Por Leandro De Brasi 

La Filosofía podría fácilmente ser llamada “entrenamiento ciudadano” ya que se preocupa, entre otras cosas, de la naturaleza de la justicia, lo que significa preocuparse de otros, y las responsabilidades que los ciudadanos tienen en democracias. Pero aquí me interesa ahondar en el rol de la información en la democracia. Por ejemplo, elecciones, aunque sean justas y libres, no son suficientes para la democracia. Ésta también requiere que los votantes estén razonablemente bien informados acerca de la naturaleza de las opciones y que cada uno de los votantes forme reflexivamente sus propias opiniones. La epistemología, la disciplina filosófica que estudia la dimensión evaluativa de la cognición, juega entonces un rol central en el entrenamiento requerido para que la evaluación necesaria en la formación de esas opiniones sea adecuada. La epistemología promueve el desarrollo de una cierta autonomía intelectual que le permite a la persona monitorear y evaluar los juicios, creencias y argumentos de otros y de uno mismo, y así entonces convertirse en un agente epistémico responsable que no puede ser acusado de una ingenua credulidad. Por lo tanto, sin una educación epistemológica que prepare apropiadamente a nuestros ciudadanos a formar opiniones, no hay democracia verdadera. Esta es una razón por la cual todo futuro ciudadano debería ser entrenado epistemológicamente y este entrenamiento está siendo cada vez más importante dada la Era Digital en la que vivimos.

Para apreciar esto, considere la ubicua mediación digital relacionada a nuestras dietas de información. Un estudio de 2017 del Reuters Institute de la Universidad de Oxford, encontró que en Chile 76% de los usuarios online utiliza las redes sociales, como Facebook, para informarse. Y por supuesto no toda información disponible en los medios digitales es correcta o por lo menos producida responsablemente. De los 2.5 trillones de bytes de data que son actualmente creados diariamente, preocupantemente mucha información es intencionadamente engañosa o simplemente falsa. Y aunque siempre ha habido gente que quiere engañarnos, el medio digital con sus algoritmos de personalización hace que el trabajo de separar la buena de la mala información sea más complicado aún. Déjeme primero introducir brevemente estos algoritmos y luego señalar por qué hacen que nuestro trabajo epistémico sea aún más complicado.

Dado que hay demasiada información en el Internet y no podemos prestarle atención a toda ella, necesitamos que la información sea filtrada de alguna manera. Y la manera por la cual esta está siendo filtrada, desde 2010, por prácticamente todo servicio del Internet (desde buscadores, como Google, hasta redes sociales, como Facebook), es de acuerdo a las preferencias e intereses de cada usuario en particular, dada la información que estas compañías recogen cada vez que sus servicios son utilizados y que estos algoritmos de personalización explotan (Pariser, 2012). Ahora bien, el filtrado por personalización no es algo malo en sí mismo (dejando de lado temas de privacidad). Sin embargo, problemas surgen cuando uno busca informarse por medios digitales que explotan este filtrado. En este caso, el filtrado personalizado llevará mi atención a noticias que son de mi preferencia, y por supuesto que tales noticias no necesariamente reflejan la realidad. Como dijimos anteriormente, hay mucha información falsa y engañosa en el Internet, inclusive que se ajusta a mis preferencias. Por lo tanto, mi dieta de información podría de esta manera estar contaminada. Pero lo preocupante no es eso, sino que, dada esta dieta restringida por mis preferencias, muy probablemente no tenga acceso a información que contrarreste la información engañosa o falsa: en otras palabras, a buena información que me permita cuestionar la mala información que se acomoda a mis preferencias. Así entonces vamos creando nuestras propias “burbujas digitales” donde las cosas parecen ser como queremos que sean y no necesariamente como son.

