
La política, si bien se beneficia de la moderación y la capacidad de diálogo, es en última instancia un modo de resolver los conflictos que cruzan las sociedades. Esto debe ser tenido en cuenta al observar lo que está en juego en las elecciones de este domingo.
La concertación ha ido propiciando una red de protección social. Lo más importante de esto, es que ha comenzado a reintroducir en Chile la noción de derechos sociales. Es decir, el Estado ha dejado de tener un rol meramente asistencialista, para pasar a ser el garante de derechos o Garantías Explícitas que aseguren condiciones de vida mínimas a los ciudadanos. La derecha ha copiado la idea de mantener ciertos bonos y subsidios, pero se ha negado a apoyar esta noción de derechos sociales. Es más, cuando se ha discutido la idea de asignar derechos sociales mínimos y básicos, como fue el caso de las garantías contenidas en el plan AUGE, la derecha hizo una férrea oposición. No debemos olvidarnos que pese a los ropajes de última hora, los economistas de la derecha, formados bajo los preceptos de Hayek y Friedman, consideran estas medidas como un lastre innecesario, que distorsiona los equilibrios del mercado. Así, en esta elección, y pese a los anuncios demagógicos de regalías por parte de la derecha, están en conflicto una corriente que defiende la idea de protección y derechos sociales, contra otra que plantea un fuerte individualismo en este ámbito.
Durante estos 20 años, la coalición de Gobierno ha impulsado reformas a nuestro sistema de relaciones laborales, las que apuntan a que el mundo del trabajo pueda negociar en un pie de mayor igualdad y con confianza frente a la patronal. Así, las medidas propuestas en reiteradas ocasiones por la Concertación, han tenido como propósito facilitar la sindicalización, permitir que los sindicatos puedan negociar por ramas y que sus dirigentes tengan garantías que los mantengan a salvo del acoso y las persecuciones. La derecha, coludida con un empresariado cortoplacista y miope, se ha opuesto sistemáticamente a todas estas medidas. De este modo, la elección del domingo es una lucha entre quienes defienden la necesidad de un Estado que le dé garantías a los trabajadores, en contra de quienes ven al trabajo como un simple bien transable en el mercado.
Por años, en sus cátedras, los economistas de la derecha han planteado que la desigualdad no es un problema y que la gran solución a los problemas sociales está exclusivamente en el crecimiento. Sus centros de estudio –sí, esos mismos desde donde han salido los asesores de los grupos Tantauco- han sostenido esta misma idea, basándose en la tesis del “chorreo”. Por lo mismo, que ahora reclamen por la mantención de las desigualdades es simplemente oportunismo. La Concertación si bien ha fallado en este sentido, ha tematizado esta situación como un problema y es la única corriente que esta proponiendo mecanismos para mejorarla. Por lo demás, las políticas propuestas por la derecha, especialmente en el ámbito educacional, donde defienden la autonomía de los centros educativos para fijar sus criterios de selección, y de urbanismo, donde defienden un abstencionismo del Estado que fomenta la segregación urbana, solo pueden reforzar las tendencias a la desigualdad y el clasismo. En este sentido, el carácter aristocratizante de la dirigencia de los partidos de la derecha no debe dejar de ser tomada en cuenta. Solo basta con ver como la UDI, si bien tiene una fuerte base popular, no tiene ningún alto dirigente proveniente de estas bases. En definitiva, y parafraseando a Pablo de Rokha, se trata de un partido “Mas populachero que popular”. Así, lo que se enfrenta es una corriente democratizante que está haciendo crecientes esfuerzos por terminar con las desigualdades, contra una corriente clasista que solo puede tomar medidas que aumenten la desigualdad.
La Concertación ha sido una corriente que ha logrado reunir a cristianos y laicistas en torno a un proyecto común, en donde la religión ha sido respetada, pero siempre ha primado como bien superior la libertad y la autonomía de las conciencias. Prueba de ello es la Ley de Cultos, que ha igualado las prerrogativas de diversas confesiones religiosas. Por el contrario, la gran mayoría de la derecha se opuso a la Ley de Divorcio y se ha opuesto a la autonomía en el uso de métodos anticonceptivos de emergencia, dejando en evidencia como pretende imponer un cuerpo de creencias religiosas particular a todos los ciudadanos. En definitiva, y a pesar de los maquillajes liberales de última hora que ha adoptado la mayor parte de la derecha, en esta elección se dirime un conflicto entre una corriente respetuosa de la libertad de conciencia en contra de otra que pretende violentar la privacidad de los individuos con su visión maniquea de la religión.
Por último, la Concertación ha presentado diversas iniciativas que tienden a ir demoliendo los enclaves autoritarios y mejorar la representatividad de nuestras instituciones. Si bien es cierto que el carácter pactado de la transición ha impuesto un ritmo lento y transaccional, es evidente quienes han sido los promotores de los cambios políticos. La Concertación fue la que democratizó las elección de alcaldes y pugnó por terminar con los senadores designados y vitalicios y con la inamovilidad de los Comandantes en Jefe. Al mismo tiempo, es la corriente que ha presentado todas las iniciativas que apuntan a terminar con el sistema binominal. Por otro lado, la derecha se ha mostrado reacia a deshacerse del legado institucional del pinochetismo y a adoptar instituciones medianamente decentes para los estándares de una democracia liberal del mundo occidental. Así, quienes se enfrentan en esta elección son los propulsores de una mayor democratización en contra de los defensores de los vestigios de la democracia protegida legada por Pinochet.
En resumen, este domingo se enfrentan dos visiones de Chile: una, representada por Eduardo Frei y la Concertación, que cree en los derechos sociales y en la protección de los trabajadores, apunta a una mayor igualdad social, respeta la libertad de conciencia y aspira a una mayor democratización. Otra, conformada por la derecha piñerista, representa un individualismo opuesto a los derechos sociales, cree en la desregulación del mercado del trabajo, no asume la desigualdad como un problema, es elitista y discriminadora, quiere imponer su visión del orden moral al resto de los ciudadanos, violentando sus conciencias, y defiende los enclaves autoritarios.
Es cierto que el ritmo de las reformas no siempre fue el que quisiéramos. Pero, después de todos estos años, sabemos quien es quien al momento de legislar. No hay que dejarse engañar, la Concertación y la derecha no son lo mismo. La responsabilidad del destino del país está en las manos de todos nosotros, de los ciudadanos. Por eso la votación de este domingo SÍ IMPORTA. Por eso, VOTE FREI.












