Se definen como políticas de estado aquellas de alcance duradero que trascienden los gobiernos y que persiguen los intereses de mediano y largo plazo del cuerpo social. Como políticas de gobierno, entendemos aquellas que dan cuenta de los objetivos programáticos de un gobierno en particular y, por lo tanto, su alcance temporal es más limitado que las primeras. No obstante, en un estado democrático que funciona, se espera que las políticas de gobierno sean concurrentes con las políticas de estado.

La reacción del Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, ante la tragedia que habría significado la muerte de civiles inocentes en Siria, a raíz de un supuesto bombardeo con armas químicas por parte de la fuerza aérea del Presidente de la República Árabe de Siria, Basher Al-Assad, de alguna manera reafirma nuestra intuición de que la política exterior del país del norte habría sido “privatizada” y, por tal motivo, no solo está atenta a satisfacer los intereses de los grupos de presión corporativos, sino que también es muy reactiva a la publicidad de los medios de comunicación.

En otras palabras, no se necesita mucho para que una aparente política de estado se transforme en política de gobierno, éstas más sensibles al desarrollo de los acontecimientos coyunturales, muy similar a la inmediatez de las decisiones de mercado. Días antes, como un ejemplo de formulación de aquellas, Trump había expresado su “convicción” de que la estrategia política norteamericana debía considerar a Al-Assad como el legítimo gobernante sirio y que el objetivo común con él era el combate en contra del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS o Daesh).

En estos días, sin embargo, haciendo uso de toda la emotividad que puede causar la publicación de fotografías y vídeos de niños quemados y seres humanos sacrificados, Trump ha utilizado la oportunidad para aparecer como el “vengador benigno”, bombardeando instalaciones militares del gobierno sirio. La acción, además de violar las leyes internacionales, constituye un involucramiento directo de los Estados Unidos en la guerra civil del país árabe que su antecesor, Barack Obama, había tratado de evitar. Esto demuestra la discontinuidad de las políticas exteriores y de seguridad de la superpotencia.

Eric Trump, hijo de Donald, declaró ante el Daily Telegraph de Londres que su padre fue influido por su hermana Ivanka, “afectada por la atrocidad”, para que tomara represalias en contra de Siria. Si esta información del NYT (11.04.17) fuese cierta, las políticas de Donald Trump caerían en la categoría de una banalidad letal para la paz mundial.

Para complicar la situación, Trump ordenó bombardear los alrededores del área afectada por las supuestas explosiones químicas en las inmediaciones de la ciudad siria de Idlib, lo cual ha dificultado las investigaciones de expertos internacionales para esclarecer las verdaderas causas de la presunta tragedia, si es que alguna vez tuvo lugar.

La mayor parte de los gobiernos aliados de los Estados Unidos apoya la versión de la culpabilidad de Assad, mientras que Rusia afirma que es posible que las bombas de la fuerza aérea siria hayan dado con depósitos de gas sarín, ocultados a propósito por los rebeldes sirios.

Por su parte, el gobernante sirio niega poseer armas químicas y asegura que se trata de un montaje publicitario, un plan urdido entre servicios de inteligencia y medios de comunicación controlados por el gobierno americano. A su juicio, tal bombardeo nunca tuvo lugar.

La versión de Assad podría tener asidero, si se consideran ciertos antecedentes históricos de comportamiento de los estados agresores en Medio Oriente. Así, los gobiernos de Estados Unidos y del Reino Unido, en colusión con los servicios de inteligencia y la prensa occidental, aseguraron que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masivas (ADM) y que estaba ligado a Al-Qaeda y los atentados del 11/9.

Se trataba, sin embargo, de una campaña publicitaria para justificar ante la opinión pública la invasión realizada a Irak en Marzo de 2003 y el derrocamiento y ajusticiamiento del autócrata iraquí por parte de una coalición formada por los gobiernos de George W. Bush y de Anthony Blair. Una acción a la cual el gobierno alemán de la época se opuso por considerar que violaba el espíritu de la Resolución Número 1441 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, organismo que desarrollaba una inspección in situ a cargo del diplomático sueco Hans Blix.

