Hace algún tiempo escribíamos acerca de las incertidumbres que se asociaban con la “era Trump”. Concluíamos que mucho dependería de la influencia de su entorno asesor, de su instinto y manejo en temas político-militares y, fundamentalmente, de las estructuras de poder y de toma de decisiones del sistema político de los Estados Unidos, es decir, de la efectividad de los contrapesos y controles (checks & balances).

Hasta aquí iríamos bien, ya que el mundo no ha saltado en pedazos.

Información, desinformación y manipulación

La proliferación de la información global tiene un lado bueno y otro no tanto. El lado bueno es el hecho mismo de estar informados; aunque, información no constituye conocimiento ni inteligencia, es necesario aclarar. El aspecto no tan bueno es que no siempre sabemos si la información con que contamos es fidedigna.

Se crean así dos mundos: el de la realidad real y el de la realidad manipulada. ¿Hemos de creer todo lo que nos dicen los medios de comunicación occidentales acerca de las amenazas a la seguridad nacional norteamericana, llámese Maduro, Assad o Kim Jong-un?

Precisamente, una de las debilidades de las comunidades de inteligencia es la posibilidad de ser cooptadas por las autoridades políticas, como lo planteó hace mucho tiempo atrás Sherman Kent, considerado el padre del análisis de inteligencia estratégica.

Las redes sociales, que contribuyen a diseminar la información, han tenido el efecto de diversificar las fuentes. No obstante, también están sujetas al sesgo de la fuente que informa.

De aquí que, durante la labor del analista de inteligencia cuando se realiza un estudio de conflicto o de crisis, es muy importante tener presente el poder de la información. La elección de las fuentes debe ser diversificada para así, si no eliminar, por lo menos reducir el sesgo informativo. Por ejemplo cuando se asume, sin mayor apego a la realidad, de que la capacidad nuclear y portadora de Corea del Norte significa un peligro para la seguridad del territorio de los Estados Unidos.

Si la incipiente capacidad de Corea del Norte de lanzar un misil portador de arma nuclear amenaza actualmente la seguridad de los Estados Unidos, como se afirma, significa que la defensa antimisiles creada con bombo y platillos durante la administración del Presidente Ronald Reagan, la Iniciativa Estratégica de Defensa (SDI), conocida mediáticamente como la “Guerra de las Galaxias”, supuestamente para contrarrestar un ataque soviético masivo, no fue más que una impostura. Ciertamente, la iniciativa no se concretó de la manera anunciada, sino que fue reemplazada por otros programas durante los gobiernos que sucedieron al de Reagan. En la actualidad está en vigencia la Defensa Nacional Anti Misiles. Por ello, es difícil que los medios de comunicación nos puedan convencer de la vulnerabilidad del territorio norteamericano ante la amenaza norcoreana, eventualmente justificadora de un ataque preventivo en contra de Corea del Norte.

Se trataría de una falaz interpretación del derecho a la legítima defensa, la cual, sólo es sostenible moralmente cuando la amenaza es inminente. Sin embargo, el poder de la información es capaz de apoyar tal falacia.

Al parecer nos encontramos, nuevamente, con una manipulación de las emociones, como en el caso de la invasión a Irak en 2003, mediante una excusa inventada por el gobierno americano y su comunidad de inteligencia, para perseguir fines de supremacía que podría, en este caso, tener como consecuencia la carnicería de millones de personas inocentes en la Península de Corea, si se ha de creer en las bravuconadas y amenazas del Presidente Trump.

A través de una ofensiva de los medios de comunicación, que pone al mundo en ascuas, Donald Trump intenta justificar su propósito de gastar billones de dólares de los contribuyentes americanos con el fin de reforzar su potencial nuclear, como ya se ha anunciado.

Por otro lado, las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Sur se han visto resentidas debido a la diferente aproximación que ambos gobiernos tienen acerca de cómo tratar con Corea del Norte. El gobierno de Trump ha acusado al Presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in de conciliador y pacifista.

Ahora, la ignominia de Trump al intentar imponer un curso duro de la alianza USA-Corea del Sur en contra de Corea del Norte, consiste en ignorar la calidad de connacionales de los habitantes de ambos estados. Aquí podemos hablar de una nación y dos estados que la dividen. De manera que es de poco interés para los surcoreanos intentar una política de fuerza antes que una aproximación diplomática de conversación, entendimiento y acercamiento.

La experiencia de la sangrienta Guerra de Corea (1950-1953) en la cual la población civil del Norte fue diezmada por los bombardeos de la Fuerza Aérea norteamericana, aun está en la memoria de los norcoreanos. El General Douglas MacArthur incluso propuso el empleo de la bomba atómica; acción que, afortunadamente, el Presidente Truman vetó. Junto a la Guerra de Vietnam (1955-1975), sin duda, fueron precedentes suficientes para que Corea del Norte haya dado prioridad al desarrollo de armas nucleares.

Las negociaciones del armisticio, iniciadas en julio de 1951, concluyeron dos años después en Panmunjon, en la ahora Zona Desmilitarizada (ZDM). El acuerdo fue firmado por el ejército norcoreano, por combatientes voluntarios de la República Popular China, por los Estados Unidos y por la República de Corea, apoyados por el Comando de las Naciones Unidas. Sin embargo, hasta el presente no se ha firmado ningún tratado de paz entre las Coreas.

La exigencia de los Estados Unidos y de sus aliados sobre el régimen de Corea del Norte es, obviamente, el cese del desarrollo de su poder nuclear. De aquí nace la pregunta fundamental acerca de qué es lo que pide Kim Yong-Un a cambio de congelar su desarrollo nuclear. Fundamentalmente, sería el fin de la alianza militar de los Estados Unidos con Corea del Sur, un pacto que data desde principios de la Guerra de Corea.

Las espurias sanciones internacionales

El Primer Ministro japonés Shinzo Abe, escribió en una editorial en el NYT acerca de la necesidad de incrementar las sanciones de parte de la ONU hacia el régimen norcoreano. Obviamente, Japón sería la potencia más amenazada por la capacidad nuclear de Corea del Norte.

Sin embargo, las sanciones económicas impuestas por el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas se contradicen con el Derecho de los Pueblos, una declaración suscrita por la propia ONU en 1976. En tal sentido, las sanciones que apuntan a castigar el comportamiento de un gobierno dictatorial como el de Kim Jong-Un, afecta directamente a la población norcoreana, es decir, este pueblo recibiría un doble castigo: encontrarse bajo un régimen autocrático de perfil estalinista y, además, sufrir todas las consecuencias de las tribulaciones que implican estos castigos económicos de parte de la comunidad internacional.

Como en tantos otros casos, el recurso de las sanciones económicas como represalia internacional, no tendría ningún efecto sobre Corea del Norte. El régimen de Kim Jong-Un se empeña en mejorar el estándar de vida de la población, actualmente con un buen crecimiento económico y con la emergencia de una clase media, según el diario danés Information.

A nuestro parecer, el régimen de Pyonyang se encontraría en una situación sin retorno. Si la lógica de desarrollar armamento nuclear obedece a la necesidad de defenderse del poder y dominio de los Estados Unidos y sus aliados en Asia oriental, las chances de que Corea del Norte acepte una forma de moratoria para desarmarse, son prácticamente nulas.

Nicholas Kristof, corresponsal del New York Times, visitó recientemente Corea del Norte y se entrevistó con autoridades diplomáticas del régimen. Kristof les comentó que la situación actual de Corea del Norte le recordaba aquella del Iraq de Saddam Hussein en la víspera de la invasión norteamericana en 2003, que el periodista había vivido in situ.

La diferencia -les expresó el reportero- es que en el caso de Corea del Norte, no se trataría de un desastre regional, sino de un cataclismo nuclear.

A lo que su interlocutor coreano respondió que, precisamente, tanto Libia como Irak cometieron el error de renunciar a sus programas nucleares. Entonces Estados Unidos, junto a sus aliados de la OTAN, invadió a esos países y derrocó a sus regímenes. La lección es obvia -agregó el diplomático coreano- “nuestro país jamás negociará su desarme nuclear”. (NYT.06.10.17)

Visto así, la actitud de los Estados Unidos de ejercer supremacía basada en su poderío militar, a fin de cuentas, parece ser el verdadero incentivo para el desarrollo de armas nucleares por parte de aquellos países cuyos regímenes se sienten amenazados.

