Si me preguntaran cómo visualizaría el futuro democrático de Cuba, tras la muerte de Fidel y el acercamiento Cuba-Estados Unidos del último tiempo, a lo más podría responder cómo me gustaría que fuese.

Partamos por decir que, históricamente y grosso modo, la experiencia democrática liberal en Cuba es limitada a algunos años luego de la fundación de la república en 1902 y, más tarde, desde la puesta en vigencia de la Constitución de 1940, hasta el golpe de estado encabezado por Fulgencio Batista en 1952 quien, a su vez, fue derrocado por Fidel Castro, estableciéndose un régimen revolucionario popular a partir de Enero de 1959.

Tampoco nosotros estamos suficientemente informados por los medios de comunicación acerca de la institucionalidad y funcionamiento de la democracia popular cubana. Más bien hemos sido desinformados al respecto.

Mi experiencia de los años vividos en Dinamarca, durante la época de apogeo de su estado de bienestar, influye en cómo me gustaría el desarrollo futuro de la isla caribeña.

Pero antes, una digresión que creo necesaria. Esto es, intentar definir en pocas palabras los roles y alcances de dos fantásticos instrumentos con que cuentan hoy las sociedades modernas: el Estado y el Mercado. Exactamente, son instrumentos que la modernidad nos legó y que, a mi entender, no debieran ser objetos de culto ideológico.

La definición de la educación cívica impartida en la enseñanza secundaria de mi época definía al Estado como la organización política de la Nación. Por otra parte, el Artículo 5º de nuestra Constitución establece: “La soberanía reside en la Nación”. Es decir, el estado democrático debiera representar el interés de las mayorías ciudadanas.

La democracia, cualquiera sea el apellido que adopte, no trata de fines sino de medios. Estos métodos, procedimientos o instituciones, si se quiere, deben ir perfeccionándose constantemente. “Mientras más se democratiza una democracia, más se sube la apuesta” –escribe el maestro Giovanni Sartori.

¿Quién puede temerle al estado democrático? Probablemente aquellos seguidores del individualismo acérrimo promovido por Frederik Hayek, los que han transformado al egoísmo en una virtud y al mismo tiempo profesan fobia a la comunidad de intereses. O bien, proselitistas que todavía no aceptan al estado laico. Por último, aquellos pillos que se benefician del río revuelto, de la sociedad libertaria sin reglas ni control.

Mediante el estado democrático se intenta alcanzar el triángulo virtuoso que conforman la libertad, la igualdad y la fraternidad. Tal como en el triángulo de fuego, la trilogía de temperatura, combustible y comburente, si no están presentes al mismo tiempo, el fuego no ocurre; en democracia si no hay libertad, igualdad y solidaridad simultáneamente, esta no funciona como tal. Ninguno de estos valores adquiere superioridad per sé sobre los otros: son interdependientes.

Un estado democrático no sólo debe garantizar nominalmente la libertad, sino que también debe posibilitar el ejercicio de tal derecho. Respecto a la igualdad, Robert Dahl la plantea de la siguiente manera: “ninguna persona es intrínsecamente superior a otra, por lo que los intereses de cada ser humano tienen derecho a igual consideración”. Mientras la libertad y la igualdad se consideran derechos, la fraternidad o solidaridad constituye un deber moral.

No obstante, el estado no es perfecto. Como legítimo poseedor y ejercitador de la violencia dentro de su territorio, sus administradores de turno pueden cometer abusos. Los funcionarios y representantes electos pueden llegar a ser corrompidos por los poderes económicos dominantes.

Por otra parte, el estado es incapaz de planificar centralizadamente todos los aspectos productivos y distributivos de las sociedades complejas de hoy. Según el Profesor de la London School of Economics, John Gray, el único mérito de toda la obra de Frederik Hayek es haber establecido epistemológicamente la certeza de esta realidad.

Pero tampoco existe ninguna evidencia científicamente probada de que el estado, es decir, la Nación organizada, no pueda poseer empresas y administrarlas adecuadamente. En el caso chileno, fue el estado empresario el que dio el gran salto a la modernización de la economía, a través de los grandes proyectos mineros, energéticos e industriales impulsados por la CORFO. Los empresarios privados de nuevo cuño fueron, a lo más, beneficiarios de las privatizaciones realizadas por la Dictadura y completadas durante los gobiernos de la Concertación.

Desde una óptica marxista el estado es, por definición, un instrumento de la clase dominante. La evolución democrática de los últimos dos siglos, el desarrollo de la mesocracia en muchos países, la masificación de la propiedad anónima, parecieran relativizar tal visión. Sin embargo, no debemos perder de vista la validez de esta perspectiva, al menos, como instrumento analítico de gran utilidad; de la misma manera en que tenemos la certeza de que la tierra es redonda, pero para la mayoría de los efectos prácticos y temporales, asumimos que es plana.

El mercado, por su parte, es un constructo, una entelequia que tendría la virtud de detectar automáticamente las necesidades humanas mediante la señal de los precios y, de esta manera, hacer posible una adecuada asignación de recursos productivos, o medios de producción. Claro que adolece de una contradicción vital con respecto a la filosofía liberal que lo promueve: tiende, también automáticamente, a eliminar la competencia, a formar monopolios y, por lo tanto, a la concentración de la riqueza en pocas manos. Consecuentemente y al poco tiempo, el tejido social se deteriora, como vemos en estos días.

