuna para ser apartado del mando de tropa, en momentos en que se cernía la crisis.

Ocurrido el Golpe del 11 de Septiembre, el avión naval continuó cumpliendo sus tareas de transporte habituales, que consistían en vuelos casi diarios entre Punta Arenas y Puerto Williams. Los días pasaban sin poder encontrar la coyuntura que me permitiera manifestar al mando naval mis deseos de dejar la institución. En el intervalo, surgió una orden de volar a Isla Dawson con material y personal para el campo de entrenamiento, ahora campo de prisioneros en construcción. Algunos tabiques de casas prefabricadas, personal de relevo y un par de funcionarios del gobierno depuesto -maniatados- que se unirían al grupo de prisioneros. Aterrizamos en el aeródromo de San Valentín, en el extremo norte de la isla, en donde nos esperaban los camiones militares que continuarían con la carga hasta el campamento. Como la operación podía durar varias horas y al no haber instalaciones en el aeródromo, el oficial naval a cargo del vuelo invitó a los pilotos a que lo acompañáramos al campamento.

Al llegar al lugar e ingresar al recinto cercado por alambre de púas, con torres de vigilancias en cada esquina y varias instalaciones de habitabilidad (“barracas” en la jerga dawsoniana de esos días), unas completas y otras en construcción, me encontré de sopetón con uno de los oficiales que estaba a cargo del campo y que resultó ser compañero de promoción, quien con ademán apesadumbrado me manifestó que casi no resistía más la situación. No estudié en la Escuela Naval para ser carcelero -me confesó. Más allá se encontraban los prisioneros que deambulaban por el recinto con un aspecto que denotaba una mezcla de enojo, incertidumbre e incredulidad. Para mi desazón, me crucé con la mirada de ira del ministro Orlando Letelier. Él no podía saber mi situación. Osvaldo Puccio, hijo, me pareció un frágil joven rubio, casi albino, vestido con una delgada chaqueta azul, pantalones claros y calzado con mocasines. ¡En ese frío! José Cademártori, el último ministro de economía del Presidente Allende, también vestía con ropa liviana, pero más me llamó la atención el hecho que en ese momento llevara el pelo azul. Meses más tarde, cuando ya estaba retirado de la Armada y trabajaba en una empresa civil como piloto de helicópteros, me encontré con Xenia, la esposa de Cademártori, cuya familia me conocía desde niño. Al relatarle lo del pelo azul –con humor, pese a su situación- soltó una carcajada y me dijo: “¡al leso se le ocurrió empezar un tratamiento para teñirse las canas el día 10!”

Junto a mi jefe, el piloto Dante Marchese, una persona de mucha humanidad, tuvimos la ocasión de conversar a solas con Daniel Vergara, el que fuera leal subsecretario del interior del Presidente Allende. Tenía una mano vendada y el brazo en cabestrillo. Estoy seguro de que tengo un proyectil incrustado –nos dijo. Pero aquí dicen que me apreté el brazo en la rampa de la barcaza –no es cierto. Yo creo que necesito atención hospitalaria. A continuación nos dio una charla acerca de la monstruosidad cometida por los insurrectos al dar el golpe militar. Pero todo expresado en un lenguaje jurídico, sin adjetivar, sin agitarse, con citas casi textuales de los artículos de la Constitución y del Código de Justicia Militar que a su experto juicio habían sido violentados.

El día 25 de Septiembre por fin se presentó la oportunidad de una salida a mi incómoda situación. El Almirante Merino había enviado un mensaje desde Valparaíso a la Tercera Zona Naval disponiendo mi llamado a retiro del servicio de la Armada. El jefe de la Terzona, recién instalado en el cargo, Almirante Horacio Justiniano, me mandó a llamar. Tengo este mensaje del Almirante Merino en que pide su baja. Yo no lo conozco a usted, teniente, por eso lo mandé a llamar, para escuchar su punto de vista. Me informan que usted manifestó en reiteradas ocasiones su apoyo al gobierno marxista. Pero ahora la situación ha cambiado totalmente, como podrá ver. Además, como esto se filtró acá hay varios oficiales que han querido hablar conmigo para interceder en su favor. Por ello y por sus antecedentes yo puedo informar favorablemente el caso suyo al Almirante Merino y podría permanecer en la institución, expresó Justiniano.

Almirante, agradezco su buena disposición hacia mí, pero no deseo seguir en el servicio. Siento decir que se ha cometido un error histórico cuyo resultado las Fuerzas Armadas, tarde o temprano, van a lamentar -agregué.

Bueno, si es así, no lo puedo ayudar. Espero, entonces, la presentación de su renuncia.


* N. del E. En el marco de la conmemoración de los 40 años del Golpe de Estado, adelantamos un fragmento de las memorias de nuestro columnista Horacio Larraín.