A pesar de su popularidad, la cocaína es un tema del que se sabe relativamente poco. Los prejuicios abundan porque ignoramos un aspecto fundamental: los intereses que han conectado y conectan las geografías de producción, circulación y consumo. Ese es el diagnóstico de Paul Gootenberg, profesor de historia latinoamericana en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, quien hace diecisiete años inició una investigación en archivos estadounidenses, ingleses y latinoamericanos con la idea de escribir una historia global de la cocaína que sirviera como insumo para un debate informado. Su libro Andean Cocaine: The Making of a Global Drug (UNC Press, 2008) es el resultado de esa apuesta.

El libro comprende casi 150 años de historia, desde las primeras investigaciones científicas sobre cocaína realizadas a mediados del siglo XIX por el químico Alfredo Bignon en Lima, hasta la formación de las redes latinoamericanas de narcotráfico que dominaron la segunda mitad del siglo XX y lo que va del presente. Con similar atención se analiza el problemático protagonismo de Estados Unidos, errático líder de una larga y estéril “guerra global” contra un producto del que sus ciudadanos son los principales consumidores del mundo.

Chile es parte importante de esa historia. En rigor ocupa un lugar ilustre, pues antes que el negocio fuera controlado por los carteles colombianos y mexicanos, Chile operó como base del grupo de traficantes que encabezó las redes de circulación de cocaína durante las décadas claves de 1950 y 1960. Eran los años en que Santiago figuraba como un reputado centro de consumo. Las operaciones de ese grupo, los nexos entre el Golpe de Estado de 1973 y la aparición de los carteles colombianos y las polémicas acusaciones que vinculan a Augusto Pinochet con el tráfico de drogas son algunos de los temas abordados por Gootenberg en esta entrevista concedida entre junio y julio de 2009. Fragmentos de esta conversación aparecieron en el semanario The Clinic, en la edición nº 346 de 3 de junio de 2010. Red Seca la publica hoy de manera íntegra.

LA FIESTA CHILENA DE LAS DROGAS

Uno de los hallazgos de esta investigación tiene que ver con el papel que juega Chile en la historia de la cocaína. ¿Se puede hablar de una especie de eslabón olvidado en esa historia?

Algo así. El libro muestra cómo un activo grupo de contrabandistas y empresarios sudamericanos establecieron las bases, durante las décadas de 1950 y 1960, del inmenso negocio de tráfico de cocaína de las dos décadas siguientes. Varias nacionalidades y regiones estuvieron involucradas, Perú, Bolivia, Brasil, Argentina, Cuba, Panamá, siendo los colombianos la notoria excepción en este comienzo. Esto puede sorprender a muchos en Chile, pero los reales innovadores, los que dominaron el tráfico de cocaína a larga distancia durante los años 50 y 60 fueron los chilenos. Eran los “colombianos” de su época. Numerosos documentos contemporáneos reconocen este protagonismo, una memoria que se perdió durante el boom colombiano del narcotráfico.

¿Cómo se explica ese protagonismo?

El consumo de cocaína en Chile es más temprano. Se dice que en los años 30 la cocaína era uno de los tantos placeres que se ofrecían a los marinos en bares y clubes de puertos como Valparaíso y Antofagasta, donde muchas compañías navieras del Pacífico, como Grace Line, se detenían en ruta hacia el norte. Hacia fines de los 40 los peruanos articularon los primeros anillos de contrabando marítimo de cocaína en respuesta a las restricciones impuestas por las leyes estadounidenses sobre drogas. Pero la represión que cayó sobre estos circuitos en los años 1948-49 por parte de las autoridades militares no hizo más que desplazar las rutas hacia el norte de Chile, que llegó así a convertirse en la principal base de organización de los expansivos mercados de cocaína durante los 50’s.

¿Pero no habían competidores?

La única competencia seria para los chilenos en esa década eran los mafiosos cubanos, que habían formado sus propios círculos de consumo y contrabando con base en La Habana. Fidel Castro clausuró esa ruta en 1959 y los traficantes expulsados -muchos de los cuales terminaron en Miami- constituyeron la primera clase internacional de traficantes profesionales en la década de 1960.

¿Quiénes controlaban las rutas en el norte de Chile?

El negocio de la cocaína en Chile fue manejado por un extenso clan empresarial turco, la familia Huasaff-Harb (el apellido aparece de distintas formas en los archivos policiales). César y Amanda Huasaff formaron el núcleo junto a cuatro hijos y otros parientes dedicados al negocio: llegaron a manejar importantes clubes, prostíbulos y laboratorios de cocaína en Arica y mantuvieron estrechas conexiones en Bolivia con los pequeños productores de pasta base de cocaína que emergieron durante la caótica década que siguió a la Revolución Boliviana de 1952. Supuestamente este grupo disfrutó de complicidad y protección policial en Chile. El vínculo en Bolivia fue a través de uno de los hermanos, Ramis Harb, quien a su vez era cercano al chileno Luis Gayán Contador, líder de varias e importantes unidades policiales bolivianas del período post-revolucionario. Los Huasaff-Harb también se aventuraron hacia las tierras bajas del este de Bolivia, a espacios fronterizos como el Chapare, para fomentar la producción ilícita de coca-cocaína. Eludiendo los nexos cubanos, la familia forjó rutas de trasiego a través de México, donde también se sirvió de las conexiones locales. Aparte de este creciente negocio de exportación, Santiago en sí mismo se convirtió en un famoso centro de consumo de cocaína en los años 50. Era la fiesta chilena de las drogas.

¿Y cuándo se acabó la fiesta?

Como decía, después de la Revolución Cubana los chilenos quedaron como los mayores protagonistas del negocio y los regímenes represivos en Brasil y Argentina limitaron cualquier posibilidad de competencia. Con el tiempo, sin embargo, la estadounidense BNDD (Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs) y la Interpol advirtieron lo que sucedía. La presión policial sobre los Huasaff-Harb condujo a sucesivos arrestos de los miembros del clan durante los años 60. No obstante, iterando un patrón que recuerda el posterior quiebre de los carteles colombianos en la década de los 90, estas operaciones llevaron a que el negocio de la cocaína en Chile se tornara mucho más competitivo, descentralizado e incontrolable. Cientos de nuevas figuras emergieron, incluyendo mafiosos extranjeros que movían más de 100 kilos al año. Son los años de apogeo, cuando el gusto y la demanda internacional por cocaína se dispara después de 1969, y que coinciden con los gobiernos de Frei y Allende. Sin embargo, a pesar de algunos “escándalos” relacionados con la cocaína, nadie acusó seriamente a estos gobiernos democráticos de promover actividades ilícitas. Lo que sucedió luego con la cocaína es todavía más significativo, pero en estos patrones ya puedes ver una clara huella de la geografía y la política de la post-guerra y la Guerra Fría.


EL GOLPE Y LOS CARTELES COLOMBIANOS

En el libro sugieres que el Golpe de Estado y el inicio de la dictadura de Pinochet  marcan un vuelco en esta historia, ¿cuál es el vínculo?

Este es un hecho sorprendente y completamente olvidado en la memoria histórica. El golpe de Pinochet, aparte de generar numerosas calamidades humanas y políticas y ser un evento de repercusiones globales, fue el principal motivo del repentino auge de los carteles colombianos de cocaína, liderados por hombres de negocios como Pablo Escobar y Carlos Lehder. Todo esto está vinculado, por cierto, con el boom de la cocaína en Norteamérica en los 80. Algunos reportes periodísticos de la época repararon en este reacomodo, pero en tanto punto de inflexión ha tendido a ser ignorado por historiadores y analistas de políticas en drogas.

¿Qué sucedía en los gobiernos anteriores, con Frei y Allende por ejemplo?

