Todos somos liberales. En mayor o menor medida, en un plano u otro, con argumentos explícitamente liberales o en ocasiones en virtud de razones provenientes de otros sistemas de pensamiento, todos tenemos actitudes morales y respaldamos instituciones que provienen de la constelación de ideas y propuestas históricamente promovidas por el liberalismo.

Que las ideas y propuestas del liberalismo estructuren de manera efectiva nuestro imaginario colectivo y nuestro diseño institucional significa que, a menudo, son inmunes a la crítica. Debido a que el liberalismo está en todas partes, lo que cotidianamente termina ocurriendo en la vida social y la discusión pública es que las visiones y sugerencias liberales son aceptadas como naturales, como evidentes, como obvias; como parte constitutiva del escenario en el que actuamos, como las reglas subyacentes al juego de la vida. El liberalismo a menudo se sitúa, debido a cuán omnipresente es, en el punto ciego de nuestras discusiones.

Pero que las ideas y propuestas del liberalismo sean tan determinantes en la configuración de nuestras conciencias y de nuestras instituciones sociales no significa que deban estar exentas de crítica. A lo menos dos razones sugieren que el liberalismo debe ser objeto de una crítica detenida y reflexiva. En primer lugar el liberalismo, como conjunto relativamente coherente de ideas y fórmulas institucionales, no es ‘neutral’ o ‘imparcial’ en sus consecuencias sobre las oportunidades que cada quien tiene de disfrutar efectivamente de diversos bienes fundamentales. Las operaciones históricas, efectivas, del liberalismo, crean privilegios y desventajas estructurales que, paradojalmente, contrarían algunos de los principios fundamentales del liberalismo. En segundo lugar, la defensa de los valores centrales del liberalismo ha servido históricamente de justificación de variados actos de violenta supresión del disenso político, así como de justificación de la invasión de variados pueblos culturalmente no liberales.

En definitiva, como Chantal Mouffe (2000) ha observado, el desafío para las agendas políticas emancipadoras respecto del liberalismo consiste en criticar aquello que en él ha permitido la subsistencia de privilegios y desventajas estructurales y de las relaciones de dominación que ellas configuran, sin llegar a renunciar a aquello que en el liberalismo pueda haber de emancipador. Tal evaluación requiere una acabada comprensión de lo que el liberalismo históricamente es, comprensión que sólo puede ser alcanzada mediante la reflexión explícitamente política de sus presupuestos. En esta oportunidad iniciaré dicho ejercicio a través de algunas consideraciones preliminares.

Qué es una ideología

¿Qué es una ideología? El concepto, tal como ocurre en general con las nociones empleadas por la teoría política y social, admite múltiples definiciones. Me resultan de particular utilidad aquellas dos concepciones de ideología que surgen de la siguiente observación de Terry Eagleton (1991): “A grandes rasgos, un linaje central, desde Hegel y Marx a Georg Lukács y algunos pensadores marxistas posteriores, ha estado concentrado en las ideas de verdadera y falsa cognición, con la ideología como ilusión, distorsión y mistificación; mientras que una tradición de pensamiento alternativa ha sido más sociológica que epistemológica, preocupada más con la función de las ideas dentro de la vida social que con su realidad o irrealidad”. Para Eagleton, como vemos, la ideología puede ser una representación distorsionada o bien un discurso justificatorio.

Lo interesante en esta distinción es que entre los elementos que la integran podemos establecer relaciones dialécticas que nos permitan comprender la manera en que los discursos justificatorios crean representaciones distorsionadas de la realidad. La ideología, en cuanto discurso justificatorio, construye un aparataje de evidencia perceptible y de argumentos explicativos orientados a legitimar determinadas relaciones sociales y la forma que ellas efectivamente asumen. En dicho proceso, la ideología, en cuanto representación distorsionada, selecciona determinados datos de la realidad y determinadas interpretaciones de los mismos, descartando otros datos e interpretaciones debido a que no cumplen la función de legitimación que la define en el primer sentido. La circunstancia definitoria de la ideología, entonces, no es que sea una representación errática de la realidad, deficiente debido a su miopía; lo que la define es que es una representación instrumental, teleológicamente destinada a que un determinado grupo social se explique a sí mismo y a los demás el lugar que ocupa en el orden social concreto, y en última instancia se explique a sí mismo y a los demás las características generales de dicho orden concreto.

