El orden actual se presenta como algo armónicamente coordinado, establemente coordinado, y la muchedumbre de los ciudadanos vacila y se asusta en la incertidumbre ante lo que podría aportar un cambio radical. El sentido común, el torpísimo sentido común, suele predicar que más vale un huevo hoy que una gallina mañana. Y el sentido común es un terrible negrero de los espíritus. Sobre todo cuando para conseguir la gallina hay que cascar el huevo

(Antonio Gramsci)

Si algún efecto ha tenido en su corta historia el Frente Amplio (en adelante, FA) es el de haber generado, incluso antes de su emergencia, muchísimas columnas de opinión en medios digitales de comunicación. La mayoría de ellas versaba, hasta hace pocas semanas, acerca de la lista de las intenciones de quien firmaba, las que pasaban a ser sus desafíos, tareas u obligaciones, dependiendo de la radicalidad de la retórica en cuestión. Poco antes y después de las primarias, predeciblemente, cambian el tono y las firmas. Por un lado, llamados dentro del FA, propios de un deseo por cierto nada de inédito, de mostrarse como una real alternativa de gobierno. Por otro, críticas a las capacidades que tendría el Frente Amplio de constituirse como esa alternativa.

De este modo, en el día posterior a las primarias, Carlos Peña declara a Guillier el ganador dentro de la centroizquierda, dada la baja votación del FA. Poco después otro académico, Octavio Avendaño, señala de modo más lapidario que el FA ha demostrado no ser una opción viable, dada su incapacidad de articular una unidad política que pueda ser simultáneamente atractiva y viable para grupos que excedan las comunas de referencia de su militancia.

Pareciera que tales juicios son tan unilaterales como los de quienes, antes de las elecciones, ya celebraban al FA como la única alternativa posible para derrotar electoralmente a Piñera. Considerando que es la primera elección en la que el bloque participa, y con un candidato y una candidata que se han transformado en personajes políticos visibles hace muy pocos meses, el resultado no es terrible. Menos aún, si se asume que la votación de las primarias suele ser mucho menor que la de las presidenciales. De eso no se sigue, por supuesto, que el FA vaya a tener una votación mayor en noviembre, sino simplemente que puede tenerla.

Antes que intentar dar respuestas que no tenemos a la pregunta de cómo lograr esa votación, nos interesa instalar la pregunta acerca de si una eventual votación alta basta para considerar que el FA se ha consolidado como una alternativa política, como señaló Gabriel Boric. Es decir, ya no preguntarnos si avanza o no el FA, sino qué puede significar un avance para el FA. Para abrir esa discusión, resulta necesario asumir que el debate no puede seguir determinado por la contienda electoral. Si bien es obvio que las elecciones son cruciales para un proyecto colectivo que, de manera razonable, apunta a corto plazo a ganar puestos de representación, debiera ser casi igualmente obvio que si ese proyecto colectivo aspira a construir una política distinta no puede seguir evaluándose a sí mismo con la mirada y los tiempos de la política a la que se opone. Más aún ante la evidencia de que los buenos resultados electorales previos de algunas figuras políticas del FA no asegura el voto al bloque, como muestra lo acontecido en la región del recién mencionado diputado. Esta situación nos obliga a asumir que incluso un buen resultado electoral no asegura otro buen resultado electoral, ni mucho menos una construcción social a partir de ciertos liderazgos políticos.

En ese sentido, resulta necesario suplementar los análisis de encuestas y elecciones con otras discusiones que permitan ir dirimiendo la fuerza, gracias o pese a su esperanza, con la que el FA avanza, o no. Ante la naturalización de las encuestas como mirada a la coyuntura, imaginar otro tipo de análisis resulta tan difícil como necesario. Nos interesa, por tanto, simplemente indicar unos pocos y muy toscos criterios que bien debieran ser superados a corto plazo por una fuerza política que sea capaz de ir dotándose de sus propias categorías de autoanálisis y autocrítica.

Para ello, como suele suceder, la distinción gramsciana entre guerra de posiciones y guerra de movimientos resulta crucial. Si el FA no logra ir disputando posiciones y sentidos en los distintos espacios sociales, es poco lo que puede haber avanzado, incluso si crece su votación. Es probable que la primera manera de instalar esa disputa sea en los espacios sociales organizados. Las recientes elecciones del Colegio de Profesores o el Colegio Médico han sido, en ese sentido, auspiciosas. Es de esperar que, a mediano plazo, puedan darse avances similares en federaciones estudiantiles y organizaciones sindicales. No desatender tales disputas ante la tentación electoral más próxima resulta central, y no porque ello puede proyectar futuras disputas electorales (las candidaturas más exitosas del Frente Amplio han sido, en efecto, las de quienes han provenido de movimientos sociales), sino más bien porque las disputas que instalan los movimientos sociales organizados contra el neoliberalismo debiesen ir marcando la agenda del FA.