Allende, al igual que Frei, tuvo notorios problemas lidiando con los traficantes nacionales. El negocio creció durante su inestable presidencia, tal como lo hizo la demanda de los consumidores estadounidenses mientras la “campaña” antidrogas de Richard Nixon se ponía en marcha (hay varias y paradójicas razones por las cuales la represiva “guerra contra las drogas” de Nixon y algunos políticos conservadores fomentaron la cocaína). Nuevas células y anillos emergieron una vez que los Huasaff-Harb fueron desarticulados. Estos son los años de otra figura femenina, Ruth Galdames, “la Yuyiyo” y de importantes mafiosos extranjeros, como el uruguayo Adolfo Sobosky. Pero los reportes de los oficiales estadounidenses fueron ambivalentes en este punto: la brigada chilena antinarcóticos era admirada y el mismo Allende era oficialmente visto como una agente cooperador con las campañas estadounidenses en drogas, incluso en el período en que las relaciones en otros frentes se volvían más tensas. No obstante, algunos miembros anticomunistas del congreso estadounidense trataron de instrumentalizar el tema como parte de su campaña contra Chile. Así sucedió, por ejemplo, a propósito del affair Squella-Avendaño en 1972, cuando un alto oficial del ejército chileno simpatizante de Allende fue sorprendido en Miami contrabandeando millones en cocaína.

¿Y qué pasa tras el golpe?

Después del sangriento golpe del 11 septiembre todo cambió. Un influyente oficial de la DEA (Drug Enforcement Administration), la recién formada superburocracia anti-drogas de Nixon, se aproximó directamente a Pinochet para convencerlo de que una eficiente campaña antidrogas le ganaría el favor de los Estados Unidos (Pinochet ya estaba enfrentando problemas en el exterior por el tema de los derechos humanos) y de paso evitaría que los grupos de izquierda usaran las ganancias del tráfico para financiar actividades subversivas. Valiéndose de su poder militar y su draconiana policía, Pinochet se movió con rapidez y eficacia. Luis Fontaine, su nuevo jefe de Carabineros, encarceló o expulsó a los 19 traficantes chilenos más importantes. Algunos fueron enviados a juicio a Estados Unidos y otros huyeron a Argentina. El principal laboratorio del país, de los hermanos Álamos en el resort Mirasol, fue desmantelado. La Junta acusó infundadamente a todo el gobierno de Allende, e incluso a simpatizantes en el extranjero, de complicidad con el negocio de las drogas, arrestando y proscribiendo, y en un caso asesinando, a un importante número de oficiales antinarcóticos y de aduanas del régimen, incluyendo la dramática expulsión del jefe anti-drogas de Allende, Rafael Alarcón.

¿Cómo se rearticulan las rutas tras la represión?

La represión de Pinochet es el evento clave que desplaza el flujo de cocaína hacia Colombia, una dirección más lógica en la activa ruta hacia Miami. Autos, camiones y pequeñas avionetas comenzaron así a penetrar las regiones del Chapare en Bolivia y Huallaga en Perú para reorientar el abastecimiento de pasta base. Algunas fuentes indican que los traficantes chilenos ya habían comenzado a reclutar colombianos como mulas, pues estos eran todavía desconocidos para los oficiales encargados de reprimir el flujo de la sustancia. Aunque esta es otra historia, habría que decir que los traficantes y grupos empresariales colombianos probaron ser tremendamente eficaces reemplazando a los chilenos, renovando y robusteciendo el negocio justo cuando la demanda desde el norte se disparaba.

¿Es la represión el error frecuente en la política estadounidense sobre drogas?

Un historiador que siguió la pista de este cambio me indicó que algunos funcionarios de la DEA posteriormente se arrepintieron de haber usado a Pinochet de esa forma, pues en vez de aplastar el emergente negocio de la cocaína, tarea que todavía creían posible a inicios de la década, terminaron dispersándolo y poniéndolo fuera de control. Y bueno, la “guerra” contra los colombianos sigue hasta estos días. Hay muchas ironías históricas en este caso: una de ellas es cómo la intervención de Estados Unidos contra la democracia chilena se volvió contra ellos a través de los narcotraficantes colombianos; la otra tiene que ver con los presuntos nexos posteriores entre Pinochet y el tráfico de drogas.


NARCODICTADOR

Hace algunos años circularon antecedentes que vinculaban a la dictadura de Pinochet con el tráfico de drogas. ¿Hay pistas de ese nexo en tu investigación?

