Por Alfonso Pizarro R.

Al mismo tiempo que viene en alza la movilización estudiantil, nuevas apuestas políticas provenientes de la lucha social por la educación se enfrentan al desafío de la emergencia política. Esto último significa la capacidad de intervención en la ansiada lucha política, para así no depender más de los impredecibles —e incontrolables— estallidos sociales, con capacidad de empujar legítimamente una agenda transformadora que se haga cargo del malestar social. En estos tiempos, sigue cobrando vigencia lo que Marx le dijera en una carta a su amigo —luego no tanto— Arnold Ruge

No le decimos al mundo: «Termina con tus luchas, pues son estúpidas; te daremos la verdadera consigna de lucha». Nos limitamos a mostrarle al mundo por qué está luchando en verdad, y la conciencia es algo que tiene que adquirir, aunque no quiera.

Contrario a lo que afirma Carlos Durán, el carácter político no está dado por la “construcción de oposiciones”; éstas existen y son explicativas de los conflictos sociales. No está en juego la definición de “fronteras antagónicas” entre el enemigo y nosotros. Lo que está en juego es identificar las oposiciones que subyacen a los estallidos sociales observados. En el caso de la década de lucha educacional se evidencia la incapacidad del orden establecido por otorgar una solución, en sus propios términos, a las demandas que son conducentes a un Estado garante de derechos sociales —condición sine qua non para el garantizar el derecho a la educación. La frontera está establecida en la intervención de las organizaciones políticas donde algunas buscan potenciar la autonomía de las luchas sociales en contra del orden establecido y otras la oxigenación de éste mediante su actualización y embellecimiento con discurso reformista.

Los problemas políticos se caracterizan justamente por la oposición, no hay que intentar inventarlas antes que entender cuáles están a la base de conflictos. No cabe ninguna duda de la imposibilidad de identificar algo político que no sea fruto de alguna oposición entre perspectivas que, llevadas hasta sus últimas consecuencias, organizan la vida de manera contradictoria con el otro. Los conflictos no establecen fronteras, las develan; éstas no están dadas natural o mecánicamente, son construidas en la medida en que hay oposición política al orden establecido: surgen en función de la deslegitimación de la Concertación. Así, los clivajes no buscan ser explicados, estos son explicativos de la conflictividad social y otorgan una guía para la intervención.

No es posible hablar de tomar posiciones si no es situado y en el contexto de luchas sociales en concreto, de otro modo sólo respondería a una formalidad o cálculo. Es así como ser de izquierda no viene acompañado de un códice de posiciones a sostener, y, por tanto, las que han sido sostenidas son las formas que adquiere la lucha política en determinado momento. De no tener esto presente es fácil considerar que dicotomías y clivajes surgen espontáneamente o gracias al decreto de una masa crítica avanzada; y es que ni por naturaleza ni voluntad divina se desenvuelve la historia y son determinados conflictos los que permiten entenderla. Así, una serie de presupuestos pasan de contrabando, especialmente falsas dicotomías. Una de las más famosas es la exclusión entre reforma o revolución —que posee un origen similar a la del siglo pasado entre la vía institucional vs la insurreccional. Del mismo modo, la lucha en el campo de las ideas nunca ocurre “tan sólo” ahí. Por una parte, las ideas al ser llevadas hasta sus últimas consecuencias develan el entramado en el que se encuentran, evidenciando que nunca están realmente aislada de la toma de posiciones políticas. Por otra parte, no son captadas desde otro mundo y es en la práctica política misma donde aparecen: no se puede hablar de reconstruir la educación pública sin antes tenerla destruida o de recuperar la democracia antes de perderla. Pocas ideas son tan viejas como salvar la distinción dualista entre un mundo de las ideas vs. un mundo de la sociedad: no hay algo así como pura teoría o práctica política. Tomemos como ejemplo la idea de gratuidad en la educación: mientras que el gobierno lo interpreta como financiamiento vía voucher, la demanda histórica no lo parcela respecto del fortalecimiento de la educación pública para poder expandirla, exigiendo aportes basales a las universidades estatales para que esta sea su prioridad y no su propia existencia.

Es el orden establecido quien promueve esa forma de entender la política, al punto que tiene a la izquierda convencida de que existió la dicotomía entre reforma y revolución. No es controversial asumir el carácter revolucionario de Karl Marx, Friedrich Engels, y Rosa Luxemburgo. Los primeros, en uno de los panfletos políticos más famosos de la historia, proponen como una medida “más o menos general” la instauración de “educación pública y gratuita de todos los niños”. Luxemburgo, por su parte, dedicó un libro entero a denunciar esa falsa dicotomía e identificó el problema como un asunto de disidencia a la estrategia socialista de parte de los oportunistas. Estos últimos, dan por perdida la posibilidad de transformar radicalmente el orden social establecido y dedican sus esfuerzos a mejoras inmediatas dentro de los márgenes institucionales del sistema: “buscan únicamente éxitos pragmáticos que manifiesten la natural aspiración a tener las manos libres, o sea, a hacer independiente la práctica de la teoría”. Son hostiles a la discusión de tesis política producto de los límites que establece una estrategia socialista, puesto que están “muy definidos para la actividad práctica, tanto respecto a los fines como a los medios de lucha a emplear, y también respecto al modo de luchar”. Incapaces de generar una teoría positiva dedican sus esfuerzos al ataque de la tesis existente haciéndolo pasar por tesis disidentes y “se lanzan sobre la primera idea que se les presente con la apariencia de poder llegar a ser un ideal y se nutren hasta cuando les dura el esfuerzo por apropiarse de esta” en palabras de Gramsci.

