Introducción

Al momento de justificar su voto en la Sala del Senado a la idea de legislar el Proyecto de Inclusión en educación escolar del Gobierno, el Senador Fulvio Rossi, presidente además de la Comisión de Educación del Senado, repitió con indignación emocional una de las afirmaciones más comunes de cierto progresismo bienintencionado pero muy mal informado (y, quizás más grave aún, de varios expertos en educación con las mismas características): la idea de que no hay razones, ni de principio ni de evidencia empírica, para que los liceos emblemáticos, y en particular el Instituto Nacional, continúen existiendo. El Senador Rossi señaló:

“Los liceos emblemáticos no sirven para la movilidad social de los niños de liceos públicos. Más grave aún, en el Instituto Nacional, por ejemplo, el 80% de los estudiantes provienen del quintil más rico. Por eso mismo, la selección por mérito académico es discriminación socioeconómica.”

La cita del Senador Rossi condensa una serie de afirmaciones sobre la realidad de este liceo que ameritan un escrutinio empírico y público. Al respecto, pretendo señalar en esta columna que: (1) la afirmación de que el desempeño académico del Instituto Nacional se explica por la realidad socioeconómica de sus estudiantes es falsa; (2) también es falso que el Instituto Nacional sea un colegio de “niños privilegiados”; y finalmente (3) es igualmente falso que el Instituto Nacional no agregue valor al proceso de aprendizaje de los escolares. Una mirada seria a la evidencia disponible demuestra no sólo que el Senador Rossi está equivocado, sino que está además legislando con una obcecación ideológica que puede terminar produciendo un grave daño al sistema educacional público de nuestro país.

Resultados Académicos y Realidad Socioeconómica

En un país altamente segregado por clases sociales como el nuestro, el que los resultado académicos de los escolares, medidos en pruebas estandarizadas (nacionales e internacionales), se ordenen al compás del nivel socioeconómico de sus familias ya no debiera sorprender. Toda la evidencia apunta a que esta es una característica irrefutable de nuestro sistema escolar. Una manera de visualizar esta asociación es graficando el rendimiento promedio de los establecimientos en una prueba estandarizada como el SIMCE y el porcentaje de estudiantes vulnerables que asiste a esos colegios. La JUNAEB elabora anualmente el “Índice de Vulnerabilidad Escolar” (IVE), que mide el porcentaje de estudiantes que, dada su condición de pobreza, son beneficiarios de raciones de alimentación gratuitas entregadas por el Estado en establecimientos municipales y particulares subvencionados. El IVE se calcula para los niveles de enseñanza básica y media de cada establecimiento por separado. Este índice nos permite caracterizar la realidad socioeconómica de los establecimientos municipales y particular subvencionados: a mayor IVE, mayor concentración de escolares pobres.

La Figura 1 muestra la relación entre el resultado promedio SIMCE de Lectura de Segundo Medio del año 2013 y el IVE de enseñanza media de colegios municipales y particulares subvencionados de la Región Metropolitana del mismo año. He decidido identificar además a los colegios de acuerdo a su dependencia (Municipal o Particular Subvencionado). He destacado finalmente, en rojo, la posición del Instituto Nacional en la nube de puntos. Lo primero que salta a la vista es la relación inversa que existe entre las variables: a mayor concentración de estudiantes vulnerables en un colegio, menor es su logro académico promedio. La línea verde que cruza la nube de puntos muestra la tendencia entre ambas variables. Además, existe una gran concentración de establecimientos municipales al final de la línea de tendencia: los establecimientos municipales tienden a concentrar gran cantidad de estudiantes vulnerables, y sus resultados SIMCE son comparativamente más bajos. Existen, finalmente, marcadas diferencias en la vulnerabilidad de colegios según dependencia: los establecimientos municipales concentran, en promedio, un 75% de estudiantes vulnerables, mientras que en los subvencionados esa cifra llega a un 59%.

