¿Qué puede hacer el Frente Amplio, especialmente su sector de izquierda, en una coyuntura en que se encuentra atenazado por opciones que no desea? En estas notas no pretendo responder a cabalidad dicha pregunta, pero ofrezco algunas ideas sobre como abordarla, especialmente respecto del concepto Autonomía. El concepto, a pesar de usarse en consignas y nombres de organizaciones, no ha sido trabajado a fondo. Sobre todo, no ha sido desplegado en su real potencialidad política. En esta coyuntura, lejos de abusar de la retórica para eludir la política con frases como “libertad de acción” o “presionar para que se impongan nuestros temas”, la izquierda, especialmente aquella articulada en el Frente Amplio, debiese plantear la autonomía de los intereses sociales que ha representado en la última década, a la vez que autonomía política para decidir y actuar en función de ellos. En lo que sigue se proponen algunas notas para una política autónoma en la coyuntura.

I.

La autonomía no es una propiedad substantiva de los entes, sino que alcanza su condición de tal frente a otros, respecto de otros actores, y por lo tanto se manifiesta en la política como acción. Este principio es fundamental. Si la autonomía no es frente a otros, no es en conflicto con un otro que pretende ser totalidad -y así controlar y anular la autonomía-, entonces no es autonomía sino marginalidad. La autonomía es, por lo tanto, una práctica vertiginosa, que se trata de mantener la centralidad política en el interés social de una parte de la sociedad, en medio de luchas sociales y políticas. La autonomía es la afirmación de la centralidad del interés clasista, y a la vez, la negación de colaboración con el interés del capital, sobre todo cuando éste se viste de interés nacional, republicano o social. La autonomía rechaza cualquiera de esas totalizaciones, pues las considera caretas de la política de las clases dominantes y, además, trampas para subsumirla en el interés del capital.

II.

Si autonomía es centralidad del interés de clases populares, sostener la autonomía en la segunda vuelta presidencial, para la izquierda, significa negar dos formas ideológicas -caretas- que toma el interés dominante en la coyuntura: la tesis de “la responsabilidad de parar a la derecha” y la tesis de la “independencia política respecto de la segunda vuelta”. Como se verá, ambas, postuladas desde distintos polos políticos, desde la izquierda y la derecha del Frente Amplio, tienen en común algo: le proponen al FA ceder su autonomía y disponerse pasivamente para la política de la Nueva Mayoría.
Ambas consisten en errores políticos, al menos desde la perspectiva de la política popular. Primero, porque no es responsabilidad de la izquierda ni mucho menos de las clases populares –que se vieron representadas en parte del programa del FA, pero también en las luchas sociales de 2011, las de profesores de 2014 y 2015, etc.– el que la derecha esté a punto de conquistar el poder. Tampoco, a estas alturas, le resulta tan simple a esas fuerzas sociales y políticas el creer que su enemigo es Piñera, cuando en realidad quien lleva décadas desempeñando tal posición es la orientación pro-empresarial conjunta de la derecha y la Concertación – Nueva Mayoría. La autonomía del interés social expresado políticamente por la izquierda del FA debe hacer política en función de que ese interés avance, y no ser ayudistas responsables de un interés republicano que existe solo en la retórica elusiva de la política o en los delirios progresistas avivados por la pedagogía del miedo pinochetista.
En el otro polo de la cuestión, la izquierda no puede ser presa de la tentación por la marginalidad, despilfarrando la iniciativa política que otorga brevemente una alta votación perdedora, y en la espera por ofertones de Guillier, al permanecer anclada en la negativa total a incidir en este mes o en la cómoda y elusiva posición de “votar, pero no decirlo públicamente”. Todas son formas de entregar la iniciativa, es decir, de perder la autonomía.
Quién defienda que su identidad política de izquierda está en la autonomía, en esta coyuntura, no debiera ofrecerse como mártir para las iglesias ultraizquierdistas, ni tampoco cerrar la táctica electoral en los hechos del 19 de noviembre, reducidos a meros productores de una bella experiencia para las decadentes capas medias piadosas, revestidas de izquierda radical.
En el fondo, se trata de que la autonomía como praxis posible en esta segunda vuelta signifique poner centralidad en el avance del programa del FA, y específicamente de los puntos nacidos de las luchas sociales. Negarse a la posibilidad de imponerle intereses sociales populares -de forma destructiva para sus históricos equilibrios políticos- a la Nueva Mayoría, y en general a todo el momento electoral, para cuidar y pulir una imagen de radicalidad no solo es eludir la política y marginalizarse. Se trata también de una pedagogía conservadora: se les dice a los movimientos sociales de clases populares que, al final del día, la mejor gestión de sus demandas está en manos de los políticos de la Transición, en cuyas manos queda la decisión final. Nada menos autónomo que reducirse a una masa peticionista ante una élite gestora, en cuanto gobernante.

III.

Autonomía es también saber perder. El FA perdió la elección presidencial, pero por lejos es el mejor perdedor. Los votos obtenidos le permiten ante todos los observadores hacer algo más que esperar o retirarse de la contienda. Porque autonomía es negarse a ser parte de otro plan político que no sea el que hace avanzar el interés propio. Es egoísmo político en un sentido sofisticado: todo lo que importa de la lucha política, una vez que se perdió el objetivo principal (la elección presidencial), es cuánto avanza el interés de las clases populares en la política. En una segunda vuelta electoral, la pregunta de la autonomía es cómo se sigue avanzando a pesar de la derrota, cómo se mantiene una ofensiva en una contienda electoral en que nuestra alternativa ya perdió.
La respuesta de la autonomía no es fácil, pero sin duda pasa por defender e ir a imponer como centralidad el programa del Frente Amplio a toda la política (y no sólo a Guillier), en tanto es el programa de aquellos que necesitan impugnar el neoliberalismo. La forma en que la pregunta políticamente relevante debe ser formulada, y la forma en que debe ser respondida, es si para esa impugnación sirve más que gane Guillier o Piñera. Imponerse a priori lealtades ideológicas que el duopolio no respeta es creerle a la Nueva Mayoría que es progresista y que su interés es popular. En cambio, movilizarse y empujar el programa del Frente Amplio en segunda vuelta es seguir exigiendo posiciones a la Nueva Mayoría -que aún gobierna, hasta marzo- y, por esa vía, descomponer su unidad social y articular la unidad autónoma de los que luchan y se identifican en el programa del FA.

IV

Hacer política, incidir en función de imponer reformas antineoliberales, cuando las reglas de la política formal nos expulsan y nos mandan a esperar otros cuatro años o a encausarnos al sacrosanto período legislativo, es la praxis de la autonomía. No sirve marginarse, pues eso no es autonomía sino un sucedáneo políticamente irrelevante de ella; ni tampoco intentar conservar este momento para siempre. Si no es para luchar por el interés de clases populares, el Frente Amplio se reduce. Reducido socialmente y despotenciado en su autonomía, no sirve para nada más que para la epopeya electoral impotente que oculta la integración tecnocrática al Estado de las capas medias en descomposición. En cambio, sirve causar el caos y descomponer la alianza social y política de la Transición, por la vía de agudizar las contradicciones de ese pacto. Sirve, en una movilización autónoma, fortalecer y seguir constituyendo un actor social autónomo, de fuerte anclaje popular, que se proyecte a la política. Eso se debe hacer ahora, cuando la confusión cunde en las filas de la política dominante. Esperar o quedarnos en silencio es delegar nuestra voz y posición, es entregar la independencia. Luchar, en cambio, es siempre autonomía.