La palabra movimiento implica sólo eso, el moverse: el desplazamiento de un lugar o posición a otra. Para las ciencias sociales esta palabra engloba muchas más definiciones, formas históricas o construcciones de masas; pero estaremos de acuerdo en que es algo distinto a un partido. No nos referimos a la idea burócrata de encasillar los fenómenos sociales según sus jerarquías o formas orgánicas dentro de una u otra categoría, sino a la práctica concreta de uno y otro en la situación concreta de lucha por el poder. El movimiento, sencillamente, se moviliza por un fin específico, busca una o varias reformas y, por sobre todo, en demanda de la acción de otros, comúnmente “el poder” (por algo se moviliza en vez recurrir a la conspiración). El partido va más allá, toma partido: en vez de moverse refuerza una posición para pasar a la ofensiva, es una organización conspirativa: planifica la toma del poder -por las armas, las elecciones o como sea- y lo hace para sus fines propios.

El Movimiento de Indignados, saludado con entusiasmo, esperanza y cierta imitación por el progresismo bienpensante de nuestro país, es algo así como la negación de sí mismo. O, mejor dicho, una reafirmación de los límites de la propia palabra “movimiento”. Nació en Madrid, la Puerta del Sol fue su “sede” y los Indignados sus “cuadros”. La sigla 15-M dio lugar a toda clase de reflexiones que carecieron de una debida comprensión política de su situación, identificándose sus integrantes como los utopistas del siglo XXI. En Chile y en todo el mundo se marchó masivamente contra los excesos del capital global, pero todo lo sólido se disolvió en el aire, y sin ir más allá, el entusiasmo no pudo cuajar en ningún programa que proyectara una lucha de largo alcance. Para los españoles, y sus símiles de otras latitudes, se trató de una fugaz experiencia de la utopía: asambleas horizontales, delegados revocables, comida vegetariana, multiculturalismo y un largo etcétera del repertorio democratista. Tras la vivencia, los que aun tenían trabajo volvieron a sus jornadas, a ver televisión por la noche y a caminar por los mismos barrios de siempre y a relacionarse de la misma forma. Ahora eran más críticos y más conscientes, tenían una historia que contar a sus nietos, pero ahí terminaba la épica. La política del conflicto social aun estaba sobretederminada por la fría realidad de la política de la administración de las cosas, es decir, de la banca y la clase política tradicional.

¿Qué pasó? En el año de la indignación contra el Capital, ganó -por paliza- la opción que más lo defendía. Las elecciones del 20 de noviembre en España evidenciaron que cuando la experiencia del presente se sobrepone a la lucha por el futuro, este último es definido por aquellos que sí se dispusieron a disputarlo. Madrid, la capital indignada, fue donde el franquista Partido Popular obtuvo su mayor caudal de votos en toda España. Muy enaltecedoras habrán sido las asambleas interminables sobre economía alternativa, pero mientras unos discutían eso, el PP le hablaba a la diezmada clase obrera hispana de la economía real. Cuando los ocupantes de la plaza cuestionaban la democracia representativa, para vivir una democracia participativa, el Capital usaba a la primera como herramienta eficaz para socavar lo que dejaron de Bienestar los gobiernos socialdemócratas, hoy verdaderas piezas de museo. A estas alturas, podemos aventurarnos a declarar que el Movimiento de Indignados fue más una misa milenarista que una acción transformadora de la realidad, más una resistencia identitaria al Capital que un freno real a su voraz naturaleza. Podrán parecer injustas estas palabras, pero lo cierto es que de tanto debatir los sueños, no se percataron del terrible porvenir que se hizo presente, un fascismo a caballo del único grupo realmente preparado para tomar el poder en España. En otras palabras, perdieron.

¿Fue el movimiento de los indignados una experiencia sin valor? No, no es lo que queremos decir. Nuestra crítica no es a su paso reflexivo, del ir de la aceptación anodina de vivir en el barrio alto del mundo a comprenderse como explotados en el amplio sentido del término. Nuestra crítica es que tras este primer paso no haya sucedido un segundo paso, hacia adelante. Lo que planteamos es que tras develar la farsa de la democracia occidental de posguerra fría, el concubinato de la clase financiera y la administración del estado, los Indignados se enamoraron de su movimiento; y en lugar de caminar hacia adelante, comenzaron a mirar lo bello que eran sus pasos al andar en círculos.

SlavojZizek, en referencia a la segunda de las tesis de abril de Lenin, establece que la transformación social sigue un doble movimiento: “Se trata de la ‘negación de la negación’ hegeliana: en primer lugar, se niega el viejo orden dentro de su propia forma ideológico-política; a continuación, hay que negar la forma misma”.

El problema, entonces, es cómo pasar de la crítica a los excesos de la dominación a la superación de la forma de dominación que produce los excesos. La democracia en acto de los estudiantes movilizados -la Confech con todos sus vicios es más democrática que el Congreso- es una crítica a la farsa democrática pinochetista, pero en el camino reconocemos que la farsa es en sí la materialidad histórica de la democracia, o sea, la forma en como se ha organizado la dominación burguesa, en código republicano, a partir de la “idea democracia”.

Así las cosas, el Movimiento Estudiantil, como parte de un re-naciente Movimiento Popular en Chile, no puede caer en felicitarse con las adulaciones de sus enemigos. Que son novedosos, que son creativos, que pusieron el tema en la palestra, que son soñadores, etc. Por el contrario, la valoración de estos elementos es una advertencia de su ineficacia por movilizarse directamente hacia sus objetivos, o sea, cuando “caminan en círculos” es que la clase política ya no les teme y les valora su “locura juvenil”. Es el valor político, táctico, de su densidad el que le sirve a las tendencias antisistémicas, y no el valor en sí, el que destaca lo pintoresco de lo inocente. El valor político de la novedad y la creatividad es que golpea como y donde no se espera; el valor político de instalar un programa es concretarlo a la fuerza o hacer estallar el andamiaje institucional en el intento. Negarse a ello es asumir que el único rol que le compete a los movilizados es el de denuncia para que, al igual que como sucedió en España, las soluciones las ponga quien saque más votos. Esta puede ser una posición válida para muchos, excepto para quienes pretenden superar el estado capitalista de las cosas por la vía de la acción colectiva.

Por tanto, ¿cuál es el problema con René Alinco y los otros dos diputados que dieron la victoria a Bulnes y Piñera en el Parlamento? ¿Es que acaso nos traicionaron? En realidad no, porque nunca nos prometieron nada más de lo que hicieron. Nunca necesitaron prometer nada, el binominalismo les aseguraba el cupo sin necesidad de hablarle al pueblo. El pacto de ellos fue con el Partido, al que si había que prometer algo a cambio del pago de la campaña y la máquina electoral que dio los votos. El Partido, como organización que conspira por el poder, nuevamente, fue más eficaz que el Movimiento. El Partido no se enamora de si mismo, nadie lo felicita, su obsesión con la victoria es tal, que todo lo demás no importa. Esta frase encierra en su cinismo toda una potencia subversiva, bien lo aclaró Lenin, “salvo el poder, todo es ilusión”.

Lo que evidencia Alinco no es que “el sistema representativo está mal”, sino que sencillamente el sistema no puede ser otra cosa: fue construido para que Labbé fuera alcalde y Carlos Larraín senador designado. No es que se cometieran errores en la Constitución de 1980, sino que lo que se hizo fue premeditado para que saliera así de mal. Eso lo saben la Derecha, Piñera, Zaldívar, Escalona y uno que otro díscolo que aun debe quedar por ahí. El Problema en este caso es que Alinco demostró lo frágil de una posición que se mueve en círculos: como nada lo presionaba realmente a actuar en función de las mayorías, simplemente actuó bajo la presión real, la de mantener el cupo parlamentario consiguiendo fondos para el clientelismo electoral en su distrito. El Movimiento Estudiantil delegó su poder real en una negociación parlamentaria que a todas luces devendría en un acuerdo de manos levantadas o en una socarrona victoria derechista. No porque los parlamentarios sean malos, sino porque eso era lo único que cabría esperar de ese espacio, la realidad más cruda de la democracia pinochetista.

La actuación patética del ex-PPD y ex-PRO sólo es el botón de muestra de que este sistema sólo puede ser golpeado para reformarse desde fuera. No fuera del capital o la legalidad, eso sería empequeñecer su potencial antagonismo, sino que desde fuera de los grupos sociales concretamente inscritos en la representación política, los del foro de la ENADE o las 4 mil familias. Un Partido es tomar partido, ya lo dijimos; pasar a la ofensiva contra otros, posicionarse en una verdad para demoler otra verdad. Por lo tanto, debemos tomar partido y abandonar la idea del movimiento en sí, el que se mueve para dentro, el que se consuela con su experiencia utópica, que limita, por miedo o pudor, su violenta ofensiva (el cambio por la fuerza) para dejar -por default– administrarse por la opresión híperviolenta (la explotación por la fuerza) de la democracia en forma. Así, mientras le sigamos haciendo caso al progresismo bien pensante, vociferando arrogante que nos detengamos a mirar la belleza del presente, para así delegar en la clase política el fondo de esa forma, otros Alincos, u otros Partidos Populares, harán su fiesta. Mientras sigamos mirando el brillo de nuestros zapatos, otros serán los que definan el hacia donde caminan.