Por Juan Pablo Vásquez Bustamante

Las palabras de Michelle Bachelet refiriéndose al origen social y familiar de muchos de los miembros de distintas organizaciones del Frente Amplio (FA), en las cuales llama la atención sobre el hecho de que varios de ellos son hijos de militantes de partidos “tradicionales”, y donde menciona un informe del PNUD en el cual se afirma la reconocida concentración del poder político en Chile en un reducido grupo de privilegiados, para finalmente establecer la idea de que esta reconocida situación se reproduce al interior de la joven alianza, pueden ser leídas y entendidas de diversas maneras (El Mostrador, 2017).

Si bien estas afirmaciones fueron emitidas por la Presidenta de la República intencional y públicamente a través de un medio de comunicación masivo, difícilmente pueden constituirse en una crítica política seria y coherente. Y es que sería realmente absurdo que la mamá de Sebastián Dávalos, la misma hija del General Bachelet, busque constituir en un hecho político la situación de “los hijos de…”.

Sus declaraciones, en realidad, están en el contexto del último año de su periodo presidencial, lapso generalmente utilizado en una especie de campaña postgobierno, donde los mandatarios suelen viajar por el país, inaugurar obras, reforzar su imagen, verse más relajados y cercanos, y lograr aumentar algunos puntos de popularidad en las encuestas.

Aunque suene un tanto burdo plantearlo de esta manera, en realidad Bachelet se dio el lujo de tirar un caño (hoyito decíamos cuando yo era niño) innecesario en mitad de cancha a un rival, lo que sacó risas y aplausos de la galería y molestó a los contrarios. Y esa es la clave de esta situación. Lo realmente interesante es la reacción de los militantes del FA.

Esta reacción puede dividirse en dos partes. La más evidente y notoria fue que algunos salieron rápidamente a responder por redes sociales y medios de comunicación. En ciertos casos intentando ser más agudos que la presidenta, o simplemente llenando el silencio incómodo con negaciones y manifestaciones de rechazo. Incluso, surgieron testimonios individuales, escasos por cierto, de militantes y candidatos que sacaron a relucir públicamente historias personales y familiares de esfuerzo.

Esa desesperación por responder algo, cayendo en la provocación, fue como darse vuelta e intentar barrer sin pelota al jugador que te hizo el caño en mitad de cancha… pasando de largo. Es decir, el FA no supo responder, bien porque no supo cómo hacerlo o porque no tiene una respuesta. Y esa, justamente, es la segunda parte de su reacción: su propia desnudez y vulnerabilidad ante esta contradicción revelada.

Y el problema central no es que una serie de militantes y dirigentes de Movimiento Autonomista (MA) y Revolución Democrática (RD) sean literal y efectivamente hijos de una elite, por ejemplo hijos de ministros y ministras de gobiernos de la propia Concertación, o hijos de militantes, familiares y amigos personales de la presidenta o de importantes personalidades de partidos de aquella coalición. Ni siquiera el asunto fundamental es el hecho de que carezcan de inserción en las luchas sociales y en los sectores populares, bajos o medio-bajos, esto podría ser una tarea pendiente a resolver con el tiempo.

La pregunta clave en realidad es qué lugar ocupan esos hijos de la elite, y por lo tanto esa elite, en el proyecto del FA, y qué rol ocupan los sectores populares, bajos o medio-bajos, en el mismo. No se trata de qué extracción de clase tenga tal o cual militante, se trata de cuál es el sector de la sociedad que tiene el patrimonio de tu proyecto político.

Es decir, una organización o un partido es un instrumento para hacer política, para operar y desenvolverte en el campo de las relaciones de poder. Y el problema fundamental con el FA es que no sabemos por y para quién está siendo construido como instrumento político, qué sector de la sociedad chilena entra al campo de las relaciones políticas a disputar poder con y a través de este instrumento.

El problema acá planteado no se tiene en tanto el FA se constituya como una alianza electoral, como una confederación de proyectos políticos unidos a partir de la inmediatez de las elecciones, o incluso como un conglomerado articulado más allá de los procesos electorales y en torno a consignas o ideas fuerzas generales, que pueda ganar ciertos espacios en el escenario político e incluso instalar determinadas tensiones y temáticas fundamentales. Podría decirse, incluso, que en estos últimos aspectos, a través de cierta habilidad comunicacional y de marketing político, han sido relativamente exitosos. Si ese es el objetivo, las preguntas de este trabajo sobran.