En 2006, después de que el caso Riggs demostrara que Pinochet no era el patriota incorruptible y desinteresado que sus adherentes creían, comenzaron a circular varias historias en la prensa internacional respecto a sus vínculos con el negocio de la cocaína hacia finales de los años 70. Incluso el sobrio New York Times, en su edición del 11 de julio de 2006, publicó un artículo al respecto; días antes la noticia había aparecido en La Nación de Santiago. La idea es que hacia el fin de la década, cuando se encontraba aislado internacionalmente y sus energías estaban concentradas en sus propias actividades terroristas, siendo la más notoria la Operación Cóndor, Pinochet se volcó a la producción de drogas como una manera de financiar ilícitamente sus redes clandestinas. Aunque no he encontrado documentación al respecto, he conversado con algunos expertos como John Dinges, periodista especializado en las operaciones de inteligencia de Pinochet, y Peter Kornbluh, quien conoce los trabajos de inteligencia de Estados Unidos bajo la dictadura. Kornbluh no ha visto nada sobre drogas en las fuentes estadounidenses, pero Dinges sugirió hace algunos años que los grupos cubanos derechistas que la DINA contrató para el asesinato de Orlando Letelier en Washington eran conocidos traficantes de cocaína.

Pero también están los rumores respecto a una planta en Talagante…

Es cierto. Se viene a la memoria un artículo titulado “Narcodictador” publicado por la revista política mexicana Proceso, algo lejos de mi idea de periodismo confiable, en julio de 2006. Allí se reproducen fantásticos detalles sobre los circuitos internacionales de drogas vinculados a Pinochet y sobre el uso de la planta química del Ejército ubicada en Talagante para refinar el producto. Supuestamente el general Manuel Contreras, entonces a la cabeza de la DINA, estuvo directamente involucrado. Es de esperar que los periodistas e historiadores chilenos se animen a buscar pruebas concluyentes. De confirmarse, esto marcaría un sorprendente giro en los complejos y olvidados nexos de Chile con la historia de la cocaína y sobre el legado de Pinochet, por cierto.


LA COCAÍNA Y LA GUERRA FRÍA

En algún punto hablaste de patrones que dan cuenta de las huellas de la Guerra Fría en esta historia. ¿Cómo se entiende ese vínculo desde Latinoamérica?

La Guerra Fría en América Latina tiene mucho que ver con la producción e incremento de la cocaína, como el libro muestra en detalle: hablo de eventos como la represión anti-comunista de fines de los años 40, la Revolución Cubana en 1959 y las intervenciones del régimen de Nixon a inicios de los 70, sentidas de manera palpable en Chile. Por esa razón considero a la cocaína un bien de la Guerra Fría. Sin embargo, pensando bien esta pregunta, es probable que tenga sentido considerar la larga historia de la cocaína como la de una droga principalmente americana o del hemisferio occidental. En este marco, como mercancía, la cocaína ilustra los complejos y crecientes vínculos de Estados Unidos con la región andina.

Vínculos antiguos…

Hacia fines del siglo XIX, con el “descubrimiento” de la cocaína (1860) y su comercialización como un bien lícito desde los Andes (entre 1880 y la década siguiente), Estados Unidos era solo uno entre muchos competidores interesados en el producto, figurando también Alemania, Francia e intereses del mismo Perú. Después de 1914, durante el declive de la cocaína como una mercancía lícita, la influencia estadounidense comenzó a crecer rápidamente en Sudamérica. También hay que considerar el alza de la influencia de Estados Unidos en la nueva cruzada global contra los narcóticos, inaugurada con las Convenciones de la Haya de 1912-13, cuando este país lideró una campaña contra la cocaína. Después de 1945, Estados Unidos emerge como poder hegemónico indiscutido tanto en América Latina como en el nuevo régimen global anti-drogas de las Naciones Unidas. La era post-guerra vino a convertirse así en el período más significativo de la política de drogas “imperialista”, si tu quieres, cuando los oficiales estadounidenses fueron capaces de imponer sus ideales prohibicionistas sobre Perú y Bolivia, países que habían resistido largamente la medida.

