La Concertación está en descomposición y la candidatura presidencial de Alejandro Guillier es uno de los hechos que lo evidencian. En esta columna explicaré las premisas de tal afirmación. Comenzaré mediante una breve caracterización de la Concertación en cuanto estructura partidaria, para a continuación explicar la teoría detrás de la afirmación de su descomposición, y concluir mediante un análisis de las dinámicas de mediano plazo que permiten caracterizar la candidatura de Guillier como una señal de descomposición del proyecto concertacionista.

La Concertación como complejo orgánico partidario

La Concertación es una coalición de partidos que compite electoralmente por el control político del estado dirigiendo al electorado una oferta política compuesta de ideologías y diagnósticos de la realidad nacional. En eso no se distingue de la coalición de derecha con la cual se ha disputado desde 1989 las elecciones presidenciales. Por ello, en este texto emplearé la categoría de complejo orgánico partidario a fin de conceptualizar la particularidad que le diferencia estructuralmente de la derecha. En efecto, a diferencia de ella, y por debajo de la ambigüedad y carácter difuso que caracterizan hoy en día a las ideologías y diagnósticos de ambas coaliciones, en el caso de la Concertación debajo de los velos de la ambigüedad discursiva yace una fragmentación real. El término complejo orgánico partidario busca evidenciar, precisamente, que la Concertación no es un todo homogéneo, sino que uno estructurado por fisuras o antagonismos que detentan para el complejo una importancia constitutiva. Y si bien su fisura fundacional fue aquella que dividía a los antiguos adversarios demócrata cristianos y socialistas, la que en el marco del retorno al gobierno de partidos políticos cimentaba la posibilidad de representar a la Concertación como un símbolo de la capacidad de dejar atrás las divisiones pre-1973, la fisura fundamental que ha estructurado su existencia interna de manera clara desde mediados de los 90’ no ha sido tanto la división partidaria del pasado como la polaridad que ha dividido al concertacionismo entre autoflagelantes y autocomplacientes frente a la evaluación de mediano plazo del ejercicio concertacionista del gobierno.

Si la fisura autoflagelantes/autocomplacientes ha detentado para la Concertación un rol tan importante como el de constituirle es porque le ha servido simultáneamente como relato antagónico interno, como ventaja competitiva en lo político-electoral, y como mecanismo de adaptación a su rol constitucional. En primer lugar, mirando desde la perspectiva concertacionista, desde ‘la interna’, esas fisuras se ven como clivajes que crean adversarios cuya derrota imaginaria le ofrece a la militancia y la dirigencia un relato épico que mira hacia un futuro de regeneración concertacionista y restauración del proyecto original, sea como sea que cada quien entienda eso. El autoflagelante cree que la Concertación se regenerará mediante un regreso a su alma socialdemócrata, mientras que el autocomplaciente cree que ello ocurrirá a través del retorno a la ‘democracia de los acuerdos’ y del reposicionamiento al interior de la coalición de grandes ‘estadistas’ que tomen decisiones fundándose no en la ‘pasión’ ni el ‘cálculo’ político sino en la razón técnica. La tendencia que imprime esta dinámica es que tanto el autoflagelante como el autocomplaciente concluyen que su rol es estar dentro de la Concertación para ‘disputar’ su ‘alma’. Cabe observar que, al ser esto una tendencia estructural, los actores concretos que desempeñan una u otra posición pueden ir cambiando, situación que queda más que clara al pensar en la conversión de la autoflagelancia a la autocomplacencia de parte del PS-PPD cuando Ricardo Lagos llegó a la Presidencia; de ahí, por ejemplo, que no baste con apuntar a las candidaturas presidenciales que el Cieplanismo o la Democracia Cristiana levantaron recientemente para señalar que esa fisura desapareció, puesto que nuevos actores pueden pasar a desempeñar el papel de la autoflagelancia. Lo interesante de esta fisura es que ella ha funcionado en el mediano plazo no como una debilidad que destruya por sí misma a la Concertación, sino como un mecanismo que posibilita cuotas de regeneración en el tiempo a través del antagonismo interno. En segundo lugar, mirando desde fuera de la Concertación, se percibe que dichas fisuras no están ahí para ser superadas o resueltas; por el contrario, son contradicciones de cuya preservación depende la continuidad misma del complejo orgánico partidario, pues ellas le permiten expandirse hacia su derecha y hacia su izquierda copando espacios políticos y electorados desde los que podrían nacer cuestionamientos a sus estrategias y decisiones fundamentales o a sus criterios de distribución y ejercicio del poder y de sus prerrogativas. En tercer lugar, mirando ‘desde arriba’ del sistema institucional, esas fisuras se revelan como una contradicción interna que neutraliza desde adentro la agencia política del conglomerado, acoplándose así la realidad política del complejo orgánico partidario en cuestión con la necesidad objetiva de un entramado constitucional diseñado para evitar los cambios. Aquí se cumple la idea del teórico constitucional italiano Costantino Mortati, quien en su libro La constitución en sentido material sostuvo que una constitución que busque organizar programáticamente el ejercicio del poder político necesita contar con un partido político idóneo, ya que, como agente que ejerce desde el ejecutivo y el parlamento lo que él denominó como la función constitucional de dirección política (indirizzo politico), el partido le da identidad existencial y contenido material a la constitución. Y una constitución diseñada para impedir el cambio necesita, efectivamente, una orgánica partidaria organizada para impedir el cambio.

