El resultado de la reciente elección presidencial se explica, en buena manera, por la capacidad de la derecha de agregar electores en el margen versus la incapacidad de la Concertación de detener el torrente de antiguos votantes que pasaban a engrosar el número de los nulos, blancos, y abstenciones. Esta situación tiene repercusiones político-estratégicas que conviene distinguir con precisión.

Por un lado está el desempeño del nuevo gobierno y la factibilidad de que su electorado se consolide o se decepcione. En este sentido, no cabe sino ser realistas, sobre todo cuando la presidencia de Piñera aún no empieza siquiera. Lo más probable es que Piñera sea capaz de satisfacer las exigencias y expectativas de quienes votaron por él. Con que disminuya aunque sea levemente el nivel de victimización –porque la delincuencia, pese a lo que se ha dedicado a pregonar la derecha durante las últimas dos décadas, es considerablemente baja–, aumente levemente el crecimiento económico, e imponga un “nuevo estilo de gobernar” –que parece significar ejecutivo, en terreno, y comunicacional–, el electorado histórico de la derecha y el electorado “aspiracional” que en esta ocasión acompañó a la derecha se darán por satisfecho. Quienes en la oposición ya se entusiasman con la idea de denunciar que el gobierno de Piñera no logre crear un millón de empleos sino tan sólo setecientos mil, no demuestran sino una mentalidad de fracasados –parafraseando a Escalona–. A nadie le importa si Piñera cumple o no su meta de nuevos empleos; la gente que votó por Piñera lo hizo no porque crea que el nuevo gobierno va a darle trabajo o subirle el sueldo (!), sino porque Piñera logró conquistarlos en el plano de los valores, los sueños, las metas.

En ese sentido, la Concertación debe ser capaz de discutir y reflexionar sobre la oferta programática de la que dispondrá en los próximos años. Debe tener claro si consolida la vocación de mayoría que está detrás de una alianza entre el centro y la izquierda, o si prefiere quedarse aislada en la consecuencia, el idealismo, y el fracaso electoral. Para aquellos que, como los conductores de la campaña de Frei durante la segunda vuelta, crean que la solución está en mirar a la izquierda, el mejor ejemplo debiera estar precisamente en esa dirección. El Partido Comunista durante las dos últimas décadas estuvo sumido en la irrelevancia política, carente como estaba de representación parlamentaria. Satisfechos con un par de prebendas tiradas casi con compasión desde el Ministerio de Bienes Nacionales –léase la sede entregada en medio del desalojo que sufrieran de su sede en San Pablo–, carecieron de la capacidad de negociación e influencia en el devenir político cotidiano que da el contar con parlamentarios. Una vez que el pragmatismo propio de la dirigencia comunista, y una actitud similar en la dirigencia socialista y demócrata cristiana, permitieron llegar a un acuerdo electoral con la Concertación, el PC volvió al Congreso y ya tendremos oportunidad de juzgar los resultados de esta decisión.

En este sentido, la discusión sobre el contenido programático y sus acentos discursivos debe ser madura y responsable. No se trata de abandonar la identidad programática de la Concertación. Pero, cabe preguntarse, ¿cuál es ésta? En lo personal me parece que gira en torno a la consolidación de un Estado Social de Derecho; en otros términos, en la profundización de la participación democrática y el reconocimiento de derechos socio-económicos y las correlativas prestaciones estatales. ¿Es esta identidad programática incompatible con el crecimiento, con las oportunidades, con la movilidad social? En cierto sentido es profundamente compatible, dado que tales prestaciones básicas son la condición necesaria para el desarrollo igualitario de la población.

Por supuesto, hay una estética y una ética del arribismo, como es visto el mundo aspiracional desde la cultura política concertacionista, que son tremendamente incompatibles con todo esto. La pregunta aquí es, ¿es suficiente generar una oferta electoral que genere movilidad social –punto de encuentro entre el mundo aspiracional y el concertacionismo– sin tener que recurrir a la “propuesta” cultural del mundo aspiracional, llena de Kikes Morandés y otras representaciones simbólicas aspiracionales? Para muchos en la Concertación, esto pareciera ser el límite que no se está dispuesto a traspasar. Quizás el eje de la contienda electoral no sea programático como muchos hemos planteado, ni valórico como Carlos Peña ha sostenido en sus columnas, sino estético y cultural. Si esto es así, y vale la pena darle vueltas a la idea, quizás estemos atrapados en un verdadero dilema en el cual las categorías de la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción han adquirido un nuevo contenido. Si el problema con el aspiracional fuera que quiere doscientos mil empleos más y una rebaja de un 1,5% del IVA, quizás el problema no sería tan grave. Pero si lo que desea es que Chile se transforme en el Miami del sur, quizás la cosa sea más difícil. La campaña de Frei en segunda vuelta incluyó un poco de todo; desde Frei probándose pelucas en el Hormiguero hasta una propuesta visual anclada en la Brigada Chacón. ¿Podremos discutir seria y calmadamente el aspecto simbólico de la propuesta concertacionista, tal como se espera que discutamos su aspecto programático? Sólo el tiempo lo dirá.