Por Andrés Baeza, Marcelo Casals, Andrés Estefane, Luis Thielemann

Soplan vientos amables para el escritor Jorge Baradit. Su último libro, Historia secreta de Chile, lleva meses en los primeros lugares del ranking de ventas y sus lectores aguardan ansiosos la aparición de la segunda parte. El mismo autor se ha encargado de cultivar esa ansiedad publicando fotos de sus notas de investigación, que si no apuntan a garantizar la calidad del producto en preparación al menos sirven para reforzar la admiración de quienes desconocen los secretos que hoy desentierra. Puede que lo de las fotos sea un gesto menor o un guiño cómplice para los amigos en las redes sociales, comparado con la maciza campaña publicitaria dispuesta por la editorial. A punta de eslóganes conspirativos, el mercadeo ha proyectado un potente halo purificador sobre el verbo de Baradit. El más brillante de todos, por su inconformismo con lo que enseña la teoría social, anuncia que este libro narra “la biografía no autorizada de nuestro país”. Podríamos citar muchos otros, pero de menor arrojo. Desde luego que la ubicuidad del libro confirma la efectividad de la campaña, pero no es la mejor de las pruebas. Con Historia secreta de Chile ha sucedido lo que la mayoría de quienes escriben esperan: que aparezcan ediciones piratas y se transen en ferias, terminales de buses y cunetas. Eso, para los egos insaciables, vale tanto como los rankings de ventas y los cheques por derechos de autor.

De lo que no cabe duda es que se trata de un fenómeno editorial importante y diríamos extraño tratándose de un libro de historia. Aunque hablemos de un trabajo de divulgación, la venia del mercado tiende a ser esquiva con esta temática. Hay anomalías, no falta la excepción, pero esa parece ser la norma. Por lo mismo conviene mirar el fenómeno de cerca y explorar su anatomía. No para extraer la receta, sino para explicarlo evitando esos atajos y simplificaciones que iluminan poco y casi siempre hacen daño. Lo que sigue es un intento por analizar algunas aristas de este fenómeno, con particular énfasis en la estrategia con la que el autor ha presentado su obra. Sobre la marcha, revisa también la manera en que Baradit ha construido una imagen del libro y de sí mismo degradando el trabajo de quienes llevan décadas dedicados al estudio y la enseñanza de la historia y su didáctica.

En primer lugar conviene aclarar que esto no se trata de defender las prerrogativas gremiales de los historiadores sobre su oficio. Se ha dicho que la historia es un asunto demasiado serio como para dejarla en manos de los historiadores. Tampoco se trata de desacreditar a la historia de divulgación como género. Cuando esos libros están bien armados, ofrecen síntesis valiosas de largas investigaciones académicas que en otras condiciones jamás llegarían a nuevos públicos. Lo valioso es que desde ahí contribuyen a la circulación y difusión de conocimiento especializado que por lo general se financia con el erario común. Ahora, cuando además esos libros están bien escritos, combinan lo anterior con la transmisión de saberes que moldean un sentido crítico de la realidad. Eso es precisamente lo que no sucede con el trabajo de Baradit. Su narrativa –una pegatina de anécdotas desestructuradas– instala una visión de los acontecimientos que divorcia a los lectores de una interpretación compleja de la realidad. Los deja más solos y empobrecidos de lo que estaban antes de leer el libro. Eso se debe en parte a la manía del autor de querer ungirse como un nuevo profeta de la historia, uno que iluminará a los ignorantes administrando sabiamente el develamiento de sus “secretos”. Una lectura de este tipo trasunta un carácter seudo-crítico de la historia, uno que al basarse en la mentalidad de la conspiración reduce la complejidad del conflicto social a una cuestión de verdades ocultas o versiones parciales que los conspiradores quieren mantener lejos del vulgo y que el profeta-liberador se encarga de desclasificar. La lógica que subyace a Baradit desfavorece así la función crítica del conocimiento histórico, función que ha sido la inspiración del trabajo de investigadores, profesores y maestros que han formado parte de la profesionalización de la disciplina desde hace ya varias décadas.