La unidad de la izquierda como prioridad no es el problema. Apelando a la historia y fracaso de los socialismos reales es evidente que la unidad de los partidos de izquierda no fueron los causantes del desastre. Sería difícil afirmar que en la Unión Soviética la unidad de los partidos políticos de izquierda haya sido el problema central que derivó en su decadencia y en las atrocidades del autoritarismo estalinista. Más bien fue la suplantación de la unidad del pueblo lo que llevó a que se produjeran en los socialismos reales y hoy por hoy en los proyectos progresistas latinoamericanos.

Las diferencias irremontables en la convergencia autonomista se profundizaron respecto al modo de constituir una orgánica partidaria en respuesta y al calor de luchas sociales. Como autonomistas no buscamos suplantar; ofrecemos una lectura y apuesta política que sometemos al escrutinio público. Que nuestras caras visibles y dirigencias provengan del movimiento estudiantil no es ni negativo ni algo exclusivo de nosotros. Basta con considerar otros liderazgos nuevos como Karol Cariola y Camila Vallejo o Giorgio Jackson y Gabriel Boric. Es decir, no demuestra suplantación, más bien es prueba de nuestra inserción social en el movimiento. El movimiento estudiantil no es algo “gremial” y ha sido cantera de cuadros de organizaciones políticas hace décadas. El peso de la prueba recae sobre quienes afirmen lo primero y nieguen lo último.

El fracaso de la convergencia sólo es entendible a la luz de lo anterior. El autonomismo no llega desde afuera a intervenir un estallido o a crear espacios en donde “insertarse”: somos carne y hueso de aquellos mismos conflictos y movilizaciones de los que participamos. Al llegar el punto de la disidencia forzada por la vía de hechos consumados, se dio por completamente agotada la voluntad a discutir tesis política salvo lo que incluyera ir a elecciones, incluso al punto de considerar dar por perdida la lucha educacional “como una más”, para así no perder la oportunidad de emerger políticamente mediante la representación del malestar en las elecciones venideras. Esto último no es coherente ni con nuestra historia ni con una práctica política autonomista. Es una apuesta legítima, y la sostienen organizaciones con las que hay que trabajar, pero no es la nuestra. Desde una perspectiva autonomista, las organizaciones sociales no deben ponerse por sobre y delante de las luchas sociales, deben apostar a conducirlas, profundizarlas y, cuando no hayan, incentivarlas. La militancia no es creadora del malestar social: el capitalismo no necesita de nuestra ayuda para producirlo.

Las posiciones identificadas como “de la deriva histórica del siglo pasado” son triviales aisladas del momento histórico. Volviendo sobre el trabajo de Rosa Luxemburgo, es posible y deseable conseguir mejoramientos graduales mediante la institucionalidad en el capitalismo, el punto es que no son suficientes para la superación del mismo —las reformas son ganadas en el transcurso de una estrategia revolucionaria. De hecho, estas mejoras han dependido de movilizaciones en contra de éste, como la jornada laboral de 8 horas. Guardando las diferencias, podemos entender como la derogación del DFL-2 se logra por la movilización estudiantil, que no tiene como horizonte la reconstrucción de la democracia interna en las unidades académicas.

No hay dicotomía entre luchas sociales concretas y lucha política. Son las primeras las que han de proyectarse a la segunda en sus propios términos y sin ser suplantadas por organizaciones. Ninguna posición en la lucha política opera en desconexión con la sociedad: por acción u omisión, se es parte de la solución o del problema. No cabe concebir espacios inmunes a la intervención política del sistema institucional, por lo mismo ha de preservarse y potenciarse la autonomía. El Estado y la institucionalidad no son galpones vacíos a ser llenados por militantes, asesores, clases o relatos. Es la potencia creativa que emerge de las luchas sociales la que ha de desarrollarse, como confirman las protestas, ocupaciones de espacio público, formas de coordinación y organización y una serie de propuestas altamente complejas en donde intelectuales y organizaciones se ponen a disposición de la movilización popular sin importar si tienen o no un PhD en Finlandia.

Las preguntas que plantea Carlos Durán son problemas a resolver políticamente antes que preguntas a responder burocráticamente. Dado a que no hay algo así como “luchas sociales blindadas ante la acción hegemónica” desde el orden establecido, ni espacios inmunes a la intervención del sistema institucional, hay que estar allí y hacer valer la democracia y nuevas formas de hacer política antes que replicar las antiguas. La unificación de la heterogeneidad de los malestares sociales tras un proyecto transformador ha de surgir de sus mismas entrañas y no decretada por lo que podamos aspirar las organizaciones políticas emergidas en estas luchas sociales. La tarea exige humildad: aportar con capacidades a la organización del malestar, abogar por su transformación en luchas sociales y su proyección a la lucha política. Para así poder arrebatar por fin alguna conquista antineoliberal que dé comienzo al retroceso del mercado y a copar de democracia los descampados por los cuales arrasó durante 40 años ininterrumpidos.  Y en esta tarea no basta ninguna organización por sí misma. Sin embargo, hay que cuidar no estar simplemente creando fuerza de masa crítica avanzada que termine por reemplazar viejas élites sólo para convertirse en una nueva. El juego político sí tiene pertenencia y está de manos del empresariado y su clase política, está en nosotros desbordarlo para que sea de todos y, por tanto, de nadie.


Alfonso Pizarro R., es licenciado y Magister (c) en Filosofía, U. de Chile.