Por Luna Follegati Montenegro

A poco más de una semana de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, la proliferación de reivindicaciones, propuestas y demandas feministas en los distintos escenarios políticos nos llevan a preguntarnos sobre la viabilidad de la relación entre feminismo y democracia. Desde una izquierda emergente, se apuesta por una recreación democrática en tanto considera la readecuación de mecanismos sobre las formas de deliberación de lo político. Frente a lo anterior, el proyecto político de izquierda que abogue por un programa y gobierno de cambio, debiese considerar cómo el feminismo construye –y no solo aporte– esa democracia. Es decir, que su crítica componga justamente lo político de la democracia. ¿Qué quiere decir esto? Que no se considere al feminismo como un afuera, sino que como una reflexión fundante de los posibles nuevos mecanismos de deliberación y decisión política. Entonces, cabe preguntarse, ¿cómo afrontar la pregunta por el feminismo y la democracia en un contexto neoliberal? ¿cómo apuntar a esa relación comprendiendo la segmentación y desvinculación de los feminismos durante los 90’?

Para responder tamaña cuestión, de la cual sólo podremos advertir algunas aperturas, es fundamental posicionarse desde una crítica situada a partir de la experiencia latinoamericana que, desde comienzos del siglo XX, ha puesto en juego la condición representativa e igualitaria de la democracia en términos de representación política. El feminismo, en este aspecto, se ha planteado en una relación contradictoria y disonante con los alcances democráticos en nuestra historia republicana.

Nuestra hipótesis es que el encuentro entre democracia y feminismo se torna necesario, una y otra vez, debido a la incapacidad que han tenido los sistemas de representación política en comprender tres aspectos: primero, el de establecer una dualidad entre institucionalidad democrática, y democratización de las relaciones sociales en su conjunto, considerando sólo el aspecto político- procedimental, es decir, el acceso de las mujeres a los espacios de representación y administración política. Segundo, la incongruencia entre las formas de organización política que han marginado la apuesta feminista, en tanto la restringen a un ámbito particular, cotidiano, privado, identitario y cultural. Tercero, las feministas hemos cuestionado la estructura patriarcal vigente en lo institucional, cuestión cierta, lo cual no restringe la pregunta por cómo los feminismos imaginan y proponen un proyecto democrático en términos de organización política, y de democratización en general, o bien, ¿apuntamos solamente a las exigencias de nuevas leyes sobre la condición de las mujeres y LGTBI? ¿Es necesario la composición de un proyecto social feminista, en diálogo y articulación con otros movimientos y demandas sociales?

En este sentido, las reflexiones de las feministas de los 80’ en América Latina son particularmente atingentes para darnos luces en relación a esta presunta aporía, al estar dialogando a partir de un pasado o presente autoritario, cuya lucha radica, justamente, en un retorno a lo democrático. Retorno, palabra que innegablemente confiere el recuerdo de un pasado, pero que desde el feminismo se busca en una distancia. La hipótesis así señalada, establece que el problema sustantivo de la relación entre feminismo, justicia social e izquierda, estaría dada por la necesidad de una imaginación política distinta que pueda dar forma a los espacios impensados en que la democracia tenga cabida, junto con una noción que haga frente a lo que los gobiernos neoliberales han obviado en mirar: la intrínseca relación entre neoliberalismo y democracia. Un feminismo que busca un camino emancipatorio deberá entonces, reconocer esa relación como también a la acción política y contingencia de sus formas de organización. Ahora bien ¿qué hacemos con el feminismo? En primer lugar, mirar su historia, como diría Julieta Kirkwood.

La relación entre procesos políticos y feminismo.

