Los conservadores suelen ser avezados exponentes del contorsionismo ideológico. Desde que la modernidad instauró la idea de la inevitabilidad del progreso científico, económico y social, su terco afán por defender las tradiciones ha debido reconocer sucesivas derrotas. Al día de hoy, sus fracasos más estruendosos han sido a manos del liberalismo decimonónico y de la biología evolutiva. Sin embargo, actualmente aparecen ante la opinión pública defendiendo la democracia liberal, el librecambismo y el método científico, a pesar de su otrora fascinación con ideas tan contrarias a estas, como el corporativismo y el creacionismo. Así las cosas, en su desesperado intento por preservar lo establecido, deben contentarse con la defensa de logros ajenos. Cómo si fuesen un dique del cambio social, de tanto en tanto están condenados a abrir las compuertas de la moral y mirar con estupor la ebullición social que se desencadena a sus espaldas.
 
Hoy en Chile, distinguidos representantes del pensamiento conservador, a través de la Fundación Ciencia y Evolución, organizan una serie de seminarios sobre el legado de Darwin y las aplicaciones de su pensamiento a la moral, la política y la economía. Sin embargo, al tiempo que reconocen la importancia de este científico inglés, tan criticado por los conservadores de antaño, otros representantes de las ideas veterotestamentarias han emprendido, a través de este diario, una cruzada por la vida y la definición constitucional de familia, negando la evidencia científica y desconociendo las ideas del propio Darwin.
 
Resulta curioso que los conservadores acepten de buena gana las implicancias políticas y económicas de la teoría evolutiva y, a su vez, renieguen de ellas en el campo reproductivo y familiar. Sí para estos las necesidades adaptativas pueden justificar moralmente las diferencias económicas y sociales entre los seres humanos, ¿por qué las mismas no pueden avalar el dinamismo de la estructura familiar y la voluntad de las mujeres para decidir cuándo embrazarse? Al parecer, sólo nos queda esperar la evolución del propio pensamiento conservador. Después de todo, ante la imposibilidad perenne de negar la evidencia científica, terminan por claudicar ante las banderas del progreso. Así las cosas, es probable que en 50 años más los retoños de ese sector social sean los más fervientes defensores del levonogestrel y el matrimonio homosexual, cuando una nueva arremetida del progreso científico y moral pretenda ampliar aún más la barrera de lo aceptable.