La muerte de Agustín Edwards Eastman el pasado 24 de abril, otra vez recuerda que no es posible permanecer indiferentes frente al rol de la prensa, y que es relevante y necesario pensar críticamente su función en la reproducción de la política chilena. Para ello, el trabajo de Marcuse en el que se inspira el título de esta columna, es lúcido en cuanto desafía el dogma liberal de las bondades inmutables del principio de la tolerancia. Marcuse (1965) advierte que el ejercicio de los derechos políticos no siempre es liberador. Bajo ciertas condiciones puede servir los intereses de quienes buscan prevenir el cambio social y por ende, el ejercicio de la libertad de expresión puede terminar reforzando y legitimando un statu quo opresor.

Por cierto, el análisis de tolerancia represiva se refiere a otro tiempo y espacio: a un capitalismo industrial en una sociedad desarrollada. Pero el punto central mantiene su vigencia, en cuanto a que en sociedades caracterizadas por una concentración del poder, los derechos políticos son subvertidos y la tolerancia corre el riesgo de devenir en represora.

Ahora bien, se puede entender que la descripción de la esfera pública nacional bajo estos términos resulte para algunos una simple exageración. ¿Represiva? Mal que mal, dirán, ¿no existe acaso, Internet, las radios, la televisión? ¿No ha surgido el Frente Amplio? ¿No se ha declarado el derrumbe del “modelo”? ¿No son dos periodistas los actuales precandidatos a la presidencia? Ante tales cuestionamientos, solo cabe responder sí, sí, sí y sí, pero…

Y sobre ese ‘pero’ se desarrolla esta columna. Porque la muerte de Edwards vuelve a resituar el rol de El Mercurio como símbolo de la vigencia de un orden social que no logra ser superado. Ese orden se caracteriza por una relación instrumental con la libertad de expresión, ya que requiere de su ejercicio para legitimarse, pero a la vez es ¿consciente? que sólo a través de su ejercicio constante y continuo puede germinar su derrota.

Obviamente, ninguna estructura de poder, por más autoritaria que sea, puede prescindir de los medios para informar a los ciudadanos. Los hechos no se entregan de forma directa como quien pide un delivery de comida rápida. Si la información es el objeto y la comunicación el verbo, los medios de comunicación son los actores principales en ese rol mediador (y bajo el dogma liberal, jamás sujetos políticos); nadie mejor que Agustín V para instruir acerca del uso instrumental que el propietario hace del derecho de libertad de expresión:

“debemos dar la noticia completa e indeformada (sic). Pero las conclusiones que de ella deduzcamos serán las que válidamente nos dicte nuestra línea editorial, indicando no sólo lo que vemos, sino cómo lo vemos y por qué lo vemos” (editorial El Mercurio, 25 de abril 2017).

De ahí la importancia que han tenido en la historia política del país las editoriales de El Mercurio. A través del diario una clase social y económica determinada ha sido privilegiada en cuanto a representar en la esfera pública lo que vemos, cómo lo vemos y por qué lo vemos. En efecto, de acuerdo a Portales, El Mercurio llevó a cabo una campaña de difusión del libre mercado desde mediados de los sesenta y a partir del gobierno de Frei “se inicia un periodismo de campaña política” (1981:116), lo que refuerza la opinión de Joaquín Fermandois cuando afirma que “El Mercurio era en sí mismo un polo político” (2013:503). También, el temprano estudio de Vergara, donde analiza la primera etapa de la dictadura, destaca la influencia que –a través de sus editoriales– ejerció El Mercurio para consagrar la misión refundacional del régimen. Por lo demás, así lo resume el propio miembro y presidente de la llamada Comisión Ortúzar en la sesión Nº 241 del 4 de agosto de 1976: “si se hubiera expropiado El Mercurio en el régimen anterior, [cree que] habría sido muy difícil para el país haberse liberado del régimen marxista”. Sólo Tironi puede intentar ahora devaluar su rol.

Pero la tolerancia represiva no comienza ni termina en El Mercurio, aunque –como bien lo señalara Edwards- los medios tienen la facultad para representar los hechos, pero además, presentan cómo y por qué lo ven. En el cumplimiento de su función informativa pueden estructurar un discurso político que es esencial para la constitución o neutralización de los sujetos políticos. Junto con esa representación a través de los medios, la constitución de los sujetos precisa del lenguaje, que en política no solo sirve como simple retórica. El vocabulario político tiene esa capacidad de inspirar, persuadir, animar, enrabiar y movilizar que permite el surgimiento de los sujetos capaces de liderar y encauzar cambios en la sociedad. La tolerancia represiva sólo puede impulsar su abandono.

Un ejemplo de ello es precisamente lo que pasa con el Frente Amplio. A pesar de surgir de las fuerzas políticas más críticas a los gobiernos de la Concertación y a la política neoliberal, se presenta a sí mismo como una coalición que prescinde de la categoría política ‘izquierda-derecha’. La razón de dicho abandono seguramente tiene muchas explicaciones, pero al menos una de ellas puede tener relación con la estructuración represiva del discurso. Porque, sin importar que se auto-neutralizaran de partida, se les acusa de sectarios. Desde diferentes podios se afirma que se trata de un grupo moralista, pedante, ingenuo, ignorante y acomodado. Dejando de lado el hecho de la neutralización, se repite que sus miembros no entienden “la política”, ya que la practican como una cuestión pseudo-religiosa, cuando no derechamente redentora. Así, la vigencia del estado de tolerancia represiva, atribuye todos los males (sean estos reales o ficticios) al eventual sujeto político en gestación.