Por Adaner Usmani y Bhaskar Sunkara

“Bueno en teoría, malo en la práctica”. Las personas que profesan interés en el socialismo y en la idea de una sociedad sin explotación y jerarquías se enfrentan a menudo con esta desdeñosa respuesta. Desde luego, el concepto suena atractivo, pero ¿la falta de altruismo de la gente no lo hace imposible? ¿No es acaso el capitalismo mucho más apropiado a la naturaleza humana, una naturaleza dominada por la competitividad y la codicia? 

Los socialistas no creen en este cuento. Los socialistas no ven la historia como una mera crónica de crueldad y egoísmo. Más bien ven incontables actos de empatía, reciprocidad y amor. Las personas son complejas: hacen cosas atroces, sin embargo, a la vez están envueltas en notables actos de bondad y, aun en situaciones complejas, muestran una profunda consideración por los demás.

Esto no significa que seamos pura plasticidad; es decir, que no exista en lo absoluto algo así como la naturaleza humana. Los progresistas suelen intentar argüir en ese sentido, enfrascándose en discusiones interminables con quienes ven a las personas como meros maximizadores de utilidad que hablan y caminan.

A pesar de las buenas intenciones, este reproche va demasiado lejos.

Por al menos dos razones, los socialistas están comprometidos con la idea de que todas las personas comparten intereses importantes. La primera razón es de carácter moral. La condena que los socialistas dirigen contra las sociedades de hoy en día, las que, pese a que vivimos en un mundo de abundancia, no logran satisfacer necesidades básicas tales como la alimentación y refugio, y frustran el desarrollo de aquellos quienes están atrapados en trabajos extenuantes y mal remunerados, se apoya en una creencia fundamental (expresada o no) acerca de los impulsos e intereses que animan a las personas en todo el mundo.

Nuestra indignación contra el hecho de que a los individuos se les niegue el derecho a vivir libres y tener una vida plena está anclada en la idea de que las personas son inherentemente creativas y curiosas, así como también, en la idea de que el capitalismo, frecuentemente, suprime estas cualidades. Puesto de manera simple, luchamos por un mundo más libre y satisfactorio en razón de que todas las personas, en cualquier parte del mundo, se preocupan precisamente por su libertad y su satisfacción.

Pero esta no es la única razón por la cual los socialistas están interesados en las motivaciones universales de la humanidad. El tener una concepción acerca de la naturaleza humana nos ayuda a que el mundo que nos rodea tenga sentido. Y al ayudarnos a interpretar el mundo, también nuestros esfuerzos para cambiarlo se ven favorecidos.

Como se sabe, Marx dijo que “historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de las luchas de clases”. La resistencia a la explotación y a la opresión es una constante a lo largo de la historia —en efecto aquello es más parte de la naturaleza humana que la competitividad o la avaricia. Siendo ello así, el mundo que nos rodea está repleto de instancias en las cuales las personas defienden sus vidas y su dignidad. Y mientras las estructuras sociales puede que den forma y constriñan la agencia individual, no hay estructuras que arrollen los derechos y libertades de las personas sin que éstas sean invitadas a la resistencia.

Por supuesto, la historia de toda “sociedad hasta nuestros días” es también una crónica de la pasividad y la resignación. Hoy en día, la acción colectiva contra la explotación y la opresión es poco común. Si los humanos por todo el planeta están comprometidos con la defensa de sus intereses individuales, ¿por qué entonces no resistimos más? 

La idea de que todas las personas tienen incentivos para demandar libertad y satisfacción no implica que ellas podrán tener siempre la capacidad de hacerlo. Cambiar el mundo no es una hazaña simple. Bajo circunstancias ordinarias, los riesgos asociados a la actuación colectiva a menudo parecen abrumadores.

Por ejemplo, la acción de los trabajadores que eligen sindicarse o ejercer el derecho de huelga para así mejorar sus condiciones laborales podría terminar significando la invitación a sus jefes para fiscalizarlos, e incluso, podrían perder sus trabajos.

La acción colectiva requiere que una cantidad de diferentes individuos tomen la decisión de asumir riesgos en conjunto. Siendo ello así, no es sorprendente que este fenómeno sea inusual y, la mayoría de las veces, fugaz.

Puesto de una manera distinta, los socialistas no creen que la ausencia de movimientos de masas sea una señal de que el pueblo no tiene un deseo inherente de resistir, o incluso peor, que ni siquiera han podido reconocer cuáles son los intereses que importan al movimiento social. En este contexto, la protesta social, más bien, se ha hecho poco común porque el pueblo es inteligente y sabe que en el momento político actual el cambio social es un riesgo, una esperanza distante, por ende, han desarrollado otras estrategias para sobrevivir.

Pero a veces el pueblo da un paso hacia adelante y toma riesgos; organiza y construye movimientos de izquierda desde abajo. Si observamos la historia, veremos que hay ejemplos por doquier de personas luchando contra la explotación. Como socialistas, una de nuestras principales tareas es darle sustento a estos movimientos para contribuir a la viabilidad de la acción colectiva para que sea asimismo una opción para muchas más personas.

En este esfuerzo —y en la lucha por definir los valores de una sociedad más justa— en vez de dañarnos los unos a los otros, nuestra naturaleza común nos ayudará.


Bhaskar Sunkara es fundador y editor de Jacobin Magazine. Adaner Usmani es graduado de New York University y miembro del comité editorial de New Politics. Este texto fue originalmente publicado en: Bhaskar Sunkara (ed.), The ABC’s of Socialism (Verso: Londres, 2016). Traducción realizada por Eduardo Chia y revisada y corregida por Fernando Muñoz.