Existen ciertas formas de amor bastante sanas y hay otras que no lo son tanto. Entre las formas de amor más difíciles de analizar está el romance en la academia. La violencia de género, el abuso de posiciones de poder y la necesidad de crear nuevos paradigmas culturales en la relación entre hombres y mujeres motivan esta reflexión.  Principalmente, en esta columna quiero argumentar dos puntos. Primero, que se necesitan mecanismos institucionales y procedimientos rigurosos que sancionen severamente las situaciones de abuso y acoso sexual en las universidades. Segundo, que las universidades no debiesen impedir el ejercicio responsable del consentimiento sexual entre personas adultas. A continuación, desarrollo la tensión entre estos dos argumentos aparentemente opuestos.

Laura Kipnis en su polémico artículo “Sexual Paranoia Strikes Academe” sugiere que la prohibición de relaciones románticas en la academia favorece la sacralización del poder de los académicos sobre sus estudiantes.  Un feminismo malentendido, según Kipnis, presenta a las estudiantes como criaturas vulnerables y frágiles y a sus profesores como depredadores rapaces en permanente modo de ataque. La autora nos recomienda desconfiar del melodrama y ser escépticos de la imagen del académico todopoderoso capaz de hacer rendir a sus pies seguidoras y seguidores. Es más, Kipnis nos sugiere reconocer que las y los estudiantes –en su calidad de mayores de edad y agentes de sus vidas– pueden responsablemente acceder a mantener sanas relaciones sexuales con sus profesores.[1]

Kipnis aclara que no pretende en ningún caso defender al académico (o académica) abusador. A esos quienes ejercen el acoso sexual, la coerción o el chantaje académico contra sus estudiantes, valga una severa condena. Evidentemente, en respuesta a este llamado, las universidades en Chile debiesen estar de lleno trabajando en implementar una regulación institucional apropiada para abordar situaciones de acoso y abuso de poder (con procedimientos rigurosos de queja y denuncia ante el sistema de justicia) y crear mecanismos e infraestructuras que impidan situaciones de abuso.

Con todo, el problema más interesante y difícil se despliega en esa área más gris (esa del halago amable, pero inapropiado) en la que navegan hombres y mujeres agentes responsables de sus decisiones.

¿Qué hacer entonces en este umbral? El romanticismo bien parece generar situaciones con variados matices que exceden con mucho la posibilidad de regulación institucional. En muchos casos hombres y mujeres aparentamos actuar como agentes de nuestras vidas, pero nuestros guiones culturales románticos nos ponen en aprietos bien difíciles de resolver. Para ilustrar el punto, quisiera ofrecerle al lector una narración que quizás le sea familiar y que me permitirá ilustrar las dificultades que he visto– a veces en la literatura de género, a veces en relatos de la vida real– en las relaciones románticas de las aulas universitarias. Dicho sea de paso, este ejemplo describe un estereotipo y no pretende dar cuenta de la amplia variedad de interacciones que ofrece la vida real universitaria.

El ejemplo requiere describir una dinámica de conquista que, sin ser acoso sexual abiertamente, resulte inquietante e incómoda.

Supongamos que nuestro ejemplo tiene como protagonista a un profesor que despliega su estrategia de conquista respecto de una estudiante entusiasta y aplicada. El profesor es un hombre encantador y tiene el don de la palabra. También tiene fama de severo (“seco”), pero es conocido también por su buena onda. Este profesor ostenta una cierta –a veces enorme, a veces insignificante– posición de poder. El académico (aunque puede tratarse de cualquier hombre con un poco de notoriedad pública) en concreto escanea a sus potenciales candidatas a reina (o a rey, dependiendo de sus preferencias sexuales). Entre las aspirantes al trono se encuentra una estudiante relativamente atractiva, ciertamente inteligente y con buen sentido del humor. Quizás los lectores con mayor conciencia de clase agregarán que normalmente se tratará de una estudiante de origen acomodado, con cierto tipo de fenotipo racial y con una performance social exitosa. Por conveniencia (y quizás también por responder a patrones culturales bastante verosímiles), supondré en el texto que la estudiante en concreto es mujer.

