Por Carolina Olmedo

Nota de la autora: Este texto es una adaptación del que tuve la suerte de presentar en Galería Metales pesados el 4 de octubre recién pasado, día en que inauguraba ahí la muestra Anticristo. En este sentido, no quisiera iniciar estas palabras sin agradecer la invitación de Javier Rodríguez a participar de dicha instancia, así como también en las redes de distribución de la Editorial Metales Pesados.

El artista chileno Javier Rodríguez Pino acaba de inaugurar una exhibición para nada identificable con la caricatura habitual que se tiene del arte contemporáneo. Valga la pena destacar: un saber críptico, elitista, alienado por el mercado e inútil para las mayorías, que -según reza el verso memorizado- como masas organizadas por el capital, poco tiempo tienen para substraerse de sus actividades cotidianas y contemplar las manifestaciones artísticas ofrecidas por esta época. Una fatal profecía autocumplida en las teorías más pesimistas que Anticristo, la exposición de Rodríguez, pone en cuestión, proponiéndose la tarea de reinventar una función concreta del arte en el despliegue social de conflictos políticos irresueltos.

Contrariando este parecer sobre la impotencia del arte actual, el artista abraza la arena del arte contemporáneo como un espacio productivo de libertades pocas veces vistas en el resto de nuestra sociedad, y desde el dibujo como una práctica denostada (muchas veces llamada “arte menor”) establece una trinchera de autonomía y resistencia crítica. La crudeza de sus imágenes, que invade la vista antes que cualquier valoración sobre el dibujo, no debe distraernos de la potencia particular que aporta su gráfica a las escenas seleccionadas. No desde la arena del “buen hacer” o la magistralidad técnica (que está bastante comprobada en el uso del fotorealismo como resolución visual de la imagen), sino que haciendo propia -desde la sencillez del trazo- la responsabilidad de producir imágenes y significados abiertos a una sociedad silenciada: el dibujo es en este caso un desafío al silencio, una nueva puesta en circulación de la violencia política dictatorial que aún hoy es hipócritamente desconocida por el Estado chileno.

Viñeta de Anticristo (2017), de Javier Rodríguez Pino, tinta sobre papel. Cortesía del artista.

Desde este punto de vista, Anticristo como exhibición no puede entenderse sin la publicación que la acompaña, pues en ella radica la principal potencia del relato que nos ofrecen sus viñetas: la posibilidad de llevar a lectores de todas las edades un relato sobre la violencia política y los crímenes de lesa humanidad de la dictadura, de contrabando, en un inofensivo catálogo de arte visuales. Ante el desafío de sacar el máximo partido a este gesto de “guerrilla editorial”, cada momento de la narración -centrada en una venganza ficcionada de un frentista vampírico contra los ejecutores de la Operación Albania- posee un recurso gráfico propio, como una invitación del artista a “involucrarse” subjetivamente en estos hechos de violencia aún a pesar del camuflaje que poseemos como individuos en la masa. Aquel sujeto que más interesa a Rodríguez (igual que a mí) es precisamente una amplia generación de jóvenes nacidos durante la Transición, que no experimentó ni vio en primera persona los apremios de la dictadura militar, y que bajo el estigma del “tú no sabes” / “tú no opines” ha delegado en otros su derecho a construir y defender una memoria propia. ¿Cuál ha sido la experiencia de memoria de estos jóvenes, mediatizada por la prensa, la literatura, el cine y el documental (por nombrar algunos)?

Desde esta vocación de abrir la obra a una mayor cantidad de espectadores, el trabajo de Javier propicia una serie de preguntas incómodas, pero necesarias para nuestro quehacer en torno a las artes visuales: ¿Cuál es la responsabilidad del espacio artístico dentro de los procesos de construcción de memorias colectivas? ¿Cómo ha abordado (o no abordado) el arte una reflexión pública sobre los hechos de violencia política en la historia de nuestro país? ¿Aquellas producciones que hablan hoy sobre la dictadura son capaces de traspasar la “superficie” del tema, o su adhesión y moldeamiento por vía de subsidios estatales las suma pasivamente a una “crítica institucionalizada” o “historia oficial” a conveniencia?

En esta última, la historia oficial, no hay atisbos de las mayorías a las que perfilamos hoy en nuestras palabras y que vagamente emergen como un “otro” en el discurso político formal; más bien es un relato ficcionado de generales psicóticos y víctimas despolitizadas que en nada explican el conflicto y las transformaciones vividas en carne por la sociedad en los “largos sesenta”. Por tanto, en nada nos ayudan a pensar la política a partir de esa experiencia en su “verdad” (material), ni mucho menos a asegurar la justicia necesaria para miles de víctimas de la violencia de Estado en Chile (esto ayer y hoy). Los recientes dichos del ex presidente Ricardo Lagos dan cuenta de los efectos que esta “amnesia” tiene en un estado general de impunidad: el silencio que protege a los victimarios sería una medida de “protección” para las víctimas. Su sola existencia, la de las “víctimas” (la duración de sus vidas), aseguraría el silencio sobre las acciones perpetradas por sus delatores, facilitadores y torturadores.

Viñeta de Anticristo (2017), de Javier Rodríguez Pino, tinta sobre papel. Cortesía del artista.

En cierto modo, la lectura de Anticristo abre la pregunta por la rabia social que parió al Frente Patriótico Manuel Rodríguez producto del ensañamiento y maltrato por parte del Estado dictatorial contra los sectores más desposeídos, pero también mas resistentes al sentido común de la dictadura durante los 80 y que entonces aún conservaban una memoria militante. Hoy esos sectores sociales se encuentran importantemente erosionados, deslegitimados y olvidados, ellos mismos amnésicos tras décadas de transición democrática que desconoce y tergiversa sus trayectorias ¿Quién conserva entonces sus luchas y memorias desde sus propias perspectivas?

Agradezco a Javier Rodríguez por invitarme a participar de este proyecto, y por dedicar las horas de su vida a estas imágenes y reflexiones, generando dispositivos capaces de sumar esfuerzos individuales del arte tras un objetivo común: otorgar a quien lo desee, más bien a quien lo necesite, un documento de esa verdad y justicia que, como sabemos, es hasta hoy imposible gracias a los pactos de silencio extendidos inclusive en nuestra cultura.

Afiche de la muestra. Gentileza de Metales Pesados Visual.

ANTICRISTO de Javier Rodríguez Pino

4 al 29 de octubre 2017

Metales Pesados Visual

Merced 316, Santiago Centro

M-V 11 a 19 hrs. / S 11 a 14 y 17 a 20 hrs. / D 16 a 20 hrs.

Más información en: http://www.metalespesadosvisual.cl/calendario-2015/2017/10/4/anticristo