¿Pero cuál es el efecto central de la Guerra Fría?

La Guerra Fría simplemente facilitó la criminalización de las drogas, como cuando los oficiales vincularon el tráfico de drogas con la izquierda en los años 40 y 50, durante la Revolución Boliviana. Pero más complejo todavía, la Guerra Fría facilitó la diseminación de la cocaína como droga ilícita al definir y cambiar los sitios en los cuales el negocio de la droga podía o no florecer. Por ejemplo, la Revolución Cubana a inicios de los años 60 exilió a los gangsters vinculados al tráfico de cocaína a todo el continente, creando la primera clase de narcotraficantes propiamente hemisférica. La caída de Allende, instigada por Nixon, condujo a un hasta hoy poco conocido proceso que significó el desplazamiento de las funciones de trasiego desde Chile hacia Colombia. Y si avanzas hacia 1989, luego del “triunfo” global de Estados Unidos sobre el orbe comunista, advertirás una inmediata, intensa y militarizada presión contra las drogas en los Andes. Estas intervenciones contra los “carteles” del mal (empresarios de la cocaína e incluso humildes cocaleros) a menudo parecían tan de fantasía y tan ideológicas como las intervenciones previas contra los pequeños partidos comunistas latinoamericanos o los movimientos campesinos después de la Segunda Guerra Mundial.

¿Hay un cambio tras el 11 de septiembre de 2001?

Esto ha continuado incluso después del 11/9, a pesar de que hemisferio occidental ha pasado a un segundo plano en la política internacional estadounidense. Sin embargo, las drogas todavía son relevantes y ahora entran en la categoría de amenazas “terroristas” a la seguridad, algo visto en los cambiantes objetivos y estrategias del militarizado Plan Colombia desde el año 2000. En el libro no soy muy explícito sobre esta periodización en particular, pero el devenir histórico de la cocaína puede ser visto como una larga hebra al interior de la creciente y expansiva red del imperialismo informal estadounidense. Como en todos los imperios hay siempre un efecto compensatorio y en este caso, como he señalado, desembocó en el masivo boom de la cocaína de los años 1970 y 1980 liderado por sudamericanos emprendedores.

EXCELENCIA CIENTÍFICA EN LA PERIFERIA

Esta historia de la cocaína también recupera episodios olvidados en la historia del conocimiento científico latinoamericano, particularmente las investigaciones del químico Alfredo Bignon, cuya historia definiste en otra parte como un caso de “excelencia científica en la periferia”. ¿Estaba solo Bignon en esta empresa?     

“Excelencia científica en el periferia” es un término acuñado por el brillante historiador peruano de la medicina, Marcos Cueto, para aludir a nodos relevantes de investigación e innovación científica en los supuestamente atrasados países de Latinoamérica. Yo encontré, bajo su nariz, un caso que él no conocía y que resultó ser un importante episodio de innovación local. Me gusta pensar en el desconocido químico limeño Alfredo Bignon como la respuesta de Perú a Sigmund Freud, quien exactamente en los mismos años, en Viena, estaba experimentando frenéticamente con la recién descubierta y publicitada “droga maravilla”, la cocaína. Bignon era de una familia de farmacéuticos franceses que se establecieron en Lima a mediados del siglo XIX (de hecho, su padre se mudó a Chile brevemente por razones de negocios) y Alfredo tuvo una buena instrucción formal y práctica en química.

¿En qué dirección se movieron sus investigaciones?