Una de las autoras que ha desarrollado la relación entre neoliberalismo y feminismo, Nancy Fraser[1], señala una fuerte crítica en relación al devenir de la segunda ola del feminismo, caracterizado por la partición del feminismo entre lo social y lo cultural, la redistribución o el reconocimiento. Las demandas culturales habrían vaciado el contenido social de la disputa feminista[2], particularizando en lo individual y subjetivo, cuestión que pudo ser cooptada por los circuitos del neoliberalismo y sus formas de administración del conflicto. Desde esta lectura, el feminismo ciertamente tendría una importante responsabilidad en su cooptación neoliberal, ya sea en relación a la segmentación de su potencia como en el olvido de ‘lo social’. Para Fraser, el feminismo desde los 80’ en adelante ha tenido una complicidad y copertenencia con el neoliberalismo. Su respuesta, es volver a un feminismo bajo la pregunta por la justicia social.

Sin embargo, si atendemos la historia reciente de América Latina, y particularmente de Chile, podemos complejizar el panorama. Tal como señala Verónica Schild[3], la desarticulación del feminismo en los 90’ y la dispersión de sus demandas en el caso latinoamericano, responde más bien a un momento donde la derrota de las alternativas de izquierda significó la claudicación frente a las relaciones sociales capitalistas. El período de transición hacia el neoliberalismo y democracia liberal implicó también, un distanciamiento con las agendas de transformación radical, inclusive el feminismo. Por el contrario, a lo anunciado por Fraser, en el caso latinoamericano los feminismos “estuvieron siempre marcados por las dinámicas sociales, políticas y económicas de la región en general. Estos fueron los contextos en los que tomaron forma las relaciones, a menudo contradictorias, con las ideas feministas del norte[4]. Tres son los momentos en donde esta alteración feminista ha salido a flote vinculando procesos políticos y feminismo, hitos que justamente dan cuenta de lo inacabado que se ha vuelto tanto el desarrollo teórico como la reflexión, en relación a la complementariedad entre democracia y feminismo.

Historizando, podemos decir que el feminismo ha jugado de forma ambivalente con la institucionalidad. Un primer momento sufragista y de la igualdad, a comienzos del siglo XX, donde da cuenta de una diferencia que se representa en la falta de un sujeto en los espacios de representación, leyendo por cierto este eje críticamente desde La república masculina, de Alejandra Castillo[5]. Un segundo momento, a partir de la inclusión de las mujeres en los espacios de representación mediante el voto, y la militancia política en el contexto del Estado de Compromiso y los procesos revolucionarios: la figura de la mujer como una compañera. Tercer eje, las luchas contra las dictaduras autoritarias al calor de los procesos de movilización social, y con ello de las formas en que se componía una alternativa al ritmo del naciente movimiento feminista latinoamericano. Sin duda, la pregunta es cuál ha sido el efecto que a partir de los 90’, hace que el feminismo merme en relación a su pasado reciente, de carácter disruptivo e incómodo. Frente a lo anterior, es innegable pensar en las formas en que la izquierda dialogó en torno al feminismo. Es en este período donde el movimiento se piensa como un proyecto en sí mismo, y se articula justamente a partir de su demanda democrática, pero una democracia que persiste en todos los niveles: privado y público, cotidiano y social. Muy diferente a lo que finalmente se tradujo en el contexto de las democracias liberales de los 90’. Veamos dos aspectos que grafican la transición neoliberal en el feminismo, sus efectos y consecuencias.

De la Dictadura a la Transición a la Democracia: la desactivación de una emancipación.

Desde 1981, en Bogotá, Colombia, las feministas se reúnen cada tanto en los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe. Espacio de encuentro, de discusión y diálogo que se idea en el contexto de la Conferencia Mundial de Copenhaguen para la segunda mitad del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer: Igualdad, Desarrollo y Paz[6]. Bajo este contexto, y en un espacio denominado Tribuna Libre, las asistentes latinoamericanas buscaron un nuevo espacio de reunión y “acordaron que el Encuentro sería “feminista” y no “de mujeres”, decisión que un año más tarde fue refrendada por las colombianas, anfitrionas de esta primera reunión donde el feminismo latinoamericano saldrá reforzado como movimiento y con nueva fuerza política[7]. Cerca de doscientas mujeres dieron este primer salto, de carácter latinoamericano, que buscaba posicionar un ámbito distinto en relación a los momentos antecedentes del movimiento. Mientras en el pensamiento del primer mundo se profundizaba en relación a un feminismo de la diferencia, en el sur americano la tensión se vinculaba a la relación proyectiva: pasamos de un movimiento de mujeres, femenino, a uno feminista.