Todo ello explica que la Concertación sea la orgánica política que le dio su identidad específica a la Transición en cuanto régimen político, es decir, en cuanto período histórico que evidencia continuidades significativas en la forma de organizar y ejercer la función constitucional de dirección política. La particularidad concertacionista de la Transición como régimen político es que en esta fase histórica el gobierno se ejerce dentro de los márgenes constitucionales del neoliberalismo, los cuales son asumidos por la Concertación como la “medida de lo posible” de su política.

Ciclos vitales en la dinámica política

Como he observado en una columna anterior, la Transición como régimen político está en una crisis que también puede ser descrita como parte de un proceso de descomposición. ¿Cómo puede ser posible afirmar que una orgánica política o un régimen político estén en descomposición? Eso depende de una premisa teórica crucial, consistente en la utilización de la idea de ciclo vital como elemento organizador de una teoría de la dinámica política. Como sugieren O’Rand y Krecker (1990), la elaboración de teorías sobre algún aspecto de la vida social que hagan uso de la noción de ciclo vital puede ir más allá de su utilización como mera metáfora o imagen para elevarla en modelo teórico explicativo que, para conceptualizar el fenómeno estudiado, recurre instrumentalmente a los elementos que caracterizan los procesos de reproducción de las poblaciones naturales, donde existen etapas de nacimiento, crecimiento, maduración y muerte que vinculan el destino de los individuos con la sobrevivencia de la especie a la que pertenecen. En el caso de las orgánicas, regímenes y otras entidades del mundo político, evidentemente, el factor que articula estas etapas no es la genética ni tampoco la selección natural, sino el efecto cumulativo de las interacciones entre los actores políticos, interacciones que generan en dichos actores y en quienes les observan expectativas de comportamiento futuro, y que en ocasiones producen instituciones que se incorporan también como actores a la dinámica política.

