La polémica ocurrida estas semanas entre vocerías diversas -en general mal afortunadas y erradas- del Frente Amplio y el Partido Comunista puede parecer trivial y hasta ridícula. Sin embargo, entrega claves de acceso a problemas profundos en la izquierda, como la escasa densidad de la crítica. Los distintos objetivos de la prensa para sostener este intercambio en segundas planas están lejos de la verdad. Hace mucho que decir eso no escandaliza a nadie, y escudriñar ahí no es lo que importa acá. El problema de la polémica es que ante una mirada atenta desnuda las incoherentes y así ineficaces formas de lectura de la realidad que tiene la izquierda, sobre todo respecto al campo en el que hace política y en los ejes en los cuáles se constituye como actor político.

Desde el PC se ha insistido públicamente que el Frente Amplio sería una radicalización elitaria y alejada de las necesidades populares. Acusando su error al competirles electoralmente en algunos distritos donde diputados del PC han sido electos, han insistido que el enemigo es la derecha. Por su parte, desde el Frente Amplio se ha insistido en que el enemigo no es el PC, sino el duopolio del pacto de la transición en cualquier distrito que exista: Que la crítica del PC no reconoce que es parte de una coalición electoral dominada por el interés del gran empresariado, lo que habría que atacar. Mucho más que eso no hay.

Así las cosas, desde una teoría clasista es honesto preguntarse: ¿por qué es la derecha electoralmente existente el principal enemigo? De la misma forma ¿desde qué grupos sociales se sostiene como principal enemigo aquello llamado el duopolio y el gran empresariado? ¿es que acaso esos son meros discursos y no portan ninguna pasión ni historicidad de clases?

Anunciar una posición de clases no es lo mismo que sostenerla realmente en la lucha política. Tampoco es lo mismo indicar un enemigo de la política -parlamentaria y formalizada- que un enemigo político -estratégico, respecto a la forma del Estado-. Lo primero se subordina a lo segundo, que es lo fundamental. Anunciar una posición de clase es un ejercicio verbal, pero sostener y pelear en función de la autonomía de grupos sociales es un ejercicio en la lucha de clases. Se puede decir cualquier cosa en un panfleto, pero de verdad intentar que la praxis política se corresponda con la lucha de clases necesita una lectura de la realidad que permita no hacer tonterías ni terminar jugando para los enemigos. Sostener una posición de clases no es importante porque sea ético o porque es parte del canon, sino porque define todo lo demás en la lucha política. Es una posición desde la cual se perspectiva toda la política. Sin ello, todo se reduce a la comunicación, al marketing, a la política cada vez más vacía de lo político, y también de gente.

Así, comparando, es posible sostener que es lógico que el PC lea la política en clave parlamentaria y su función como la de representante y no la de organizador, el enemigo es la derecha allí donde todavía eso dice algo, en unas tres o cuatro comunas de Santiago. Para el PC todo lo que no es de izquierda es de derecha, incluyendo al Frente Amplio. Pero mirando apenas unos centímetros más abajo de la superficie parlamentaria son evidentes los intereses que determinan la pequeña política en Chile y es insostenible seguir creyendo como material el orden político de la transición. Si había un debate entre izquierdas había que usar lingua franca y el PC habló en extranjero. Pero en el Frente Amplio hablar de clases, y tomar partido allí, tiene formas de tema tabú. Hasta pareciera que domina una prudencia de no espantar a eso llamado “el centro” o, en el cliché, “a los que no están”. No se habla de lo que formó al FA y de su historicidad evidente, pues se piensa en que las bases están fuera. Como si hubiese todavía un afuera, lo imaginan pensando como elite y dando la razón a los comunistas, intentando mirar allí donde las bases son unos otros lejanos y ajenos a todo lo que ellos saben y portan. Porque muchas veces de verdad lo son.

El origen de un sector del Frente Amplio, y por ende aquel campo social formado al que debiese ser leal, se jugó en momentos como las huelgas de los empleados públicos de los últimos años, los paros de profesores de 2014-2015, en las franjas de izquierda del nuevo movimiento feminista y sobre todo en la reforma educacional. Es reconociendo esa historia como se puede criticar la posición comunista y del gran empresariado que compra la política de las dos grandes coaliciones. En los últimos años los funcionarios del Estado fueron duramente derrotados, entre otras cosas, por haberse movilizado sin los trabajadores a honorarios. Los profesores, por su parte, han sido paulatinamente atacados por la desprofesionalización y la sobreexplotación en sus labores, y en los paros de los últimos años fue notoria la división con los históricos dirigentes concertacionistas y sobre todo comunistas, quienes perdieron el año pasado el gremio en manos de una alianza amplia de izquierda. Entre las franjas críticas de la histórica hegemonía concertacionista se ha formado, al calor del movimiento de 2011 y la lucha por la despenalización del aborto y contra la violencia, una capa de mujeres intelectuales de izquierda que ha situado en las trabajadoras el foco de su lucha, más allá de formalismos y las fuertes avanzadas en su campo que ha realizado el progresismo neoliberal. En la reforma educacional, el movimiento estudiantil ha sido paulatinamente expulsado del lugar que logró en el centro de la política hace algunos años. Esto ha sido obra de muchos intereses, pero destaca en ese ataque el interés del empresariado de la educación y sus políticos a pago, pero también la colaboración de buena parte de la nueva izquierda, que saca de allí sus mejores cuadros para destinarlos a sus flamantes aparatos electorales. Desde profesores, estudiantes, feministas de izquierda y funcionarios públicos y profesionales jóvenes es donde más saca sus cuadros medios y dirigentes el Frente Amplio. Y eso, más que esconderse en ropas deslavadas o discursos culposos, debe entenderse materialmente y actuar conforme a ello. Porque actuar conforme a la realidad es una de las pocas, sino la única, seguridad en la política de izquierda. Es desde ese margen en que se forma el malestar activo donde nace la fuerza que se negó a ser representada por los comunistas en clave parlamentaria.

De esta forma, la discusión con el PC -que no se va a detener- no debe ser una discusión de preferencias políticas en el mercado electoral, sino de posiciones de clase que allí también se expresan y así se constituyen. Los comunistas portan en sus símbolos la memoria popular, y su historia da cuenta de lo bien que tienen ganado los honores. Pero hoy son parte de un gobierno entregado a los intereses del gran empresariado y la suya no ha sido la posición de los que luchan para evitar su proletarización. No sirve representar a un pueblo acomodándose a su sentido común, definido por los medios de la dominación, y que no lucha. Sirve representar las luchas de los que, aunque pocos, puedan de verdad prefigurar una alternativa de vida y en su discurso y promesa, de humanidad libre. Los comunistas, abandonando la calle, se han encerrado en un campo electoral en que pocos votan, particularmente entre los pobres.

Es justo decir que a ciertas franjas del Frente Amplio parece sucederles que son elite y carecen de la crítica material de la propia historia como para impedir replicar su posición. Así, se hacen aliados la joven elite y los burócratas de cualquier origen. Si tales posiciones definen el interés del FA, a éste le puede ocurrir lo mismo que al PC: obsesionado con los escaños abandona su única fuerza real, históricamente formada y no sólo como espasmo producto del marketing: los grupos movilizados en el fin del ciclo de la transición.