En este sentido, el régimen de Irán debe estar muy complacido ante la perspectiva de que Donald Trump desconozca el tratado de abstención del desarrollo nuclear firmado con el gobierno de Barack Obama. Sería una carta blanca para proseguir con su programa, sin mayores culpas.

La opción militar sobre Corea del Norte contiene riesgos más allá de lo razonable. Por ejemplo, ante una amenaza de ataque, simulada o real, de la alianza militar del sur, se puede tener como respuesta una represalia en contra de Corea del Sur. Si se considera que más de la mitad de la población sureña vive dentro de 80 kilómetros de la frontera del paralelo 38º, al alcance de la artillería del norte, la probabilidad de una matanza de cientos de miles de inocentes sería muy alta.

Lo anterior explica la insistencia del presidente surcoreano Moon Jae-in de perseverar en su aproximación diplomática negociadora con el régimen de Pyongyang, en lugar del empleo de sanciones económicas más drásticas y de eventuales incursiones militares por parte de su aliado americano.

El fin del sueño conservador del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, PNAC?

Aparentemente, el Gobierno de Trump aun vive en el sueño conservador de la hegemonía mundial, creada alrededor de la tesis de “El Gran Tablero” (1997) por Zbigniew Brzezinski. Una hipótesis actualizada, basada en la teoría del pivote o heartland del geógrafo Sir Halford J. Mackinder (1861-1945), según la cual el control de Eurasia y sus recursos aparecería esencial para el dominio mundial y cuyo instrumento principal sería la superioridad militar de los Estados Unidos. Lo que explicaría la prolongada presencia de sus tropas en Afganistán y en Medio Oriente, hasta ahora, sin ningún resultado positivo.

No obstante, Trump y su entorno no parecen darse cuenta de que los tiempos imperiales han dado paso a las hegemonías regionales, a la multipolaridad. Tampoco tiene mucho que hacer Estados Unidos en las inmediaciones de China.

Por su parte, la República Popular China está inmersa en otro tipo de proyectos, todos apuntando a conquistar posiciones mundiales sólidas, no militares, sino mediante la cooperación económica. Uno de estos proyectos es el llamado “Ruta de la Seda”, que consiste en la construcción de una súper carretera a lo largo de Eurasia, inspirada en las rutas comerciales que habría seguido el veneciano Marco Polo, uniendo China con Europa en el siglo XIII y XIV.

El carácter personal de Trump vis-a-vis la estructura política norteamericana

Profesionales norteamericanos, especialistas en psiquiatría, han hecho pública su preocupación acerca del estado mental del Presidente, comparable al narcisismo de Hitler o Mussolini. Ellos definen al perverso narcisista como un individuo que adolece de incapacidad patológica para sentir culpa y sólo le preocupa la imagen que proyecta al resto, sin llegar a considerar a los otros como personas, es decir para él sólo son objetos que puede utilizar.

Hasta ahora, la función que ha cumplido el grupo asesor en el entorno de Trump, compuesta por varios ex militares, ha sido exitosa en contrarrestar las reacciones viscerales del Presidente, con un actuar más moderado y pragmático. Ello habría quedado demostrado en las recientes visitas que el mandatario norteamericano realizó a varios países de lejano oriente, incluidas la República Popular China y el Imperio de Japón. Su tono altivo, expresado en su comunicación en redes sociales, se transformó en una actitud amable y transigente.

Sin embargo, permanece la preocupación acerca del poco manejo diplomático que Trump posee, dando prioridad a la aproximación que más le acomoda: la negociación bilateral y el regateo para obtener la mejor parte en la transacción. Pero ello contrasta con la idea de perseguir una agenda coherente, en opinión de los expertos.

Está por verse si las estructuras de toma de decisiones (ckecks & balances) del sistema político norteamericano tiene la capacidad de imponerse ante cualquier decisión de carácter personal, concebida desde la presidencia, que pusiera en peligro la paz mundial.