Dentro de las pocas cosas positivas que la victoria de Donald Trump en Estados Unidos generó se cuenta la profunda revisión de los supuestos, diagnósticos y programas de acción de dos versiones de la izquierda contemporánea. Ambas surgieron luego de la caída del Muro de Berlín y el colapso de los socialismos reales, aunque tuvieron trayectorias muy diferentes. El sorpresivo triunfo de Trump estuvo precedido por un cúmulo de elementos que resultaron arcanos para estas dos versiones de la izquierda: Trump no dudó en emplear un discurso racista y sexista (no sujeto a las estrictas normas de lo políticamente correcto), atacó al establishment político tradicional (tanto republicano como demócrata), denunció la connivencia entre el Partido Demócrata y los ejecutivos de Wall Street (pese a ser él mismo un empresario con un enorme historial de abusos y negocios fallidos), y apeló a la nación americana compuesta por el hombre blanco común (el trabajador sin educación superior, o “white trash”). El que Trump lograra una victoria política con esos elementos constituye para estas versiones de la izquierda un duro golpe con la realidad.

Entender en qué consisten estas dos izquierdas y en qué fallaron puede ayudarnos a aprender de esta penosa experiencia y definir el rumbo de una izquierda socialista, realmente crítica del capitalismo neoliberal. Toda crítica al capitalismo debe estar anclada en las indignaciones que este sistema produce; y las indignaciones que el capitalismo produce hoy parecen favorecer una izquierda socialista, muy distinta de aquellas versiones que hemos visto en las últimas dos o tres décadas.

La primera versión de esta izquierda se caracteriza por su progresismo de inspiración social demócrata. Se trata de aquellos partidos o coaliciones de centro-izquierda que desde la década de los noventa buscaron tibiamente domesticar las fuerzas del mercado, liberadas en medio de las experiencias neoliberales y conservadoras de Pinochet, Reagan y Thatcher. Esta versión de la izquierda tuvo al sociólogo británico Anthony Giddens como su principal ideólogo, con su texto “La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia”. Tuvo también a políticos profesionales como Blair, Clinton, González y Lagos como sus figuras de mayor éxito electoral. Para todos ellos, el objetivo político central para competir electoralmente ya no eran ni la igualdad ni el bienestar material de los ciudadanos, sino más bien el crecimiento económico, aunque con una gestión tecnocrática del riesgo y de la incertidumbre que los ciclos económicos producen, la promoción de la educación como generador de igualdad de oportunidades, el impulso al desarrollo científico y tecnológico acorde con la nueva “economía del conocimiento”, y la focalización de las prestaciones sociales en los más pobres. Esta versión de la izquierda, que renunció sea por resignación o por convicción a superar el capitalismo, prometió seguridad, crecimiento e igualdad de oportunidades; un orden social donde sólo el mérito y el esfuerzo individual (y no la cuna, se nos dijo) determinan la distribución de las recompensas y de los bienes.

La segunda versión corresponde al progresismo inspirado en el neo-marxismo postmoderno. Esta versión de la izquierda desplazó al proletariado de su papel central en la historia, y lo reemplazó por una gran variedad de grupos de personas desposeídas o excluidas de la modernidad, como las mujeres, los grupos indígenas, los homosexuales, bisexuales o trans-sexuales. Cada uno de estos grupos levantó su discurso distintivo y demandas por el reconocimiento y la protección de su identidad. Entre los textos clásicos de esta izquierda se encuentra “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia”, de Laclau y Mouffe. En ese libro los autores abogaron por una “democracia radical”, que resultaría de unir en un mismo frente a todos los grupos que participan en luchas políticas: luchas anti-sexistas, anti-racistas, anti-explotación de la naturaleza, etc. Aunque padeció  de un escaso éxito electoral, esta versión de la izquierda gozó de buena salud y ganó adeptos en los campus y facultades de humanidades y ciencias sociales universitarios en todo el mundo, los que paulatinamente se transformaron en safe spaces: en las universidades se comenzó a desplegar un fuerte control de los discursos y de las prácticas que pudieran violentar la sensibilidad de las diversidades que en ellas habitaban. La mayor seguridad emocional de estos espacios seguros redujo drásticamente las posibilidades que los jóvenes universitarios tuvieron para evaluar críticamente posiciones políticas antagónicas.

Ambas versiones de la izquierda son muy diferentes. Sin embargo, tanto los “terceristas” como los “neo-marxista postmodernos” lograron estar en buenos términos y sacaron adelante sus agendas particulares, operando una extraña especialización de funciones en los gobiernos que logró conquistar la izquierda tercerista. Con una izquierda neo-marxista postmoderna bien resguardada y fuertemente movilizada en los campus universitarios (y algunas veces incluso fuera de ella), la segunda oleada de gobiernos de la izquierda tercerista concertó reformas que apuntaron al reconocimiento de las identidades, aunque mantuvo más o menos intacta su preocupación tecnocrática central: domesticar hasta donde fuera posible el neoliberalismo económico. Es así como las administraciones de Zapatero en España, Obama en Estados Unidos o Bachelet en Chile avanzaron políticas a favor de las mujeres o los homosexuales, aunque continuaron gobernando con la fetichización tecnocrática por los equilibrios fiscales, la focalización del gasto público, los impuestos bajos, la desregulación del sistema financiero y los acuerdos comerciales internacionales. Así, los gobiernos administrados por ambas izquierdas pudieron avanzar importantes (y necesarias) políticas culturales y de reconocimiento, todas de escaso impacto fiscal –las que irritaron a los sectores conservadores– y a la vez fomentaron políticas comerciales y económicas que impulsaron el crecimiento –y que fueron aplaudidas especialmente por los dueños del capital.

Pero estos gobiernos poco hicieron por mejorar las condiciones materiales de existencia de los trabajadores. En efecto, ni a la izquierda tercerista ni a la izquierda neo-marxista postmoderna pareció preocuparle demasiado la cada vez mayor concentración de la riqueza en un puñado de súper ricos, principales beneficiarios de la política económica de estos gobiernos. Tampoco les importó mayormente el estancamiento (y en algunos casos el detrimento) de la mediana de ingresos familiares de vastos sectores de la población, especialmente de los trabajadores asalariados, quienes además vieron a sus organizaciones sindicales desaparecer gracias a legislaciones laborales heredadas de los gobiernos conservadores neoliberales, las que fueron escasamente modificadas.

Fueron precisamente estos grupos los más golpeados por quienes se suponía debían gobernar para defender sus intereses. Los acuerdos comerciales que esta alianza de izquierdas firmaban permitían el cierre de las fábricas en sus localidades y su apertura en regiones distantes del planeta. Quizás el punto de quiebre definitivo entre estas dos izquierdas y los trabajadores asalariados fue la Gran Recesión económica del 2008. Los trabajadores vieron a los distintos gobiernos de la segunda oleada de la izquierda tercerista (e.g., Obama, Zapatero, Gordon Brown) destinar ingentes recursos fiscales para salvar a un sector financiero caracterizado por el descontrol, la especulación, los altos bonos, y el comportamiento temerario para alcanzar la riqueza inmediata. En paralelo, una mínima fracción de los recursos fiscales fueron destinados a aliviar las deudas hipotecarias de los trabajadores. Así, a la sensación de haber sido traicionados por esta izquierda tecnocrática y de campus universitario, más preocupada por el comercio internacional y enfrascada en ásperos debates por implantar baños públicos transgénero, se sumó el resentimiento por ser excluidos de los beneficios de la globalización capitalista neoliberal, estigmatizados por sus estilos de vida y comunidades tradicionales frente a la superioridad moral de las minorías y del cosmopolitismo liberal bien remunerado de campus universitario, y muy desprotegidos por un Estado excesivamente focalizado en los no-asalariados (o en los inmigrantes). Es este resentimiento el que llevó a un grupo no menor de trabajadores industriales (cuyo racismo y xenofobia no puede ser pasado por alto), desde Pennsylvania a Wisconsin, o en las zonas alejadas de los núcleos urbanos de Inglaterra, a votar por aquella alternativa que parecía imposible: el populismo nacionalista de derechas, personificado en Donald Trump en EE.UU. o Nigel Farage en UK.

Los recientes triunfos electorales de esta derecha populista podrían marcar un punto de inflexión para la izquierda; una nueva oportunidad de articulación para la izquierda socialista. El socialismo debe mirar estos lamentables acontecimientos con frialdad y realismo, y comprender la indignación que el capitalismo neoliberal está produciendo hoy, para articular una crítica que movilice a la acción política transformadora.

La indignación que el capitalismo neoliberal viene generando desde hace dos décadas se produce en un contexto de creciente desigualdad y concentración de la riqueza, de pauperización de las condiciones laborales y de vida de los trabajadores y de debilitamiento del tejido social. Esa indignación ya no tiene tanto que ver con que el capitalismo sea una fuente de desencanto e inautenticidad de los modos de vida asociados a él, ni tampoco porque el capitalismo sea una fuente de opresión, en conflicto con la libertad, autonomía, identidad y creatividad de las personas (sometidas a la dominación del mercado, a las formas de subordinación salarial, o a la dependencia de la seguridad social del Estado). Estas indignaciones, que siguen teniendo cierto asidero, fueron el punto de apoyo principal en que la izquierda tercerista y neo-marxista articuló su crítica al capitalismo desde los años setentas (una crítica que Boltanski y Chiapello caracterizarían como “crítica artística o bohemia”).

La derrota electoral de estas dos izquierdas, desde Zapatero a Obama (a la que muy probablemente se sume la segunda administración de Bachelet en Chile) se debe en buena medida a que la indignación que el capitalismo genera, especialmente entre los trabajadores, es diferente a la que reconocen quienes viven en la burbuja universitaria o son parte de la élite tecnocrática. Si algo productivo podemos aprender de las recientes victorias políticas de la derecha populista es que las principales fuentes de indignación con el capitalismo neoliberal hoy son muy distintas. La indignación actual tienen que ver, por un lado, con la miseria que el capitalismo neoliberal conlleva para los trabajadores y las desigualdades de niveles hasta ahora desconocidos que produce; y, por el otro, con que el capitalismo neoliberal es una fuente de oportunismo y de egoísmo que, favoreciendo únicamente los intereses particulares, destruye los lazos sociales y las solidaridades comunitarias. Fueron precisamente estas dos últimas las fuentes de indignación en las que el socialismo clásico de corte marxista se apoyó para construir su crítica al capital (que Boltanski y Chiapello denominan como “crítica socialista”). Es tiempo de volver sobre ella.