Si es posible pragmáticamente construir teorías de la dinámica política que empleen como marco teórico la noción de ciclo vital es porque los actores individuales y colectivos en política enfrentan un desafío análogo al desafío de la sobrevivencia que se presenta para los individuos y las poblaciones, desafío que consiste, como observara Maquiavelo, en la obtención y mantención del poder, y que genera similares dinámicas de reproducción intergeneracional y riesgos de sucumbir. Emplear el concepto de ciclo vital como modelo teórico para la política supone, desde luego, adecuarlo a las diversas realidades que son estudiadas, con sus respectivos órdenes de magnitud. En este caso, no es lo mismo hablar del ciclo vital de un dirigente político, de una orgánica política, o de un régimen, si bien existen claras interconexiones entre estos distintos niveles. Un importante desafío teórico es el de identificar tales conexiones. Un ejemplo lo ofrece la teoría sobre el liderazgo político presidencial de Stephen Skowronek (1993), quien plantea que en la historia política de Estados Unidos la Presidencia ha sido utilizada por líderes fundacionales como Jackson, Lincoln, Roosevelt o Reagan que “reconstruyen” la política norteamericana fundando regímenes políticos y movilizando partidos programáticos para su preservación futura. Los recursos institucionales de la Presidencia y los recursos políticos de los partidos son posteriormente empleados por presidentes “articuladores” para preservar la estabilidad y sobrevivencia del régimen. Pero con el paso del tiempo el régimen se anquilosa tras contraer compromisos con intereses creados, el partido pierde la imagen renovadora que alguna vez tuvo, comienza a perder adherentes o espacio político, y así tanto el régimen como la hegemonía del partido pueden terminar “fragmentándose” frente a los ojos de un presidente incapaz de hacer frente a nuevos desafíos, creando espacio para que nuevos líderes intenten alcanzar la presidencia y, de la mano de orgánicas revitalizadas, funden un nuevo régimen político.

La teoría de Skowronek nos sugiere que la vitalidad de un régimen político depende de la vitalidad de la orgánica partidaria que le da sustento, lo cual a su vez está también relacionado con las cualidades del liderazgo presidencial disponible. Pero este no se ejerce en el vacío, sino que se ve constreñido por las expectativas históricamente construidas de los demás actores políticos y por los compromisos institucionales del régimen político, expresados en iniciativas llevadas a cabo por sus predecesores que quedaron formalmente incorporadas a los objetivos y los medios de acción del conjunto de los órganos estatales. Hay, entonces, vasos comunicantes entre el nivel individual del liderazgo presidencial, el nivel colectivo de la orgánica partidaria, y el nivel constitucional del régimen político, los que transmiten dinámicas de vitalidad y dinámicas de descomposición. Entre las primeras se encuentran todas aquellas formas de interacción que acrecientan el liderazgo individual del conductor de una orgánica, la popularidad de la orgánica misma, y la estabilidad y legitimidad del régimen, mientras que entre las segundas se encuentran aquellas que hacen decrecer estas variables por debajo de límites permisibles, permitiendo la derrota política del líder, la desaparición de la orgánica, y, en caso de que el régimen no logre encontrar un reemplazante que le de renovado sustento, la sustitución del régimen por otro.

La Concertación en descomposición

Que la Concertación esté en descomposición significa que en el actuar colectivo de esta orgánica y en sus interacciones con otros agentes políticos prevalecen dinámicas que posibilitan que, cual cadáver, pierda materia y energía de manera descontrolada. Un importante plano en el cual transcurre esta dinámica es el justamente el de la renovación del liderazgo presidencial en el tiempo. En ese sentido, no cabe duda de que hay características de la candidatura de Guillier que son evidencia suficiente de cierta descomposición organizacional, como el hecho mismo de que se trate de un advenedizo en la orgánica partidaria que representa electoralmente, o la elocuente inexistencia material de un programa presidencial, artefacto cuyo sobrecargado simbolismo en la historia política moderna chilena le vuelve imprescindible para toda candidatura presidencial que goce de salud.

Sin embargo, no es razonable asentar la afirmación de que una orgánica está en descomposición en un análisis de la coyuntura de corta duración. Las últimas elecciones no son la causa ni tampoco la manifestación teóricamente más relevante de la descomposición, sino que representan una señal que debe ser puesta en el largo plazo para adquirir la verdadera significación que han tenido: la de erigirse en intersección crítica que superpuso patrones recurrentes de larga duración, como aquel que he denominado anteriormente como dinámica hegemónica transicional, y que constituye una variedad de lo que Gramsci denominara como ‘restauración progresista’, con cursos causales de eventos coyunturales de mediana y corta duración.

