Por Andrés Estefane y Martín Castillo

La idea de crecimiento es un concepto ineludible en el discurso económico contemporáneo. Su penetración en el léxico de los medios de comunicación y el lugar que ocupa en el repertorio de la discusión pública son el resultado de una naturalización exitosa que ha tendido a eclipsar tanto la trayectoria del término como sus usos políticos. De ello tenemos una vasta experiencia en Chile. Montadas sobre la inercia de los altos índices de expansión que la economía local exhibió en las décadas recientes, las elites empresariales y sus cuadros técnicos han elaborado oportunas estrategias defensivas para frenar todo intento de reforma a las políticas de redistribución de la renta o a un modelo de desarrollo que ya muestra signos inequívocos de obsolescencia. Por lo mismo, el crecimiento ha ido perdiendo su valor como criterio para la organización de recursos y se ha transformado en una muralla ideológica desplazada oportunamente a todos los frentes donde las fuerzas de cambio logran expresarse.

Así sucedió a lo largo del segundo semestre de 2016 tras conocerse las proyecciones de crecimiento del Fondo Monetario Internacional (FMI). Si bien el informe fue multicausal en su análisis, la interpretación difundida por la prensa no perdió oportunidad para sindicar a la reforma laboral, que entra en vigencia en marzo de 2017, como uno de los principales factores de riesgo para una eventual desaceleración de la economía. No viene al caso recordar aquí el accidentado trámite legislativo de esa reforma, que redundó en la esterilización de lo que ya era una limitada agenda de transformaciones; todo indica que la inminente entrada en vigencia de la medida actualizará esa estrategia y la recuperación de mínimos espacios de dignidad nuevamente será representada como el origen de cualquier desajuste. Similar objetivo tuvo la cobertura a los resultados del Estudio Nacional de Opinión Pública de julio-agosto de 2016 del Centro de Estudios Públicos (CEP), donde el problema del crecimiento de la economía apareció entre las preocupaciones de los encuestados. El problema ciertamente no fue ese, sino el que esa mención se utilizara para montar un bulto de mañosa factura, uno que permitió afirmar que la ciudadanía estaba lejos de querer encaminarse hacia un modelo de desarrollo distinto y que sus aspiraciones de adelanto parecían tener como requisito no distanciarse de “ciertos fundamentos macroeconómicos clave”. Los ejemplos abundan y en su estructura confirman el guión ya conocido. Si la gobernabilidad democrática fue el cemento con el que se fraguó el consenso político de los años ’90, la amenaza de un bajo crecimiento es la argamasa con que hoy se blinda el consenso económico que sostiene el ajado edificio del neoliberalismo.

Por todo ello es importante precaverse frente a quienes insisten en que el crecimiento económico es una cuestión neutra, como postula la ortodoxia monetarista. Y es también necesario estar alertas frente a aquellas visiones totalizadoras y fanáticamente optimistas que trafican con las promesas del crecimiento a partir de la reducción de los índices de pobreza y la expansión del empleo. Por lo pronto, la experiencia de las últimas cinco décadas ha desacreditado esas asociaciones, al punto que no se han detectado avances en materia de distribución, menos todavía en los países “en desarrollo”, que han experimentado un empeoramiento de ese índice. Las políticas de apertura y eliminación de barreras han resultado paticularmente lesivas para la estructura laboral de países centrados en la producción de bienes básicos, de baja especialización tecnológica y valor agregado. Por otra parte, la fetichización de la flexibilidad ha sometido a los trabajadores a dinámicas de empleo riesgosas e inestables, que no obstante se justifican como expresiones virtuosas del nuevo capitalismo. El sociólogo Richard Sennet expresó con claridad la trágica transacción en la que reposa el modelo: “este crecimiento tiene un precio elevado: mayor desigualdad económica y mayor inestabilidad social”.

¿Se trata de abjurar del crecimiento? En ningún caso. El crecimiento económico constituye un horizonte ineludible para países empobrecidos. Lo que reviste urgencia es comprender que se trata de un concepto disputable y su monopolio no puede ser entregado a la retórica de la ortodoxia. La buena noticia es que hay insumos para dar esa pelea. Desde hace décadas que las contradicciones operativas del modelo de crecimiento en régimen viene acumulando críticas. Las primeras comenzaron a articularse en la década de 1970, incluso antes de que se desatara la crisis internacional de 1973, que puso fin a “los treinta años gloriosos” donde se alcanzaron índices inéditos de crecimiento. Estas críticas combinaron el cuestionamiento al modo de vida consumista y material asociado a la promesa de crecimiento ilimitado con la constatación de la caducidad de un modelo desatento a la finitud de los recursos materiales. Trabajos como los de Nicholas Georgescu-Roegen, Donella Meadows y Erns Schumacher fueron claves en esta primera oleada, contribuyendo a fijar las bases teóricas de la que después se sistematizará como la economía ecológica. A inicios del presente siglo emergió un nuevo frente de cuestionamientos. Los trabajos de Clive Halmilton y Tim Jackson se sitúan entre los más visibles, ofreciendo aproximaciones de fuerte carácter interdisciplinar, donde la economía y la política dialogan con la psicología y la ecología. Esta crítica ha insistido en desestabilizar el incuestionado predominio del economicismo, que se desentiende de las variables medioambientales y de una lectura compleja del bienestar. Destila también aquí cierto recelo frente a la confianza ciega en la tecnología como solución a los límites del crecimiento, así como al uso mecánico del PIB en tanto único medidor de bienestar. Sobre esto último, en una reciente entrada en el blog de la London School of Economics, la historiadora económica Pat Hudson sistematizó una contundente crítica a ese incuestionado uso del PIB per capita, que ha limitado nuestra comprensión de lo que es el desarrollo económico y anulado cualquier asomo de debate respecto a modelos alternativos.

En América Latina, los enfoques mercadocéntricos y su aplicación al problema del crecimiento han sido cuestionados gracias a la reemergencia de aproximaciones interdisciplinarias reñidas con el reduccionismo y simplificación del paradigma neoclásico. En esto, se ha operado una especie de rehabilitación de los trabajos desarrollados tanto por la CEPAL como por autores inscritos en el estructuralismo latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX, pero asumiendo una valoración causal más compleja que atiende a las variaciones contextuales y al cambiante papel que juegan los diversos factores involucrados en el desarrollo económico. Esta renovada atención a las múltiples interacciones que sostienen la vida social ha desembocado en lecturas que confirman la urgencia por superar al mercado como único dintel analítico, favoreciendo análisis interesados por igual en las pugnas distributivas entre los actores sociales, el peso del entramado socio-institucional, la heterogeneidad estructural y la gravitación del campo político. Trabajos como el del historiador económico Javier Rodríguez Weber son una muestra sofisticada del rendimiento de este tipo de investigaciones.

Pero las buenas noticias, si son realmente buenas, siempre traen un problema. En este caso, el problema es que estos cuestionamientos no han logrado salir de las fronteras académicas. No al menos en la forma requerida para disputar el predominio de la definición actual de crecimiento en el discurso público. Como ya se indicó, la versión neoclásica de la idea no solo ha probado su impermeabilidad a la crítica, sino que también ha servido con éxito al estrechamiento del horizonte de transformación defendido por aproximaciones inspiradas en corrientes heteredoxas. Su oportuna rehabilitación en momentos de crisis ha reforzado el supuesto de que no habría alternativa al neoliberalismo y el carácter estratégico de sus efectos ha posibilitado que tras ella se articule una sólida muralla política que contiene y neutraliza la emergencia de visiones desafiantes del pensamiento dominante.

No parece haber más alternativa que forzar dicha salida. Ello requiere una preparación detenida, metódica, que impone un estudio sistemático de los insumos disponibles para elaborar una crítica que es a todas luces urgente. Solo así estaremos en condiciones de proponer una agenda económica reconciliada con propuestas de desarrollo de largo plazo que, sin imitar mecánicamente la experiencia del siglo XX, rescaten la voluntad de planificar un futuro en el que quepamos todos. Esa es la puerta de entrada para desembarazarnos de ese verdadero “presente griego” que es el discurso pro-crecimiento del empresariado y los cuadros técnicos criollos.

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Nota de los autores: este artículo es una versión sintetizada del texto “El tullido discurso pro-crecimiento económico de la élite empresarial chilena” publicado en Cuadernos de Coyuntura 15 (verano 2016): 34-41. Martín Castillo es estudiante de Ingeniería Matemática y del Magíster en Economía Aplicada de la Universidad de Chile e investigador de la Fundación Nodo XXI.