En ese sentido, un segundo criterio de análisis bien podría pasar por el análisis inverso: ya no de cuánto el FA incide en los movimientos sociales, sino a la inversa. La inserción de demandas como las del movimiento No + AFP en el programa del FA resulta, en esa línea, un ejemplo a replicar. Ante la presente disyuntiva entre el programa de modernización de izquierda de Mayol y el programa progresista de Sánchez, la que requiere de mayor imaginación para superar la tensión entre identidad y masividad, la apertura a demandas de movimientos sociales que han sido tan masivos como críticos del neoliberalismo, como varios de los ya mencionados, puede resultar saludable. Son ellos los que han ido marcando las tensiones ante nuevas formas de explotación y desposesión que deben articular la lucha contemporánea contra el neoliberalismo. La tan deseada inserción del FA en sectores populares, en ese sentido, parece jugarse más en su capacidad de defender las demandas que emergen de las organizaciones subalternas que en la cantidad de foros que se realicen en comunas populares, tal como el carácter antineoliberal del bloque ha de girar más en su capacidad de representar intereses contrarios a los del capital que en declararse de izquierda.

Insistir en esto resulta urgente ante ciertos deseos de que el FA se transforme en una opción de gobierno más eficiente y menos corrupta que la Concertación, con una agenda y base electoral similar al de la Concertación. Es sintomática, en esa línea, una reciente columna escrita desde Revolución Democrática por Pablo Torche, quien apuesta a que Beatriz Sánchez encante a un segmento más amplio de una ciudadanía que describe como apática, pragmática e individualista. Sin hacerse la pregunta por la capacidad de transformar esa cultura política, el columnista clama por la construcción de respuestas de izquierda a los deseos construidos por el neoliberalismo: “es necesario encontrar el discurso que interpele a la clase media, a la población que cree en la meritocracia, que tiene sueños de movilidad social (aunque en algunos casos parezca arribismo), para hacerle ver que las propuestas de la derecha no son el único camino para concretar sus sueños”.

Es evidente que la transformación de un imaginario hegemónico, cuyos nudos bien nombra la columna recién citada, es difícil. Tanto más evidente debiera serlo, sin embargo, que es necesaria si el objetivo es transformar el orden neoliberal. Una política que se limite a dar otros objetos a los deseos sociales ya constituidos por el neoliberalismo, sin siquiera hacerse la pregunta por la posibilidad de la disputa por esos deseos, resulta así impotente. Y no tanto porque no pueda ganar, sino particularmente porque puede hacerlo y terminar, parafraseando a Freud, fracasando al triunfar. Es decir, ganando para administrar un orden político sin haber disputado sus términos ni su modo de comprender la participación política como votación. Si el movimiento estudiantil o el movimiento contra las AFP han logrado instalar nuevas disputas no ha sido porque hayan votado, sino porque han sido capaces de movilizar a otros grupos, y es ese énfasis el que se extraña cuando se opta por disputar el ya limitado público electoral de la Concertación.

Con ello, por supuesto, no apelamos a que el FA se limite al orden del discurso al margen de la discusión electoral. Todo lo contrario, es la disputa electoral misma la que debe ser capaz de instalar otros términos, lo cual no pasa por la necesaria reivindicación de Allende y otras figuras, sino también por ir instalando otros términos ante los debates contemporáneos. Por ejemplo, cuando se afirma el trabajo doméstico como trabajo. Ese gesto de distanciamiento ante el discurso imperante no solo permite instalar demandas difíciles de recuperar por los candidatos del duopolio, sino también ir proyectando posiciones que puedan trascender la coyuntura electoral.

En esa línea, un tercer y último criterio de análisis puede pasar por la construcción de una cultura política reflexiva, distinta al pobre debate individualizante que prima en la política chilena. Si el FA prioriza rostros individuales por sobre debates colectivos termina reproduciendo la forma de comprender la política de la transición. Es claro que los debates y propuestas instalados en las primarias fueron superiores a los de la derecha: también debiera serlo que ese criterio no es muy exigente. Más aún si asumimos que este punto es aquel en el cual el FA pareciera tener mayor facilidad. Hasta el momento, en efecto, se han dado debates y posiciones interesantes, mas también acusaciones, basadas en rumores antes que en discusiones serias, que muy poco aportan. Es de esperar que en las campañas parlamentarias prime lo primero por sobre lo segundo, disipando la resistencia a la crítica, tan propio de la postdictadura y su celebración de los consensos.

Es muy difícil que, con una existencia corta y una composición tan heterogénea, el FA hubiese sido inmediatamente una fuerza política exenta de problemas. Es mucho lo que se debe aún trabajar para constituir un bloque con discursos y prácticas que puedan combinar la crítica al neoliberalismo y la adhesión masiva, sin que ello se reduzca a uno que otro carisma, jingle o hashtag. Si eso se logra, como esperamos que suceda, no se deberá a que voten más o menos personas en unas primarias, sino si al haber logrado empujar las transformaciones necesarias hacia otro modo de vida que el que el duopolio político ha administrado en las últimas décadas. En esa disputa, aumentar las votaciones puede ser un paso necesario, pero no suficiente para darla por ganada.