En 1884-87, años de avance para la investigación científica y médica internacional sobre la cocaína (su poder anestésico había sido recién confirmado), Bignon realizó una increíble serie de experimentos con la sustancia. Cuando lees sobre la excitación por esta droga en Lima, es claro que se trataba de un estallido nacionalista de curiosidad, de un producto que los peruanos querían desarrollar para sí. El rango de temas de investigación de Bignon, publicadas mensualmente en las revistas médicas de Lima, fue realmente notable: métodos de refinado, nuevos compuestos, toxicidad en animales, dosis, efectos en el sistema nervioso, especies regionales de coca (erythroxylum), e incluso aplicaciones terapéuticas. Sin embargo, su trabajo más importante tuvo lugar en 1885: un procedimiento local para producir cocaína de modo más fácil y barato, usando ingredientes nativos y hoja de coca fresca proveniente de fuentes de suministro cercanas en Perú. Era algo así como un sulfato impuro de cocaína (60%). El producto fue estudiado y aprobado por una “Comisión de Cocaína” en Lima, integrada por las más prominentes autoridades médicas del país.

¿Es ese el punto de inflexión de la producción industrial?

El descubrimiento o aplicación de esta fórmula tuvo un enorme impacto, revolucionando en pocos años la emergente industria global de cocaína que Perú dominaría en el ámbito de la exportación hasta el fin de la década de 1910. ¿Por qué? Hasta 1887 predominaba un método altamente ineficiente: hojas de coca seca, perdiendo ya su potencia, eran enviadas a Alemania para ser refinadas en los laboratorios Merck, en Darmstadt, en clorhidrato de cocaína. Era una droga escasa y cara; de hecho, Freud apenas podía costearla. El trabajo de Bignon redujo el costo de cocaína en algo así como 100 veces en un plazo de 10 años. Hacia 1888, un grupo farmacéutico alemán en Perú comenzó a producir su sulfato, llamado cocaína bruta o cocaína cruda, enviándola a bajo costo a Alemania para su purificación en laboratorios. Luego, hacia 1892, la producción de cocaína cruda se había expandido directamente a las regiones orientales de la selva—primero a Pozuzo, una colonia alemana en el Amazonas, y luego a Huánuco, en la Amazonía central—donde florecía la hoja de coca, reduciendo radicalmente los costos de transporte. Era una tecnología muy adecuada y adaptable. Hacia 1895, los capitales peruanos habían creado un exitoso monopolio mundial de producción, aunque eran firmas europeas las encargadas del procesamiento final y la distribución medicinal mundial. En 1900, la cocaína era una respetada industria de exportación en Perú y formaba parte del boom global de drogas, incluyendo también, debido a su abundancia, un incipiente uso recreacional.

¿Y qué pasa después?

La historia sigue y avanza hasta las décadas de 1950 y 60, cuando los campesinos del Amazonas comienzan a satisfacer la incipiente demanda por cocaína ilícita. Ellos usaban versiones dictadas de las fórmulas de Bignon, conservadas en la vieja industria de cocaína de Huánuco, para hacer lo que lo hoy llamamos pasta base de cocaína, todavía el principal insumo en mano de obra intensiva del comercio global de cocaína. Esos pozos de cal cubiertos de plástico, kerosene y otros químicos simples, y la hoja de coca molida, son todos descendientes de la farmacia itinerante de Bignon de 1885.

¿Y entonces por qué Bignon cayó en el olvido?    

Encontré que Bignon despertó mucho interés local. Publicó algunos ensayos en Francia, Alemania y los Estados Unidos y fue una reconocida autoridad en temas de cocaína. Existieron otros investigadores locales y un temprano pionero de la cocaína en París, el Dr. Tomás Maíz y Moreno, además de dos comisiones oficiales peruanas para promover los usos de la droga. Ellos se veían a sí mismos como parte de un extenso linaje de descubridores de la coca y la cocaína, remontándose al “Inca” Garcilaso de la Vega e Hipólito de Unanué, un patriota y científico ilustrado clave en Perú. Este interés incluso sobrepasó las fronteras peruanas. Encontré tesis y artículos en revistas médicas sobre coca y cocaína en Argentina, México e incluso en Chile, para el mismo marco temporal. ¿Entonces por qué Bignon fue olvidado? Porque no era germánico, como Freud, la nación que dominaba la producción y la investigación farmacológica avanzada en la época, y porque cuando el prestigio de la cocaína cayó de manera estrepitosa a lo largo del siglo XX, como una droga amenazante, los peruanos se olvidaron de todo este nacionalismo temprano con la cocaína. Parecía contaminada.