La complejidad y el saldo negativo surgen en la medida en que el FA se plantee a sí mismo como un proyecto político histórico. En ese caso requiere de una densidad y una profundidad que hasta el momento no ha tenido. En la cual, por ejemplo, ofrezca un modelo de desarrollo que implique la superación del neoliberalismo.

Horizonte que, por cierto, trae consigo más problemas; basta con revisar las trayectorias y tensiones internas de los denominados progresismos latinoamericanos del siglo XXI: ¿Cuál es el límite de las transformaciones posneoliberales? ¿Basta con la redistribución de la riqueza para avanzar a un nuevo modelo de desarrollo? ¿Cuál sector de la población gana poder en relación a los otros con aquel nuevo modelo? ¿Qué segmento de la sociedad conduce el proceso de transformaciones profundas y estructurales, materiales y culturales, que implica avanzar a un modelo de desarrollo posneoliberal, esta vez, hipotéticamente, en un país como Chile?

Sin entrar siquiera en la profundidad de estas últimas preguntas, es preciso cuestionarse qué sector de la población en Chile gana, por lo menos la posibilidad, de disputar poder a partir del despliegue político del FA, en términos más simples, qué parte del país podría tener la ilusión de mandar un poquito más y tener que obedecer un poquito menos a partir de la emergencia de este organismo.

Que una parte importante de las dirigencias y personalidades más reconocibles socialmente del FA, particularmente de RD y MA, puedan entrar en esta categoría de hijos de la elite genera la imagen de un instrumento de ese sector de la población, probablemente con otro horizonte de realidad, con otro discurso, con otro proyecto de país.

Proyecto ante el cual, bien podría hacerse el cuestionamiento en torno a qué tanto significa la búsqueda de una transformación estructural de las relaciones de poder en Chile, o más bien un recambio generacional dentro del mismo marco social, que simultáneamente busque – y hasta consiga – un país menos desigual, pero desde los límites estrechos de su condición de elite.

Estos límites ya se han manifestado en el camino recorrido hasta acá, como la conformación endogámica de su militancia y sus nichos electorales, situación confirmada en las últimas elecciones primarias del 2 de julio (Bazan y Jimeno, 2017). Su incapacidad de superar la distancia entre la realidad de la población y la realidad de la elite que hace la política, o que en este caso en particular, busca espacios para hacer política, como operar a partir de subjetividades foráneas o de guetos culturales con privilegios materiales dentro del país, ajenas a la mayoría de este, distorsionando la realidad social, y, a partir de aquello, asumiendo prioritariamente agendas derivadas de ese análisis con resultados ficticios, por sobre la materialidad, la precarización concreta de la vida de anchos segmentos de la sociedad nacional, y la subjetividad neoliberal presente en las aspiraciones y en el cotidiano de las relaciones sociales de la mayoría de la población chilena.

Es de suponer que este no es el destino manifiesto o los objetivos del FA en su conjunto. Muy probablemente tampoco es esa la extracción de clase de la mayoría de los militantes de sus organizaciones. Se trataría, entonces, de una tensión presente al calor de la propia constitución de este organismo, y en ese sentido, de un proceso en disputa interna, donde en algún lugar y desde algunas organizaciones se pujaría por una transformación estructural en las relaciones de poder, y por la construcción de un proyecto político histórico – me atrevería a decir – incluso, aspiracional a un poscapitalismo.

De lo contrario, de no existir o de no prosperar en la tensión esa última puja, más allá de la consecución efectiva o no de un país más justo y con más participación, las interpelaciones del FA a quienes han gobernado el país en las últimas décadas podrían hacerse perfectamente al calor del comedor de algunas casas de 3 o 4 comunas de Santiago, en la sobremesa del almuerzo familiar del domingo, o peor aún, reducirse a una vocación por el buenondismo y a pataletas electorales.


Juan Pablo Vásquez Bustamante es candidato a Doctor en Estudios Americanos con especialidad en Estudios Internacionales (IDEA-USACH). Magíster en Estudios Internacionales (IDEA-USACH). Coinvestigador Fondecyt N° 1150569.
Corrección de estilo: Constanza Morales Peñaloza. Traductora Inglés–Español. Licenciada en Lenguas y Letras. morales.constanza.alice@gmail.com