Figura 1. SIMCE_IVE

Figura 1. Resultado Promedio SIMCE de Lectura 2013 e Índice de Vulnerabilidad Escolar (IVE) de colegios de la Región Metropolitana (776 Establecimientos)

En la Figura 1, el Instituto Nacional destaca por varias razones. En primer lugar, porque tiende a alejarse de la zona característica de los establecimientos municipales. Y es que los estudiantes vulnerables en el nivel medio de educación que asisten a este liceo llegan a un 43% (bastante por debajo del promedio de vulnerabilidad de los municipales). Sin embargo, con una matrícula total de enseñanza media de 3.190 escolares, el número de escolares vulnerables en el Instituto Nacional asciende a 1.370; el cuarto colegio en la Región Metropolitana con mayor número de estudiantes vulnerables en enseñanza media. Así, el que más de mil trescientos escolares necesiten ayuda estatal para cubrir sus necesidades mínimas de alimentación diaria, dada su situación de pobreza, nos sugiere que el Instituto Nacional está muy lejos de ser el lugar de “niños privilegiados” que el Senador Rossi, y varios otros, han dicho que es. Esa afirmación, simplemente, no se sostiene.

Pero si es cierto que en Chile el desempeño académico se relaciona tan dramáticamente con el nivel socioeconómico de los escolares, ¿puede el alto resultado académico del Instituto Nacional ser explicado por el porcentaje de estudiantes vulnerables que tiene? Un simple análisis estadístico nos dice que con un IVE de 43%, un colegio cualquiera debiera obtener 275 puntos promedio SIMCE en Lectura. Pero, tal como la Figura 1 muestra, el Instituto Nacional obtuvo una media de 310 puntos en esa prueba, es decir 35 puntos más de lo esperado dada la concentración de estudiantes vulnerables que posee (y aún estaría 32 puntos por sobre lo que obtendría un establecimiento subvencionado con igual IVE). Es decir, el Instituto Nacional obtiene mejores resultados de lo esperado para un colegio de sus características, cuando se controla por el porcentaje de estudiantes vulnerables que lo componen. Y lo hace mejor incluso que un establecimiento subvencionado con iguales características. Si aceptamos que un colegio con buenos resultados académicos ofrece a sus estudiantes mejores oportunidades para su futuro, difícilmente entonces se puede sostener, como lo hace el Senador Rossi, que el Instituto Nacional no “sirve para la movilidad social”. Esta diferencia sugiere que el Instituto Nacional efectivamente agrega valor al proceso de aprendizaje de sus estudiantes, incluso más allá de la selección, algo que mostraré más adelante.

¿Provienen los escolares del Instituto Nacional de las clases más acomodadas?

Desde que los movimientos sociales en Madrid y New York comenzaron a cuestionar políticamente la gran riqueza que concentra el 1 o el 0,1% más rico de los países sabemos que hablar de clases sociales más ricas es siempre apuntar a esa mínima fracción de la población. En las manos de esas pocas personas, que no superan las decenas de miles, puede llegar a concentrarse un 20 o incluso 30% de la riqueza de un país. Y ese tipo de análisis es mucho más adecuado en un país como Chile, cuya curva de distribución del ingreso se incrementa suavemente por casi toda la población ordenada desde los más pobres a los más ricos, hasta que llega al 1% más rico, donde se incrementa dramáticamente. Por esto, economistas realmente ocupados de identificar y caracterizar a los “ricos” de Chile no acuden a distinciones gruesas. Hace poco, nuestro columnista y economista de la Fundación Sol, Gonzalo Durán, explicó:

“para observar los niveles de desigualdad que existen en Chile, no sirven los quintiles y ni siquiera los deciles, sino que es necesario utilizar los percentiles e identificar qué está sucediendo con los hogares pertenecientes al 1% más rico.”

De esta manera, cuando el Senador Rossi dice (y asumamos que lo que dice es cierto, algo difícil de creer a la luz de los datos expuestos en esta columna) que un 80% de los estudiantes del Instituto Nacional proviene del quintil “más rico” de nuestro país, ¿qué nos está diciendo en realidad? No mucho, pues el 20% más rico de Chile agrupa a una enorme diversidad de familias, muchas de las cuales simplemente no pueden ser entendidas como “ricas”. La Tabla 1 muestra la clasificación de ingresos por quintiles que realiza la encuesta CASEN 2011 de acuerdo a los ingresos autónomos per cápita.

Tabla 1. Distribución del Ingreso Per Cápita Autónomo según Quintiles de Ingreso Autónomo Nacional – CASEN 2011.