En 1983, por primera vez como concitan algunos testimonios[8], el movimiento de mujeres chileno firma como Movimiento Feminista, a través de un histórico lema representativo del período “Democracia Ahora”. Desde este momento en adelante, el feminismo como concepto y práctica, como movimiento, reivindicación y protesta, se posiciona como un actor más dentro de un Chile turbulento acicateado por las Jornadas Protesta Nacional[9], que se visibiliza y posiciona a través de la lucha por el retorno de la Democracia, pero donde el contenido de su demanda traspasa latamente sólo el eje institucional: democratización profunda de las relaciones sociales; mejora sustantiva de las condiciones materiales y económica de las mujeres[10].

El impacto latinoamericano del movimiento de mujeres es claro: en 1989, el V Encuentro realizado en San Bernardo, Argentina, albergó a casi 3000 participantes. El feminismo había llegado, y los procesos de democratización, también. Cuestión que traía consigo un tensionamiento importante al interior del movimiento. Como sabemos, en la historia del feminismo es usual que la activación y su conformación como movimiento responda a una condición transversal que pueda otorgar un sentido de ‘unidad’ desde el punto de vista de las reivindicaciones que se disputan: sufragio, derechos civiles, aborto, democracia, violencia de género. En el caso que nos convoca, en términos de transformación institucional, tanto el momento sufragista como el antiautoritario correspondieron a una activación en términos de participación, conciencia y politización de las mujeres que fueron parte del proceso. En ambos, a comienzos y finales de siglo, el diálogo regional entre las mujeres vinculadas a los movimientos fue una característica fundamental para establecer la articulación de la disputa, el diálogo y coordinación conjunta.

A finales de los 80’, sin embargo, los procesos de democratización luego de los períodos autoritarios, significaron una tensión más compleja. Si bien las mujeres fueron actores importantes en su lucha, su reivindicación debía estar a la par de un proceso de renovación de la izquierda, donde los principios y paradigmas marxistas revolucionaros eran dejados de lado por el pragmatismo que confería el pasado autoritario, la presunta necesidad de una democracia que pueda hacerse responsable frente a los ‘aprendizajes’ del pasado, y la responsabilidad política que se le asignaba nuevamente a los partidos. Pero, ¿qué pasa con el feminismo?

Como se ha señalado en diversas ocasiones, el feminismo latinoamericano atravesó la disputa señalada entre la institucionalización (por ejemplo, en organismos estatales como los ministerios o servicios de la mujer) o la autonomía, en relación a seguir un camino propio desvinculado tanto de las orgánicas partidarias como del financiamiento internacional y aparataje estatal. Dos estrategias, que según ciertas lecturas correspondieron a variantes complejas sobre las mismas posibilidades del feminismo: si al comienzo consignó la lucha integral por la emancipación de las mujeres (los 80’), ahora se posibilitaba por una integración gradual y mediada en los escenarios transitorios de la institucionalidad estatal (90’).

Sin duda, ambas estrategias se vehiculizaron de forma paralela, quizás, al devenir político que atravesaron las democracias postautoritarias. Empero, se construyó una historia cuasi escindida de un diagnóstico político transversal donde, a ciencia cierta, la institucionalización correspondió más bien a los designios del neoliberalismo, que a una u otra tendencia u orientación política. El feminismo se entrecruzó en ese camino, y bajo una lectura y práctica que criticaba la misma forma en que históricamente se habían construido los mecanismos de deliberación política, organización social y económica de las relaciones sociales, se erigía como un discurso y práctica demasiado subversiva para la renovación política que requería el nuevo pacto neoliberal. El feminismo y su institucionalización habían olvidado la emancipación.

Deslavar el feminismo, entonces, bajo la estrategia de la administración de la diferencia sexual representando sus demandas en beneficios hacia “la madre pobre”, fueron parte de los mecanismos que potenciaron su aletargamiento. Claro está que las organizaciones no desaparecieron, más bien se mantuvieron de forma persistente bajo la estrategia autónoma, pero fue su efecto masivo el que se opaca en un período hegemonizado por la vanguardia de la negociación. Así, respondiendo a Fraser en relación al cruce entre feminismo y neoliberalismo –por cierto, complementando lo designado por Verónica Schild– podemos apuntar que en el caso latinoamericano el feminismo no es el único responsable de su aletargamiento bajo políticas de la identidad, antes bien, corresponde  también a un mecanismo de organización y administración de la demanda femenina en lo que llamamos “Travestismo del género”, imposible de desvincular de una forma específica de democracia transicional, y bajo los techos del neoliberalismo. En este caso, la crítica a la puesta institucional del feminismo sólo puede ser leída en este contexto: cuando se acepta una forma política y económica determinada por el bloque en el poder.

Travestismo del género y la gubernamentalidad neoliberal

Uno de los términos en que se dio la disputa por el término de la dictadura fue la forma en que iba a ser concebida la democracia. La década de los 80’ posibilitó esa discusión, bajo distintos círculos y espacios de pensamiento que concentraron el debate entre la propuesta dictatorial de la democracia protegida y la nueva receta que emergía como una condición de posibilidad viable para el desarrollo estable de la nación: la democracia consociativa[11]. En ambos casos, la Transición a la Democracia hizo confluir una visión donde el régimen político debía cumplir con algunas prerrogativas en aras de la gobernabilidad, el resguardo del consenso, el fortalecimiento del sistema de partidos, del centro político, o bien, el mantenimiento de un sistema semirepresentativo. Sin embargo, un componente no menor que se resignifica es la nueva relación renovada que adquiere la dicotomía socialismo y democracia. Como hemos señalado, si a comienzos de los 80’ la disputa analítica se debatía entre la posibilidad de convergencia entre el proyecto socialista y la democracia en tanto régimen político; en los 90’ el centro de la discusión apuntó a la coordinación entre democracia y capitalismo. Así las cosas, la democracia se configuró en relación a un espacio y marco normativo con dos baches: el primero, en cuanto a su herencia institucional bajo los ‘amarres’ de la dictadura, y la segunda, en relación a viabilidad en cuanto no traspasase ciertos ejes vinculados a los circuitos del mercado y la propiedad privada[12].

Con ello claro, ¿qué sucede con la propuesta feminista y la necesidad de una transformación radical de las relaciones sociales y económicas? A lo menos, considero dos ejes para responder esta pregunta. El primero, es la pugna que se solventa al interior del espacio feminista en relación a las dos estrategias consignadas, la institucionalidad y autonomía y, con ello, la pérdida de unidad en términos de acción que había posibilitado la conformación de un movimiento diverso, pero coordinado. El segundo, es similar quizás al propio proceso de renovación socialista, bajo otras claves: el transar la utopía de la emancipación femenina y transformación de la totalidad, por la incorporación de medidas y mecanismos gubernamentales que buscaban solventar brechas e inequidades desde el aparato estatal. Es por esto, que se apela a un travestismo, pues bajo consignas de la liberación de las mujeres, se ocultaba una agenda de género que se constituyó como pragmática liberal, fortaleciendo la diferencia maternal en el cual se pensaba las políticas hacia las mujeres[13].