Otro de los problemas de Historia secreta de Chile tiene que ver con la manera en que el autor se apropia del conocimiento socialmente producido. Solo así puede entenderse el hecho de que Baradit presente como hallazgos suyos cuestiones ya sabidas, porque están publicadas, y que son el fruto del trabajo silencioso, metódico, y a veces anónimo, de decenas de investigadores y ayudantes que han pasado fatigosas jornadas en archivos y bibliotecas verificando e hilvanando pistas, trazos y referencias sueltas que luego se convierten en los insumos con que se componen explicaciones satisfactorias. Ese saber que nos pertenece a todos porque todos lo hemos financiado, es hoy enajenado y privatizado mediante una alquimia que se desentiende de esas deudas y que lleva el agua a un molino donde solo brilla el interés personal. Por eso mismo, por el carácter colectivo de la construcción de conocimiento histórico, es que la disciplina ha validado mecanismos universalmente reconocidos para referenciar el trabajo de otros. No es sólo una cuestión de ética profesional, tema de suyo ineludible, sino también una práctica de confiabilidad que permite al lector reconstruir las filiaciones de ese conocimiento que el historiador avanza. Se trata de un acto de honestidad intelectual ausente en el libro de Baradit y que tampoco repara en sus entrevistas o artículos de prensa. De hecho, en sus intervenciones escasean las citas a fuentes y trabajos historiográficos y eso nos lleva de vuelta a la condición de profeta que el autor se atribuye: como su relato se viste con los ropajes de la revelación, se torna innecesario comprobar su veracidad. Es lo que él mismo ha señalado al intentar explicar, de manera simplista, el interés que genera su obra: “hay interés por saber qué hay detrás del poder, saber lo que realmente ocurre, unas ansias de información veraz”. Sin mediación alguna, la condición de veracidad de su narrativa reposa únicamente en su carácter rupturista, en su divorcio de “lo oficial” y las oscuras tramas de “el poder”, o como quiera que él llame a ese misterioso juego de fuerzas capaz de engañar a todos, menos al profeta clarividente.

Lo curioso es que ni siquiera en su esfuerzo de revelación este trabajo resulta muy innovador. Si los culpables de la ceguera nacional son las elites empeñadas en blindar sus privilegios y las instituciones que los reproducen, se podría esperar que esta narrativa compensara dichas omisiones erigiendo una historia otra capaz de disputar la versión oficial. Pero eso no ocurre. Al contrario. Que para Baradit la historia siga siendo un asunto de elites se ve confirmado por el hecho de que sus revelaciones tienen como actores eminentes a las mismas elites. Si se concede el punto, gracias a su relato los lectores conocerían facetas desconocidas de esos grupos, pero el actor histórico por excelencia sigue siendo el mismo y lo estructural del relato “oficial” permanece intacto. Si invertimos el argumento, el pueblo como colectivo inteligente, el verdadero “negado” en la historia oficial, no protagoniza ninguno de los episodios baraditianos. En esa línea, parece que lo que realmente incomoda a Baradit no es el protagonismo elitario en la historia que él denuncia, como tampoco la secular invisibilización de los sectores subalternos, sino el desconocimiento de los detalles íntimos y poco graciosos de los mismos actores de siempre. Aunque desde cierto punto de vista sus impresiones puedan ubicarlo en una posición más progresista que la educación de la dictadura, su visión de la historia como una cuestión de elites lo sitúa en la retaguardia de la agenda de contenidos estudiados y enseñados por académicos y profesores desde hace al menos dos décadas.