Tabla 1. Quintiles CASEN 2011_2

Como se aprecia, el 20% más rico de Chile agrupa hogares cuyos ingresos promedio per cápita van desde los $325.447 a los $46.128.390. Es decir, en este grupo de los “más ricos” (o privilegiados) conviven el estudiante-trabajador que vive solo y que gana unos $350.00 al mes; la familia de cuatro integrantes, con dos hijos estudiantes, uno de ellos en la universidad y el otro estudiando en el Instituto Nacional, cuyo ingreso mensual es de $1.350.000; y finalmente la familia perteneciente al 0,1% más rica de la población, de cuatro integrantes, cuyos ingresos mensuales superan los $190.000.000. Ante esta realidad tan heterogénea del “quintil más rico”, ¿es correcta la sugerencia del Senador Rossi de que los escolares cuyas familias pertenecen al quinto quintil son privilegiados? Sin duda que no.

¿Pero cómo es realmente la composición socioeconómica de los estudiantes del Instituto Nacional? Aunque no existen cifras oficiales, un grupo de investigadores estimaron, en base a datos de las postulaciones al sistema de educación superior del año 2009, la distribución de los ingresos brutos de los hogares a los que pertenecieron los institutanos egresados el año 2008. La Tabla 2 reproduce esas estimaciones:

Tabla 2. Distribución de Ingresos Brutos del Hogar de los Estudiantes del IN – 2009.

Tabla 2. Ingresos IN_2

Como se aprecia en la tabla anterior, más de la mitad de los alumnos del Instituto Nacional pertenece a familias con ingresos mensuales iguales o inferiores a los $432.000, mientras que casi un 7% de las familias tiene ingreso iguales o menores a $144.000 mensuales. Solamente un 10% de los estudiantes del Instituto Nacional proviene de familias con ingresos superiores a $1.300.000. Como se aprecia, los estudiantes del Instituto Nacional están lejos de ser los escolares privilegiados que el Senador Rossi señala.

Por último, es interesante observar la supuesta situación de “privilegio” de los 22 puntajes nacionales que obtuvo el Instituto Nacional en la Prueba de Selección Universitaria 2014, conocidos el sábado recién pasado. La Tabla 3 muestra la comuna de residencia de esos 22 escolares egresados del Instituto Nacional y que obtuvieron el máximo puntaje en al menos una de las pruebas. Juzgue el lector si las comunas donde viven esos escolares corresponden a las de “familias privilegiadas”.

Tabla 3. Comuna de Residencia y Resultados PSU de los Puntajes Nacionales Egresados del Instituto Nacional – 2014.

Tabla 3. Puntajes Nacionales IN 2014

Además, la Tabla 3 nos muestra que este año hubo 6 escolares con dobles puntaje nacional (i.e., un puntaje máximo de 850 puntos en dos pruebas), cuyas comunas de residencia son: Puente Alto (dos escolares), Maipú (dos escolares) y Cerro Navia (dos escolares). Ninguna de ellas las comunas de las familias “más ricas”. También es interesante señalar que de los 22 puntajes nacional, sólo dos de ellos fueron los primeros de su generación.

¿Y qué hay de la selección en el Instituto Nacional?

Tal como el Senador Rossi, muchos sostienen que el rendimiento académico del Instituto Nacional se debe a la selección que realiza. En efecto, para ingresar a este colegio en séptimo básico, los postulantes deben contar con promedios de notas de enseñanza básica muy altos y destacar además en un difícil examen de admisión estandarizado. Pero si este liceo selecciona en función del mérito de los escolares, ¿qué valor agregado puede producir al proceso de aprendizaje?

Lo cierto es que la evidencia demuestra que el Instituto Nacional funciona, más allá de la selección. Un reciente estudio usó los puntajes PSU de jóvenes que en la prueba de ingreso al establecimiento quedaron justo sobre (institutano) o bajo (control) el puntaje de corte. Es difícil encontrar dos grupos de escolares más parecidos; se trata de diferencias mínimas en los puntajes de admisión al Instituto Nacional. El resultado de esa comparación mostró que el institutano recibió 26 puntos adicionales en la PSU respecto de su “clon” que no quedó en el establecimiento. ¿De dónde pueden salir esos 26 puntos PSU adicionales si no es del contexto y cultura de alta exigencia académica al que están comprometidos los profesores, personal para-docente y autoridades de este liceo? Ciertamente, ellos reciben muy buenos estudiantes para educar, pero es el efecto de ese trabajo, silencioso y mal remunerado, que día a día realizan el que produce la diferencia observada.

Conclusión

Paradójicamente el Instituto Nacional se ha transformado en el emblema de la “educación de mercado” que caracteriza a nuestro sistema escolar; el símbolo de las enormes injusticias de nuestro modelo educativo. Los mismos cítricos del Instituto Nacional señalan: ¿por qué no dejar que ese buen alumno del Instituto suba el nivel de un curso en otro colegio? Ya desearíamos que repartiendo a los 4.300 estudiantes de este colegio pudieran, en razón del “efecto pares”, subir los resultados académicos de los escolares en otros establecimientos municipales. Lamentablemente, la mejor literatura empírica sobre el muy difícil de identificar “efecto pares” indica que éste funciona cuando los alumnos con mejor rendimiento son una mayoría en la sala de clases. El efecto se anula cuando este grupo de buenos estudiantes está en minoría. La selección por mérito en liceos como el Instituto Nacional apunta a identificar, separar y ubicar en un contexto de alta exigencia académica a un grupo de escolares que destaca en general por su motivación, gusto y disciplina por aprender. Características que los mismos promotores del “ranking de notas” nos dicen insistentemente se distribuye entre ricos y pobres. ¿Por qué el Instituto Nacional no podría estar compuesto mayoritariamente por escolares con esas características de sectores socioeconómicos medios-bajos y bajos? No hay mayor misterio en la selección que realizan los pocos liceos emblemáticos del sistema público en Chile: se trata de identificar a esos buenos escolares pobres y ubicarlos en un contexto de alta exigencia académica, lo que potencia su rendimiento académico y aumenta sus oportunidades futuras.

Aunque sorprende la incapacidad de buena parte de nuestros políticos de izquierda por identificar correctamente los hechos y utilizar la evidencia al momento de legislar, decepciona aún más que académicos e investigadores que abrazan ideales ilustrados (autonomía, emancipación, igualdad y racionalidad), cuestionen la existencia y el papel que ha jugado en nuestra historia republicana el mejor colegio público del país. El Instituto Nacional lleva años tratando de sobrevivir al abandono, la falta de recursos y la errática gestión del Municipio de Santiago, recordándonos constantemente que pese a todo eso, continúa siendo una de las pocas cosas que el Estado ha hecho bien en educación pública. Las ventajas del establecimiento sobre el resto de los colegios públicos pueden bien recordarnos que las alternativas educacionales para quienes no pueden ingresar a él no están a la altura de lo que soñamos como país. Pero terminar con el Instituto Nacional no hará nada por favorecerlos. Y es que terminar con la selección por rendimiento académico en este colegio muy probablemente traerá consigo su desaparición. De hecho, esa parce ser la apuesta, conciente, de mucho político y “experto” en educación cuando sostienen que los buenos resultados de este colegio se explican por la selección que realiza. Si le creemos a la evidencia que nos citan, ¿están dispuestos entonces a que el Instituto Nacional deje de obtener los resultados que obtiene al prohibir la selección por rendimiento académico y ubicar a esos escolares, talentosos pero pobres, en un entorno donde incluso “alcanzan un mejor desempeño que si no lo fuera”? ¿Cómo justificamos esa decisión a la luz de la evidencia presentada en esta columna? ¿Simplemente porque, al margen de cualquier consideración sobre sus consecuencias, toda forma de selección escolar es mala? Esa es más bien una petición de principios que resulta inaceptable en la discusión racional de políticas públicas.

El único efecto de terminar con la selección por mérito en el Instituto Nacional será (muy probablemente) privar al país de una puerta de acceso real a las élites, profesionales y dirigentes, a niños que en su mayoría no tienen más capital que su gusto y disciplina por el estudio. Una pérdida que es aún más funesta si consideramos que el proyecto de inclusión deja intacto el sistema escolar privado, donde se han educado históricamente esas élites (el 83% de quienes ocupan cargos gerenciales en empresas privadas chilenas estudió en un puñado de 10 colegios privados, según lo estableció una encuesta corporativa reciente). Puesto que no es el enemigo de la educación pública, es deseable que el Instituto Nacional y el resto de los colegios emblemáticos del país sean considerados, por políticos e intelectuales de izquierda, como verdaderos aliados del proyecto de inclusión. Aún estamos a tiempo de apuntar bien nuestras críticas y transformar a estos liceos en la promesa que la reforma a la educación escolar hará realidad para todos los escolares del país: tener un sistema de educación público que entregue a la patria ciudadanos que la defiendan, la dirijan, la hagan florecer y le den honor.