Esto hace que nuestro trabajo de separar la buena de la mala información sea aún más laborioso ya que estos algoritmos exacerban ciertos sesgos cognitivos. Por ejemplo, considere el sesgo de confirmación, reconocido hace ya mucho tiempo y que todos poseemos (Pohl, 2017). Esta es la tendencia natural que tenemos a buscar y encontrar información que apoya a nuestras creencias e ignorar información que las contradice. El algoritmo de personalización justamente potencia este sesgo cognitivo, ya que nos presenta solo información que se acomoda a nuestras creencias. Segundo, también poseemos un sesgo de la sobreconfianza (Pohl, 2017), que consiste en la sobreestimación de la certeza de las creencias propias (en otras palabras, tenemos una tendencia a pensar que nuestras creencias son más seguras, epistémicamente hablando, de lo que realmente lo son). En este caso, el algoritmo de personalización exacerba este sesgo cognitivo dado que no nos expone a posiciones distintas a las nuestras y entonces hace que uno tenga más confianza en sus creencias de la que debería tener. Todo esto hace que uno demasiado fácilmente se convenza de que lo que cree es realmente conocimiento, o por lo menos creencias muy bien justificadas, cuando no lo son.

Entonces existe un claro riesgo de vivir en burbujas digitales que ratifican nuestras creencias, correctas o no, y que nos hacen sentir como que sabemos todo. El Internet de la personalización no es solo un gran mecanismo de consolidación de creencias que ya estamos sesgados a creer, sino que también alienta activamente una cierta arrogancia epistémica. Y para combatir esta arrogancia (que no nos invita a cuestionar nuestras opiniones), debemos ser epistémicamente despabilados. Y para serlos, no solo debemos cultivar la, anteriormente mencionada, autonomía intelectual que nos permite monitorear y evaluar los juicios, creencias y argumentos de otros y de uno mismo, sino que también debemos cultivar una cierta humildad intelectual.

Esta humildad intelectual concierne un conjunto de actitudes que debemos tomar hacia nosotros mismos y otros. Por ejemplo, reconocer nuestra falibilidad: tener presente nuestros sesgos, prejuicios y otros obstáculos cognitivos y que probablemente no sabes tanto como crees. También requiere que uno esté abierto a cambiar su posición y perspectiva según la evidencia y argumentos lo sugieran. Esto no es solo estar abierto al cambio: sino capaz de mejorar o cambiar la posición y perspectiva de uno por el trabajo epistémico de los otros. Los seres humanos no somos máquinas de saber aisladas. Vivimos en una sociedad con conocimientos híper-especializados, que distribuye el trabajo epistémico entre distinta gente. Eso es una buena cosa, ya que ninguna persona podría saber todo, o inclusive mucho. Uno no necesita, ni puede, poseer todo el conocimiento disponible a la comunidad. Cada uno tiene un rol en la división del trabajo epistémico y cada uno de nosotros puede, en principio, contar epistémicamente con el otro. Esto significa que, dada esta división del trabajo epistémico, cada uno de nosotros es ignorante (o tiene poco conocimiento en relación a los expertos genuinos) acerca de distintos temas. Esta ignorancia (parcial) no es negativa dada esta división de trabajo. Y es importante reconocer que otros pueden saber más que uno en ciertos temas, los temas que ellos se especializan y uno no.

El incompetente generalmente carece la capacidad requerida para reconocer su incompetencia. Peor aún, el incompetente está generalmente bendecido con sobreconfianza inapropiada, manteniéndose a flote con algo que siente equivocadamente que es conocimiento. El peor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión de poseerlo: de creer equivocadamente que uno lo posee. Y la mezcla tóxica de algoritmos personalizados en nuestra tecnología de información y sesgos cognitivos en nuestra estructura psicológica tiene la capacidad de generar una arrogancia epistémica que no nos permite diferenciar lo verdadero de lo falso, pero que puede ser contrarrestada por medio de nuestra autonomía y humildad intelectual. Y la Filosofía, y en particular la epistemología, fomenta el desarrollo de estas capacidades. De hecho, podríamos decir que la Filosofía lo saca a uno de su burbuja y lo regresa a la realidad.

Ser un buen ciudadano democrático, por supuesto, no requiere solo estar razonablemente bien informado y poder reflexionar en base a esa información. Sin embargo, la Filosofía otorga entrenamiento necesario y muy importante para la democracia dada la Era Digital en la que nos encontramos. La Filosofía entonces fomenta el sano y fructífero desarrollo de la democracia en nuestro mundo digital.


Leandro De Brasi es Doctor en Filosofía del King´s College London y Director del Magister en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado.