Por Héctor Ríos

La izquierda chilena ha tendido a omitir en su elaboración política el análisis sobre los procesos exteriores. Como aporte al debate estratégico quisiera plantear algunas interrogantes y dilemas al proceso de construcción política liderado por la Nueva Izquierda Chilena, derivados del proceso de la izquierda Europea posterior a la crisis.

Es posible describir el actual proceso social europeo como una polarización social aguda con clivajes políticos iterativos y una resolución política aún incierta. Este proceso se inicia con la crisis económica del 2008, la es seguida por una fase de aguda movilización social con dos momentos políticos. Un primer momento determinado por un clivaje hacia la izquierda, expresado en masiva crítica anti-neoliberal, demandas por democratización y una capitalización política limitada desde sectores de izquierda emergente. Un segundo momento caracterizado por un clivaje político hacia la extrema derecha, que si bien aún no es claro, muestra una acelerada capitalización electoral favorable a las nuevas expresiones de extrema derecha y excluyente de los sectores de Izquierda.

Para comprender esta trayectoria es preciso considerar las causas del proceso y algunas características claves. Es claro que el proceso de polarización tiene como fundamento la crisis económica del 2008 y las medidas implementadas por la Unión Europea para afrontarla. Los salvatajes a la industria financiera, la austeridad generalizada y la profundización de la flexibilidad laboral lejos de resolver la crisis, han generado un escenario de estanflación prolongado, con bajo crecimiento económico, altos niveles de deuda pública, alto desempleo, bajos salarios y trabajos ocasionales, afectando la calidad de vida de la población europea y provocando un conflicto social de extenso (Flassbeck & Lapavitsas, 2015).

El movimiento anti-austeridad protagonizó la primera respuesta a dichas medidas y se caracterizó por su masividad, diversidad y composición de clase. Este reunió coyunturalmente a sectores tradicionales de clase, con sectores de clase emergente y sectores de clase media precarizados. La expresión diversa y masiva de las luchas anti-austeridad logró movilizar sectores políticamente apáticos, mostrando múltiples niveles de coordinación y nuevos repertorios de movilización. Estos movimientos si bien mostraron una visión crítica del neoliberalismo, no fueron movimientos políticamente cohesionados. Presentaron distintos niveles de politización, combinando una actitud crítica que constantemente se movió entre un escepticismo reactivo a la modernización neoliberal, identificada como responsable de la pérdida del status y calidad de vida, con un amplio espectro de críticas ciudadanas, anti sistémicas y anticapitalistas.

Si bien el carácter genéricamente anti-neoliberal proyectó una tendencia hacia la izquierda, tanto en su expresión movimentista como en los intentos de capitalización política liderados por los nuevos referentes de izquierda (Syriza y Podemos), la posición cuidadanista, preferentemente de presión más que de confrontación que asumió el conflicto, le resto dinamismo tendiendo hacia el estancamiento. Así, los procesos de movilización anti-austeridad si bien dañaron políticamente a los gobiernos de izquierda liberal, fueron incapaces de detener la agenda de radicalización neoliberal post-crisis, siendo la aprobación de la ley trabajo en Francia durante el 2016 uno de los ejemplos más emblemáticos. También, los intentos de capitalización política de los sectores de nueva izquierda tienen el mérito de haberse constituido como referentes masivos en corto tiempo, no fueron exitosos capitalizando el malestar social y articulando un polo contra-hegemónico con capacidad efectiva de disputa y gobierno nacional, quedando atrapados entre el ciudadanismo que adquirió el movimiento social y el pragmatismo que impuso el juego político y electoral.

En ambos sentidos los clivajes a la izquierda del primer momento de la polarización no fueron suficientemente profundos para generar cambios significativos en la correlación de fuerzas sociales, abriendo el campo para un giro político hacia la extrema derecha. Este sector ha logrado articularse, luego de años de silencioso trabajo político, como una alternativa altamente popular, capitalizando mayorías electorales políticamente apáticas, descontentas y reactivas a las medidas postcrisis, que no encontraron asidero político ni en la elite, ni en las movilizaciones sociales, ni en los nuevos referentes de izquierda. Así, las omisiones y fallos de la izquierda europea han sido las principales ventajas de la extrema derecha que rápidamente se ha posicionado en la agenda global.

De esta trayectoria se deducen algunas complejidades del proceso construcción política en condiciones de crisis neoliberal. Uno de ellos es la dificultad que las características neoliberales del movimiento social instalan para la capitalización política. La baja cohesión interna, la heterogeneidad política, la esquiva y fugaz masividad de los movimientos anti-austeridad muestran que los procesos de capitalización política no pueden ser homogéneos ni centralizados, deben reconocer e incorporar las variadas distancias, des-tiempos y resistencias entre movimiento social y movimiento político. El énfasis en el discurso, la expresión estética y el desarrollo de estructuras políticas descentralizadas de apariencia ciudadana, si bien permiten capitalizar un particular sector de la población, clase media precarizada y trabajadores profesionales jóvenes, limitó las proyecciones a sectores mayoritarios de la población y no ha dado garantías de una capitalización acumulativa de largo plazo, siendo un proceso parcialmente exitoso en el corto plazo pero débil en un escenario de tensión extendida.

Este problema devela la existencia de complejas distancias entre el espectro social de explotación del neoliberalismo, sus expresiones coyunturalmente organizadas de conflictividad (movimiento social) y los movimientos políticos emergentes. El actor que no pudo ser movilizado ni por los movimientos sociales ni por los nuevos referentes de izquierda, es justamente la clase trabajadora tradicional europea. Este sector apático y escéptico ha sido el principal sector capitalizado por la extrema derecha y el principal soporte de su éxito electoral (Rothstein, 2017). Si bien en Chile este sector sigue siendo una incógnita, cuyo reconocimiento es difuso y complejo, lo relevante es comprender que el espectro de explotación del capitalismo va más allá de la expresión visible de sus contradicciones, existiendo sectores mayoritarios de la población que se mantienen despolitizados pese a su clara condición de explotados, y cuyo olvido es un constante riesgo en la trayectoria de los procesos políticos de la izquierda, no solo electoralmente, sino porque en definitiva da cuenta de las des-sintonías entre la mayoría popular desorganizada y los sectores organizados, problemática aún no superada por la Nueva Izquierda chilena.

También cabe considerar la eficacia política en la cual se mueve el proceso de polarización europea. Durante esta fase la distinción programática izquierda-derecha ha sido relegada a segundo plano por la distinción discursiva insideroutsiders. Para la población europea, la crisis representó el fracaso del neoliberalismo progresista y de sus administradores, incluyendo social demócratas, liberales de izquierda y tecnócratas. En este sentido, la eficacia inicial que los nuevos referentes de izquierda tuvieron en la capitalización de los movimientos anti-austeridad estuvo asociada a su condición de outsiders políticos más que a su solides programática. Así, los nuevos referentes se mueven entre un fenómeno mediático de masas, que innova en la forma de comunicar y renueva la estética de la izquierda, y un movimiento político capaz de ofrecer un modelo de sociedad distinto y viable.

Esta ambivalencia si bien otorgó flexibilidad, permitiendo una capitalización rápida de las mayorías organizadas, los ubicó en una posición frágil al momento de asumir cargos de poder, como también para convocar mayorías cohesionadas y extender su campo de capitalización a los sectores despolitizados. Estas debilidades han sido rápidamente capitalizadas por la extrema derecha, que ha logrado movilizar parte de los sectores sociales involucrados en los movimientos anti-austeridad, maximizar el impacto de su condición de outsider, y más relevante, movilizar sectores sociales tradicionales olvidados por la política, superando electoralmente a la nueva izquierda y marginándola momentáneamente de campo político.

En el campo nacional estas contradicciones indican al menos dos puntos fundamentales. Primero, reconocer las distancias y des-tiempos entre el espectro de explotación del capitalismo, sus múltiples expresiones de conflictividad social y la diversidad política de la izquierda organizada, asumiendo que la convergencia y ampliación política requieren resolver de un modo viable las contradicciones entre heterogeneidad identitaria, cohesión política y asertividad estratégica. Segundo, es imperativo revisar las dinámicas de organización y proyección política que la derecha chilena sigue desarrollando. Si bien en Chile no se observa un proceso agudo y evidente de polarización, la histórica solidez de clase, el control de agenda y las victorias electorales recientes de la derecha son elementos a considerar con mayor atención, especialmente cuando el espectro de explotación en Chile se manifiestan en la forma de abstención política, y la nueva izquierda, más allá de su articulación, muestra signos de incertidumbre en el campo electoral que no garantizan, en lo inmediato, una capitalización favorable de mayorías electorales.


Héctor Ríos es Psicólogo Social de la Universidad de Santiago de Chile, y Master en Social Research de la Bristol University, UK.