Después de varios encuentros casuales –con una cerveza, quizás– un buen día, luego de una reunión con sus estudiantes favoritos y mientras algunos de ellos se retiran, el profesor le confiesa a solas a su estudiante que se siente agobiado y víctima de sus circunstancias. El profesor en concreto le asegurará necesitar ayuda inmediata (para un trabajo, una investigación, un problema familiar o emocional). El profesor creará en la estudiante el plácido sentimiento (que deriva en necesidad) de sentirse especial y única. En algunos casos, los profesores desarrollarán ciertas obsesiones (mucho mail, mensaje, llamados a horas insólitas) y los más melodramáticos confesarán su amor. El punto es que este hombre en posición de poder –real o ficticia – ha designado a la estudiante –casi siempre en privado– como la única, la elegida, la salvadora de su suerte y su destino. El profesor quiere a la estudiante para sí y ella accederá –con una mezcla de felicidad, arrebato y autoafirmación– a cumplir su rol  de salvadora con responsabilidad, compromiso y, a veces, con sincero amor.

Supongamos que el académico en el intertanto encuentra otra musa inspiradora y –¡oh destino!– se ha enamorado nuevamente. Bien puede ser que en realidad que el profesor hubiese estado interpretando el mismo guión romántico  simultáneamente ante distintas estudiantes. Supongamos también que, enceguecida por la rabia, la (primera) estudiante demanda al profesor por acoso sexual.

El discurso feminista que condena rigurosamente al profesor conquistador pierde rendimiento en estos casos ¿Le pediremos a la administración que sancione al profesor por declarar su amor y predilección por una estudiante?¿Qué pasa si la estudiante tiene (no digamos 18), pero 24 años?,¿No eran acaso las mujeres agentes de sus propios cuerpos?¿Por qué condenaríamos al profesor obnubilado con una o quince estudiantes?¿Qué hacer para evitar la manipulación de nuestras estudiantes sin acudir a los reglamentos?¿Cómo invitarlas a desmantelar estos guiones de conquista y evitar verse envueltas en relaciones “legales”, pero tóxicas?¿Cómo evitar que las leyes y reglamentos universitarios no terminen por invadir cada esquina de nuestras vidas privadas con la excusa de proteger la sexualidad? Censurar las relaciones románticas entre adultos –como la que acabo de describir– dentro de un contexto universitario significaría sacralizar a las mujeres y, de paso, negarles toda agencia y autonomía. Pero desconocer la manipulación irresponsable y promiscuidad de estos profesores galanes también significaría mantener el status quo y favorecer por omisión la desprotección de nuestras estudiantes.

Frente a esta pendiente resbalosa de romance, un feminismo consecuente exige identificar y desmantelar cotidianamente los guiones de conquista tradicionales entre hombres y mujeres en contextos de posiciones asimétricas de poder. El romance en la academia exige que hombres y mujeres disputemos y reescribamos los guiones del amor en el contexto de la universidad en una sociedad patriarcal. Citando a María Pía López, iniciar la búsqueda por la redefinición de la trama de afectos con la que nos es necesario vivir.  ¿Cómo identificar si nuestras decisiones cotidianas desafían roles de género tradicionales? Una buena pista es imaginar a los sujetos en posiciones inversas. Por ejemplo, la profesora desesperada e insistente que escribe mensajes de amor y se confiesa víctima de sus circunstancia ante su estudiante predilecto (probablemente estupefacto) no nos parece tan atractiva como el profesor que glorifica a su mejor alumna.

Un feminismo consecuente nos exige a hombres y mujeres renunciar a las narrativas tradicionales patriarcales del romance e iniciar un entrenamiento introspectivo feminista. Como lo dije en mi columna anterior, el proyecto de la sociología del cuerpo puede también entregar información y entrenamiento para el pleno ejercicio de la agencia y la autonomía. Iniciar el hábito y prepararnos para reconocer momentos de gratificación y de incomodidad; exigir –a toda costa– reciprocidad en nuestras relaciones; definir sustantivamente cuanto exigir y cuanto ser exigidos; negociar y negarse cuando sea voluntad; entrenarse mentalmente para poner límites a las demandas personales y de otros (desde exigir usar preservativo hasta exigir formalizar una relación cuando sea necesario), identificar cuánto de culpa, cuánto de deseo, cuánto de amor, y cuánto de compromiso y agencia existe en nuestras relaciones. En general, calcular nuestro poder en nuestras relaciones y ejercerlo cuando sea debido.

En este sentido, el despliegue de políticas institucionales y reglamentos en contra del acoso sexual en las universidades puede encontrar un buen aliado en un entrenamiento mental, verbal y físico de hombres y mujeres que nos permita tanto identificar situaciones de asimetría como redefinir en modo feminista nuestros propios guiones de vida.

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[1] Suponiendo que, a diferencia de lo que sucede en contextos laborales o domésticos, las estudiantes no mantienen –o al menos no formalmente– una relación de dependencia económica con su contraparte en posición de poder. La dependencia profesor-estudiante es, a lo más, algo que podríamos llamar dependencia académica.