Por lo anterior, se hace necesaria la regulación del mercado. El mercado no se auto regula, como afirman los mercadistas. Existen áreas en las que las señales de precio/calidad/resultados no llegan oportunamente o simplemente, no llegan. El supuesto de la fluidez y transparencia de la información no siempre se cumple.

La educación privatizada es un ejemplo de ello. Graduar miles de abogados o ingenieros comerciales al año -candidatos a cesantes con cartón- es producto de una pésima, atrasada y distorsionada señal del mercado.

De las virtudes y defectos del estado y el mercado, es posible justificar la complementariedad entre estos dos instrumentos. Fin de la digresión.

A nuestro juicio, el sistema de estado de bienestar que caracterizó a Dinamarca entre las décadas  de posguerra hasta la entrada en vigencia de la ideología neoliberal de la globalización a fines de la década de 1980, fue la mejor cara que haya presentado el sistema económico capitalista. La Edad de Oro del capitalismo, según el historiador Eric Hobsbawm.

Este sistema escandinavo -válido para Suecia y Noruega y en cierto grado también para otros países europeos- permitió una dosificación adecuada entre estado y mercado. El estado se encargó fundamentalmente, aunque no únicamente, de tres áreas sociales: Educación, Salud y Previsión, bajo un eficiente régimen de administración comunal o de asociaciones de comunas.

El mercado, adecuadamente regulado, desarrolló el comercio, la banca y otras áreas económicas de industrias exportadoras tradicionales (construcción naval, industria agrícola, etc.), pero siempre orientado al desarrollo  de tecnologías de punta, de alto valor agregado.

La educación gratuita y de calidad desde la sala-cuna a la universidad, la salud gratuita, eficiente y fundamentalmente preventiva y el sistema de pensiones estatales de reparto, entre otras instituciones sociales, fueron ingredientes esenciales para el desarrollo de la producción y la productividad. Los estudiantes recibían viviendas y estipendios del estado.

En fin, toda una red de seguridad social, la cual debió financiarse con un régimen tributario alto, tanto para las personas como para las empresas.

Las empresas, solidariamente, aceptaron el reto. Las negociaciones colectivas siempre fueron tripartitas entre gobierno, trabajadores y empresas. Estas últimas se aseguraban también capital humano sano y altamente productivo, capaz de desarrollar tecnologías de punta en áreas en que las grandes corporaciones multinacionales no podían o no les interesaba competirles. La llamada economía de nicho.

Para ello se requería de una sociedad libre pero, por sobretodo, igualitaria y fraterna. Ningún danés veía a otro danés sino como su igual. La situación del otro importaba. Esa fue la Dinamarca socialista –en realidad socialdemócrata- que conocí a fondo.

La globalización neoliberal, la competencia despiadada, la extrema concentración de la riqueza y, finalmente, la crisis financiera de 2008, mermaron ese estado de bienestar en toda Europa. Según el establishment beneficiario del sistema globalizado, bancos especuladores, corporaciones, etcétera, el bienestar humano “se puso muy caro”.

La socialdemocracia europea se creyó este cuento y no fue capaz de defender su propia obra. De aquí su misérrima condición política actual, impotente para contrarrestar la oleada ultraderechista en Europa.

Volviendo al futuro de Cuba

Si la isla caribeña se ha de insertar en el mundo globalizado de hoy, tiene ya enormes ventajas para competir en las ligas mayores, como las tuvo la Dinamarca socialista. Cuba posee excelentes sistemas de educación y de salud, ambos reconocidos por los pertinentes organismos técnicos de las Naciones Unidas, a lo que se suma una conciencia igualitarista y solidaria de su pueblo.

Luego de resistir más de medio siglo el bloqueo económico de los Estados Unidos, una guerra silenciosa pero letal, el pueblo cubano permaneció leal a su líder. En este caso se cumple el adagio: “Lo que no te mata, te hace más fuerte”.

Con tales antecedentes, Cuba podría optar a un régimen económico mixto de mercado regulado por el estado, de alto valor agregado, dado los niveles de avance científico alcanzados. También podría seguir potenciando la industria del turismo, aprovechando un mercado natural de la magnitud de los Estados Unidos. Dejando así a la producción primaria azucarera o tabacalera como mero  complemento para el ingreso de divisas.

Consecuentemente, el régimen político cubano tendría que enfrentar nuevos desafíos y adaptarse a las condiciones del desarrollo económico actual.

No se trata de una apertura descontrolada hacia la democracia liberal y su prurito de la libertad y la propiedad privada. Ello sólo daría pábulo para el descontrol, la corrupción y para el regreso de los Corleone a la Isla.

Con el fin de no caer en errores políticos de tal naturaleza, ni en ideologismos libertarios, el régimen cubano actual haría bien en estudiar comparativamente y en profundidad las experiencias transicionales de Rusia, China y Vietnam, para buscar su camino propio de inevitable apertura hacia el mundo.