Por ello, el dilema fundamental de la ideología no es la verdad o falsedad de la representación de la realidad, sino el impacto que dicha representación tiene sobre las relaciones de poder (cratos) dentro de una sociedad determinada. ¿Favorecerá ella la isocracia, es decir la igualación en las relaciones de poder? ¿O redundará en el ensanchamiento anisocrático de las diferencias de poder? Estas preguntas son esenciales para todo corpus de saberes que se considere a sí mismo como ciencia social. Así, por ejemplo, Bent Flyvbjerg (2001) realiza un llamado a incluir las discusiones sobre el poder, sobre “quién gana y quién pierde; mediante qué mecanismos de poder” en el contexto de una ciencia social fronética, es decir orientada al conocimiento práctico sujeto a valores (fronesis). Como observa Flyvbjerg, dichas preguntas sobre el poder “son formuladas con la conciencia de que no existe un ‘nosotros’ unificado en relación al cual las preguntas puedan recibir una respuesta definitiva. El investigador fronético no percibe ningún punto neutral, ninguna ‘mirada desde ningún lugar’, para su trabajo”.

Por ello es significativo seguir empleando lo ideológico como una categoría de la teoría social; o, más bien, volver a emplearla. Pero tal retorno a lo ideológico, se entiende,no debe apuntar al sentido exclusivamente epistémico del término, sino que a su sentido cratológico; esto es, debe apuntar al impacto de nuestros conceptos en las estructuras de poder socialmente existentes.

En qué sentido el liberalismo es una ideología

Las operaciones históricas, efectivas, del liberalismo, crean privilegios y desventajas estructurales que permiten la formación de relaciones sociales de dominación entre distintas categorías de sujetos. El liberalismo logra este resultado a través de la consagración de determinadas concepciones de las nociones de responsabilidad y de propiedad, así como de valores más abstractos como la libertad, la igualdad y la seguridad. Aquí me aproximaré tan sólo de manera preliminar a la última de estas nociones, delineando de qué manera ella cumple una función legitimadora de las desigualdades materiales que sirven de sustento a las diferencias de clase en las sociedades contemporáneas.

El liberalismo ofrece dos tipos de seguridad: la seguridad en el disfrute pacífico de la propiedad y la seguridad frente a la contingencia de la política. El primer tipo de seguridad justifica la protección de los bienes que cada quien tiene frente al intento de cualquier otro particular de apropiarse de ellos. Dicha protección asume la irracionalidad de quienes potencialmente amenazan a los dueños de la propiedad, por lo cual ella toma la forma del desencadenamiento de violencia contra las amenazas a la propiedad: ladrones de bienes muebles y usurpadores de bienes inmuebles. Lógicamente, debido a que una amenaza potencial es ya una amenaza real, ello justifica la expansión de los servicios de seguridad policial, quienes pasan a constituir la principal forma de ‘intervención social’ en aquellos lugares urbanos que concentran a las amenazas humanas contra la población.

El segundo tipo de seguridad justifica la contención y restricción del poder político a través de diversos mecanismos de juridificación de lo político. En ese sentido, hay una larga tradición de pensamiento constitucional que sostiene explícitamente que el propósito del constitucionalismo es la protección de la propiedad. Ella se remonta a John Locke (1689), pasa por James Madison (1787) y John C. Calhoun (1849), y llega hasta nuestros días en la forma del pensamiento de Jaime Guzmán (véase, por ejemplo, el trabajo de Renato Cristi, 2000). La consagración de los derechos de propiedad como límites a la legislación que no pueden ser desconocidos, debiendo ser compensada su apropiación cuando ella busque satisfacer el interés público mediante su expropiación, constituye el caso paradigmático en torno al cual se ha articulado la idea misma de revisión judicial de la acción gubernativa. Ese caso paradigmático se ha ido expandiendo al punto de que hoy en día hay quienes sostienen que la regulación misma de la propiedad puede  llegar a ser expropiatoria y, en consecuencia, debiera ser compensada.

A través de estos expedientes, la concepción liberal de la seguridad justifica una distribución desigual de la atención de las instituciones públicas. Por un lado, aquellos que detentan propiedad son titulares del derecho a esperar que las instituciones públicas no les priven de aquella ni alteren las condiciones bajo las cuales gozan de la misma. Por el otro, aquellos que carecen de propiedad son configurados como sujetos de sospecha; su peligrosidad consiste precisamente en carecer de propiedad, un estigma que les caracteriza como probables delincuentes. Los rasgos identitarios de quienes carecen de propiedad –sus vestimentas, sus formas de caminar y de hablar, sus rutinas y modales– se transforman así en señales que activan los procesos policiales y que justifican la detención por sospecha y el stop-and-frisk.

Conclusión: el liberalismo en discusión

Estas líneas constituyen un primer intento por tematizar críticamente al liberalismo. Siguientes reflexiones intentarán ahondar en la genealogía del liberalismo, así como en la arquitectura conceptual aquí delineada. También es necesario aquilatar la contribución que el liberalismo ha proporcionado en términos de justificar actos de agresión y violencia contra pueblos no liberales, así como la marginación de determinadas categorías de sujetos dentro de comunidades liberales.