En ese sentido, una manifestación de gran importancia teórica de que una orgánica experimenta procesos de descomposición consiste en que los propios actores que la integran bloquean, sin buscar ni desear ese resultado, los mecanismos que permitirían la regeneración en el tiempo de ella. En el caso de la renovación del liderazgo presidencial, hay razones para pensar que esto ya ha estado ocurriendo, a juzgar por la dificultad que ha tenido la Concertación en construir liderazgos presidenciales que no estén arraigados en la sociabilidad partidaria anterior a 1990: si Aylwin y Frei fueron resabios de la política pre-1973, Lagos lo fue de la política en dictadura. Michelle Bachelet aparece hasta el momento como el único liderazgo de dimensiones presidenciales producido por el concertacionismo en postdictadura.

Producir un liderazgo de dimensiones presidenciales no es un asunto que dependa de la pura voluntad de los potenciales candidatos, sino que depende en gran medida de los activos y pasivos políticos que le ofrezca al potencial candidato su orgánica partidaria, incluyendo la existencia de canales institucionales para la producción de nuevos liderazgos, así como del espacio político disponible en el espectro electoral. De ahí que cobre importancia para la comprensión del desarrollo político en el mediano plazo la primera candidatura presidencial de Marco Enríquez el año 2009. El rechazo a su precandidatura por parte del Comité Central del Partido Socialista, controlado políticamente por barones parlamentarios y operadores regionales del ejecutivo que lo percibieron como alguien cuya inestabilidad personal y discurso radical representaba una amenaza para los equilibrios internos de la coalición, evidenció de manera elocuente la operación al interior de la misma de mecanismos de bloqueo de liderazgos presidenciales. A partir de ese momento, cualquier lector de El Príncipe pudo incorporar con claridad una anotación en su mapa político dando cuenta de que disputar el poder dentro de los partidos de la Concertación, no incluso sino particularmente en el caso del Partido Socialista, estaba constitutivamente vedado para proyectos que no contaran con la venia de los controladores de la orgánica respectiva. La segunda razón por la cual fue importante la candidatura de Marco Enríquez, para este análisis, es porque ella hizo explícito que la dinámica política transicional estaba abriendo un espacio político a la izquierda de la Concertación que comenzaba a hacer viable una alternativa presidencial electoralmente competitiva, espacio que se intensificó con la reintensificación del ciclo de protesta estudiantil el 2011. Lo interesante aquí es que el surgimiento de una alternativa competitiva transforma a la fisura interna ya no en un factor de vitalidad orgánica sino de descomposición entrópica, lo que podría explicar a su vez el desorden que también está afectando al flanco derecho de la Concertación.

Que no haya sido Enríquez sino el Frente Amplio quien capitalizó políticamente la nueva situación en las recientes elecciones es materia para otros análisis. Por ahora baste concluir estas líneas señalando que la descomposición de una orgánica desencadena dinámicas que, si bien se despliegan en el tiempo y por lo tanto son cronológicamente irreversibles, no son determinantes absolutos de la acción futura, y por lo demás dependen del cambiante escenario para producir sus efectos. Esto es de vital importancia para entender no sólo la pregunta sobre el ciclo vital de la Concertación, sino también la pregunta, más importante, sobre la vitalidad del régimen político de la Transición. Tal como la incorporación del Partido Comunista a la Concertación recompuso su fisura fundamental interna, lo que le permitió, dentro de los márgenes de lo posible, volver a cubrir su flanco izquierdo, así mismo el régimen político de la Transición, en cuanto período de la historia en que la función de dirección política está contenida dentro de los límites constitucionales del neoliberalismo, puede verse revitalizado políticamente mediante recomposiciones de la oferta orgánica disponible.