De lo anterior arranca otro asunto, no menos grave, y apunta a que el prestigio del libro y el autor se han forjado sobre la reproducción de un desdén corriente en estos días y que se cierne sobre el trabajo de los profesores. Su afán de “desclasificación” de la historia se sostiene, como hemos visto, en la ficción de que existiría un guión oculto que no ha visto la luz. Y aunque no lo afirme taxativamente, sus palabras siempre deslizan una cuota de esa responsabilidad en nuestros profesores, ya sea por incompetencia o complicidad. De hecho, en sus entrevistas es común escuchar referencias al carácter incompleto de “lo que se enseña en el colegio” junto a afirmaciones más atrevidas respecto al currículum, que no sería más que “una arenga de patriotismo”. El hecho de que el autor sea invitado a ofrecer charlas en colegios, como al parecer sucede, no invalida este punto. Si queremos ser rigurosos, se puede argumentar que ya en 1965 el currículum de historia era más vanguardista de lo que él cree. Si bien podríamos aceptar el argumento de que su propia educación lo expuso a un relato deslavado de la historia, ello no le autoriza a caricaturizar los importantes avances en materia curricular que se hicieron en 1996-98,  2005 y 2009 y que apuntaban precisamente hacia una historia de procesos, más problemática, compleja y crecientemente ajena a los delirios de patriotismo que alguna vez tuvieron nuestros programas. Incluso la reforma de 2013 –pese a todas sus falencias–  tuvo la intención de conectar más estrechamente la historia de Chile con la historia mundial, insistiendo en que el país apareciera como actor y no como mero receptáculo de los procesos globales. Todos estos antecedentes, que presentamos aquí en el trazo grueso, reflejan que Baradit interviene desde un preocupante desconocimiento de lo que ha sido la enseñanza de la historia en las últimas décadas.

Veamos un ejemplo. En la introducción a su libro, Baradit plantea una serie de preguntas bajo la lógica de “cuándo se enseñará” esto o aquello. Vale decir, el problema de la enseñanza se reduciría a que hay varias “historias” que no se han estudiado debido a un plan deliberado de ocultamiento. Lo que él busca, entonces, es sacarlas a la luz para que la historia quede “completa”. Con ese tipo de razonamiento, que podría desestabilizarse desde diversos frentes, Baradit se sitúa en el paradigma contenidista y prescriptivo de la enseñanza de la historia, que se traduce en la definición de una serie de materias que deben ser enseñadas en el aula sin justificación alguna. Dicha visión, como se puede intuir, deja poco espacio a la autonomía tanto del docente como del estudiante, lo que atentaría contra el desarrollo de habilidades de “pensamiento histórico”, que hoy se consideran más relevantes y complejas que el tradicional “análisis de fuentes”. Es más, la tendencia actual se mueve en sentido inverso, es decir, hacia un currículum “mínimo” que prescriba solo “trazos anchos” de la historia a modo de objetivos de aprendizaje y con fuerte énfasis en el desarrollo de habilidades. Por ende, no es tarea del currículum prescribir un objetivo que apunte a, por ejemplo, saber los nombres de los ejecutados en la Matanza del Seguro Obrero. El abordaje de un asunto así de específico solo va a depender de que un profesor lo estime relevante en función de una reflexión particular. En definitiva, si se descarta el tratamiento de ese episodio con ese nivel de detalle, ello se debe a que no reviste importancia en el marco de aprendizajes de mayor alcance.

En suma, y a pesar de lo que las estrategias de marketing aconsejen decir, la historia que hoy se aprende en los colegios está lejos de la cantinela patriotera del ayer y de las conspiraciones de última hora que Baradit se propone desbaratar. Asimismo, decir que los “libros de historia son manuales motivacionales donde tienes que verte lindo” es derechamente banalizar y desacreditar el trabajo serio y ponderado de profesionales de la historia y la educación que durante décadas han participado en el mejoramiento de nuestros todavía perfectibles currículos y textos de estudio. Por lo pronto, sería prudente que en la promoción de la segunda entrega el autor se muestre algo más respetuoso del trabajo ajeno, en especial de la labor de nuestros docentes, esos que se desempeñan en el ingrato sistema educacional y que, nos consta, entregan un conocimiento más actualizado, complejo y de un rendimiento cívico superior a las fantasías pretéritas en las que viven los críticos de turno.