El horizonte permitido por los escenarios transicionales, para el feminismo, estuvieron fuertemente segmentados en tanto trastocaban la agenda valórica de partidos vinculados al conglomerado gobernante (La Democracia Cristiana y su larga estadía en el Servicio Nacional de la Mujer). En este caso, el travestismo operó tanto como un discurso de necesidad y transformación vaciado de un contenido real de interés en la mejora sustantiva de las mujeres, y por otro, de un reconocimiento de éstas mayoritariamente en su condición de madres. Las políticas de género no sólo desactivaron el énfasis contestatario, subversivo y revolucionario del feminismo de los 80’, sino que lo convirtieron en una variable: tecnificaron su potencia a manos de una administración que propició principios capitalistas para el reconocimiento de la autonomía de las mujeres. Como señala Schild, en los 90’ y mediante el mismo concepto de género, se posibilitó una vinculación hacia las mujeres no en relación a potenciar espacios de liberación, de autonomía sino, más bien, en una política del emprendimiento bajo la categoría del empoderamiento. El horizonte estaba claro: inclusión desde una valorización de su acción en términos económicos.

Por otra parte, políticas de cuotas y mecanismos de acción afirmativa lograron posicionar elementos efectivos que posibilitaron el auge de las mujeres en los espacios políticos, pero, no por ello la presencia se condice con feminismo, ni menos con emancipación. En este sentido, la inclusión neoliberal de las mujeres en los espacios institucionales ha estado signada por una presencia que no logra responder de forma conjunta a los problemas derivados de su subordinación –cabría preguntarse si es posible tal hazaña sólo desde el espacio estatal– pero también, demuestra los topes que presentan las mismas formas de ingreso a lo institucional. En este sentido, ocurren dos fenómenos: el ingreso bajo prerrogativas desplegadas desde una agenda internacional sobre el género, despotenciando las formas de aprendizaje, experiencia y organizatividad del feminismo ochentero y, por otra, una inclusión que se debatió entre temas segmentados de acción: capacitaciones que reforzaron estereotipos de género; violencia intrafamiliar; cuidado y acompañamiento de los hijos. ¿Dónde han quedado los derechos de las mujeres, sus derechos sociales? Ciertamente, sumida en una encrucijada entre una agenda de género cada vez más despolitizada y un enmarque neoliberal que viabiliza y administra tal efecto, mediado por la distinción estratégica entre las formas de enfrentar el feminismo.

Aperturas

Hoy nos encontramos en un escenario donde el feminismo ha vuelto a la palestra vinculado a la acción y ocupación del espacio público mediante marchas y consignas que propugnan por nuestros derechos, como también mediante la proliferación de organizaciones, colectivos y frentes feministas en los distintos espacios. Ahora bien, ¿cómo recomponer un espacio feminista, aprendiendo del pasado y considerando que es el momento actual donde volvemos a tener voz, luego de sobrepasar un momento de disputas, latencia, tensiones y estrategias diferenciadas?

En primer lugar, considerar la pluralidad feminista en términos de espacios y grupos de acción. Esa diversidad es una cualidad y potencia de un pensamiento y reflexión que aboga por la diversificación de sus preguntas y las formas en que comprendemos y miramos al patriarcado. Sin embargo, la pluralidad no quita la necesidad de articulación. Quizás, durante la dictadura la constitución del Movimiento Feminista fue posible debido a la transversalidad del feminismo en espacios distintos (académicos, comunales), sujetas distintas (pobladoras, profesionales) y ejes diferenciados (construcción de conocimiento, reflexión y acción activista). La necesidad de unidad del movimiento feminista, en este caso, no debe responder a homologación y menos a descomposición. Dos temas son característicos para pensar este dilema: a mediados de los 80’, Julieta Kirkwood, una de las más importantes pensadoras del momento, reflexionaba: la misma posibilidad de rebelarse significa la formulación de un proyecto social y cultural alternativo al orden, proyecto compuesto por las mujeres mismas[14]. Para ello, define feminismo como un movimiento social por “la concurrencia de tres principios básicos: el de identidad, el de definición de su adversario, y el totalizador, o de formulación del proyecto global alternativo[15]. Por esos mismos años, se preguntaba con una pertinencia y asombrosa actualidad: “¿qué va a suceder con las reivindicaciones feministas que hoy se evidencian con fuerza creciente? ¿Volverá a ser tragada, fagocitada, la demanda por participación política de las mujeres por una política partidaria que aún no está suficientemente renovada?[16].

En este sentido, dos son los ejes que nos menciona Kirkwood al cual debemos atender: primero, la necesidad de un proyecto de carácter total que busca la construcción de una otra sociedad; y segundo, articular ese proyecto desde un espacio de recomposición social donde los feminismos y partidos políticos de izquierda, dialoguen. Sabida es la militancia de Julieta Kirkwood en el Partido Socialista, como también, el uso que los partidos concertacionistas le dieron al feminismo travestido de género, y a la movilización social recompuesta en ciudadanía clientelar. Ciertamente hay elementos que podemos profundizar para dinamizar un debate necesario, en relación a las preguntas que nos hacíamos al comienzo del texto. Consideramos dos premisas: los partidos políticos de izquierda, por si solos, no son quienes detentan el cambio, y con ello, abogarse la representación de las necesidades de las mujeres. Construir una izquierda que difiera de los presupuestos neoliberales de la transición, requiere aprender y asumir los avances desde la organización feminista, por ejemplo, como lo señalaban las feministas de los 80’. Criticaban una política partidista-cupular, la distancia entre las bases electorales y la militancia y forma de comprender la política donde las reivindicaciones feministas no sean consideradas en un segundo plano. Sin duda es necesario fortalecer el análisis de aquel tiempo, por ejemplo, considerando cómo la composición de las luchas denominadas identitarias o culturales se articulan y refuerzan un escenario problemático en relación a las clásicas lecturas dicotómicas, o bien, cómo subjetividades críticas se perfilan en sintonía con un proyecto transformador que encarne la construcción política. Así, la izquierda será feminista o no será.

Desde el feminismo, es preciso considerar el ámbito del proyecto. No basta con el diagnóstico de las condiciones de subordinación, opresión y violencia en la cual vivimos, sino que también es necesario componer un proyecto que piense una alternativa. En ella, la segmentación estratégica entre las propuestas del feminismo (como Fraser señala entre un feminismo social o cultural), también debería ser repensada, en el sentido de que las formas de apropiación de esas diferencias responden también a la división de la potencia subversiva del movimiento. Es necesario preguntarse por la recepción social del feminismo, como espacio de politización y lucha particular, pero no desvinculada de las otras condicionantes que problematizan espacios específicos de la normalización, disciplina y subordinación. Sencillamente, porque no lo están. Debemos articular espacios de sintonía con otros movimientos sociales, vinculados a la salud, pensiones, educación, responder ‘feministamente’ en todos los espacios y tejer una rebeldía que se encuentre solidariamente en aquellas demandas, sujetos y cuerpos que son atrincherados por las lógicas del capital.  No hablamos de restringir problemas, más bien, de complejizarlos. Sabemos el juego del neoliberalismo e individualismo con la cuestión de las identidades, sabemos también la insaciable sed que alimenta al consumo, nuestra tarea, como feministas de izquierda, es justamente desanudar construcciones que apartan, omiten o restringen la posibilidad de establecer lazos de solidaridad, vinculación y lucha con los otros, y entre las feministas, señalando viejas consignas como adscritas a un economicismo o culturalismo.

La construcción de un proyecto alternativo de sociedad, un modelo de desarrollo diferenciado de las formas actuales del capitalismo, corresponde a construir un escenario donde las feministas no estén por fuera, o por el lado en sus luchas, por el contrario, advertir que, sin el feminismo como una parte sustantiva del proyecto, no es posible pensar un proyecto emancipador. Hoy, la democracia aparece vaciada de un contenido, se torna moldeable a la incorporación de variables y mecanismos que pueden disminuir brechas, pero no por ello fomentar un cambio a nivel cultural y de las relaciones sociales. Esa es nuestra tarea. La necesidad de que la izquierda comprenda el proyecto emancipador feminista, confiere una responsabilidad: señalar que el proceso de transformación y justicia social no termina donde la institucionalidad opera, sino más bien, se presenta desde un entramado social. Y en ese conjunto, en esa relación, es donde las feministas tenemos que trabajar. Hoy, bajo la segmentación del feminismo, y de las luchas sociales en conjunto, se vuelve más pertinente la crítica a la administración del conflicto de forma gubernamental, si logramos establecer espacios de coordinación, de trastrocamiento, cuyo eje sea observar las formas en que el capitalismo recompone y atraviesa la condición de malestar actual, más fácil podrá recomponer una alternativa de cambio. En donde el neoliberalismo se hace más explícito, más crudo y agudo, es donde más debemos exigir derechos, justicia y democracia. El feminismo es una de esas voces, pero también, no es sino con el resto.

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[1] Fraser, Nancy. “El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia”. En New left Review, Nº. 56, 2009, págs. 87-104.

[2] A partir de la crítica al salario familiar y a un estatismo paternalista, las feministas propugnaron un análisis donde se buscaba la valoración de las actividades no asalariadas, en especial los cuidados socialmente necesarios proporcionados por las mujeres (P. 94.). Sin embargo, bajo el neoliberalismo esta figura valió para la intensificar la valoración del trabajo asalariado del capitalismo, la flexibilización laboral y pauperización. Fraser, Nancy. “El feminismo…”. Op. cit.

[3] Schild, Verónica. “El feminismo y el Neoliberalismo en América Latina”. En New left Review, Nº. 96, 2016, págs. 63-79.

[4] Schild, Verónica. Op. cit. P. 70.

[5] Castillo, Alejandra. La república masculina. Ed. Palinodia, 2008.

[6] Palestro, Sandra. Mujeres en Movimiento. 1973-1989. Documento de trabajo FLACSO-Chile. Estudios sociales Nº14. Santiago, 1991. P. 27.

[7] Palestro, Sandra. Op. cit.  P. 27-28.

[8] Palestro, Largo, Gaviola. Una Historia Necesaria. Autoedición. Santiago de Chile, 1994.

[9] Las feministas se hacen parte de las Jornadas, desde el primer llamado el 11 de Mayo de 1983 por la Confederación de Trabajadores del Cobre.

[10] Como ejemplo, es cosa de ver la transversalidad de temáticas abordadas en el “Manifiesto Feminista. Demandas Feministas a la democracia”, 1983; “Principios y reivindicaciones que configuran la plataforma de la mujer chilena”, elaborado por MEMCH 83’ (1985); “Pliego de las Mujeres”, Documento presentado a la Asamblea de la Civilidad, 1986.

[11] Ruiz Schneider, Carlos. Seis ensayos sobre teoría de la democracia. Ed. Dirección de Extensión e Investigación Universidad Andrés Bello. Santiago de Chile, 1993.

[12] O’Donnell, Guillermo; Schmitter, Philippe. Transiciones desde un gobierno autoritario. Conclusiones tentativas sobre las democracias inciertas. Ed. Paidós, Buenos Aires.

[13] Castillo, Alejandra. Disensos feministas. Ed. Palinodia. Santiago, 2016.

[14] Kirkwood, Julieta. Feminarios. Ed. Communes. Viña del Mar, 2017.

[15] Kirkwood, Julieta. Op. cit. P. 134-135

[16] Kirkwood, Julieta. Op. cit. P. 147