LA INVESTIGACIÓN, EL HISTORIADOR Y EL ARCHIVO

¿Varió en algo tu proyecto y el libro mismo con los cambios en la política anti-drogas de Estados Unidos?

El libro tomó cerca de 15 de años de trabajo, considerando su concepción en 1994, los seis años de investigación en archivos internacionales y el período de escritura desde 2000 en adelante. Andean Cocaine es producto de un trabajo eminentemente académico, pero, como dices, también se vio afectado, sin duda, por los debates contemporáneos respecto a las drogas. A inicios de los años 90 la cocaína estaba en el centro de la “guerra contra las drogas”, todavía en curso, en el este de Perú y Bolivia, dos de las principales regiones analizadas en el libro. Hoy, esa misma “guerra” está focalizada en el sudeste de Colombia y a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos, un indicador de los violentos cambios en las rutas de circulación, cambios que por supuesto están también relacionados con los efectos de la política estadounidense. El comienzo de los años noventa fue también el período peak del consumo de drogas en Estados Unidos, con el crack a bajo precio y el crecimiento “epidémico” del mercado al menudeo. En 2009 el consumo de cocaína en Estados Unidos parece algo más bajo (aunque seguimos siendo el consumidor más grande de droga del mundo, seguidos por Brasil), más controlado y más distanciado del pánico, la discriminación racial y la alta politización que caracterizó el debate en los años ochenta. Estoy convencido que estas condiciones abren nuevas posibilidades para pensar en la cocaína. Por último, debido a varias razones, entre ellas la elección de un pragmático y reflexivo Barack Obama, quien a diferencia de Bush admite haber consumido en su juventud, y el reciente y crítico informe de los presidentes latinoamericanos reunidos en la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, se ha abierto un espacio para un debate genuino y a nivel hemisférico sobre los fracasos y las consecuencias no previstas de la política de drogas estadounidense en América Latina. En ese sentido Andean Cocaine, que explora los profundos orígenes de dicha política, llega en un momento oportuno.

¿Tuviste problemas con el acceso a fuentes orales?

Entrevisté cerca de una docena de personas en total, siendo los más relevantes unos veteranos de Huánuco, incluyendo un doctor local de 90 años que había publicado panfletos sobre coca en Francia en los años 30, que me ayudaron a situar la industria regional en su contexto real. También revisé documentos y memorias de los miembros de las familias Soberón y Durand, los principales clanes en el sector de la cocaína legal a inicios del siglo XX, cuyos descendientes incluyen notables académicos peruanos y activistas tanto de derechos humanos como de políticas en drogas. Tuve una o dos experiencias raras en las entrevistas, por ejemplo, con el líder de la “Sociedad de Croatas” peruana, cuyos compatriotas fueron bastante activos en la siembra de coca hacia finales del siglo XIX. Parecía ser un abierto simpatizante nazi (le aseguré, falsamente, que yo era de “extracción” germana), pero al final estaba deseoso de que lo ayudara a publicar un enorme manuscrito sobre la historia de los croatas en Perú.

Este debe ser uno de esos casos en que el objeto de estudio guarda sorpresas ¿Algún episodio interesante tras recorrer esta adictiva línea de investigación?

Volar sobre los Andes en obsoletos aviones rusos de paracaidistas, no presurizados, fue una experiencia interesante. En cierto momento, y esto me puso todavía más nervioso, estos aviones fueron misteriosamente reemplazados por flamantes y elegantes jets de negocios repletos de hombres de aspecto serio que llevaban maletines abultados; una expresión más moderna, supuse, de comercio regional de cocaína. Hay otra buena anécdota. En un archivo inglés que no voy a nombrar encontré muestras reales de cocaína archivadas en pequeñas bolsas de papel. Tenían más de cien años y habían sido enviadas desde una estación botánica en India. Enfrenté un tremendo dilema: el historiador en mí quería proteger la integridad del “archivo”, pero el científico quería arrancarse al baño para testear si la centenaria muestra seguía activa.

¿Quién ganó?

El historiador…