Meses más tarde, las investigaciones de la Comisión Especial Silberman-Robb, junto a otra indagación preliminar del Comité de Inteligencia del Senado, demostraron que los informes habían sido falseados por la propia comunidad de inteligencia, a instigación del gobierno de Bush. Es decir, la decisión política ya había sido tomada por el ejecutivo y se exigió a la inteligencia estratégica proveer argumentos para el ataque, engañando así al Senado para obtener su aprobación. Nunca se encontraron ADM en Irak ni tampoco se demostró algún nexo entre Al-Qaeda y el gobierno iraquí derrocado.

Lo descrito más arriba demuestra lo admisible de la afirmación de Assad.

Por otra parte, las presiones y el boicot de algunos poderes fácticos norteamericanos sobre el gobierno de Donald Trump, quienes se sienten afectados por la explícita intención del mandatario de mejorar las relaciones con Rusia, estaría dando sus resultados.

En efecto, desde que asumió Trump, ciertos medios de comunicación no han cesado de exponer presuntas relaciones de interés económico entre el magnate inmobiliario y el gobierno ruso de Vladimir Putin, pasando por destacar el rol del Secretario de Estado, Rex W. Tillerson, como ex máximo ejecutivo de la empresa petrolera Exxon, con intereses en Rusia, a la relación personal del yerno de Trump, Jared Kushner con jerarcas rusos como, así mismo, las supuestas maniobras de espionaje cibernéticos llevadas a cabo por el gobierno ruso, con el propósito de favorecer la elección de Trump en detrimento de Hillary Clinton.

Ocurre que el establishment que apoyaba la candidatura de Clinton incluía a las industrias de armamentos, el llamado complejo militar-industrial. Mientras que los grupos de presión detrás de la candidatura de Trump representan intereses inmobiliarios, financieros y energéticos, entre otros.

Por lo anterior, a las industrias de armamentos de ambos lados del Atlántico Norte, no les produjo ninguna gracia la relajación de las tensiones con Rusia, prometidas por Trump en su campaña, pues ello afectaría directamente a la venta de sus productos.

Una de estas manufacturas, los aviones caza bombarderos ofertados por los diversos fabricantes europeos y norteamericanos y que reemplazarían a los ya anticuados F-16 en casi todos los países de la OTAN, constituye un negocio multimillonario. (Redseca)

La adquisición de nuevos armamentos implica un gasto estatal difícil de justificar políticamente para los gobiernos europeos, ya que hasta ahora han aplicado una política fiscal de austeridad en vista de las consecuencias de la crisis financiera que se originó en 2008, y que aún mantiene sus efectos. Al respecto, cabe señalar que los remanentes del estado de bienestar europeo han sido reducidos por las políticas de ahorro de la Unión Europea.

A no ser que una nueva Guerra Fría, justifique ante los contribuyentes europeos tal desembolso, para el lobby militar-industrial, una política de distensión con Rusia sería un despropósito, anatema para sus intereses.

Consecuente con lo anterior, los grupos de presión han intensificado su campaña para boicotear el anunciado acercamiento del gobierno de Trump con el gobierno de Vladimir Putin apuntado a dirimir en conjunto los complejos problemas geopolíticos, especialmente la guerra civil en Siria.

El prematuro ataque a Siria ordenado por Trump, antes de investigar más a fondo los hechos y que ha tenido como uno de sus efectos más destacables el deterioro manifiesto en la relación Trump-Putin, puede ser el resultado de la presión mediática a que nos referimos la cual, en última instancia, ha contribuido a mermar fuertemente la popularidad del gobernante.

Aun bajo una presidencia tan impredecible como la de Trump, el brusco cambio de política, desde el entendimiento a la confrontación con Rusia, no puede sino tener consecuencias nefastas para la estabilidad, no solo en Medio Oriente, sino a nivel mundial.

Una vez más, la irresponsabilidad e ignorancia de algunos gobernantes americanos y europeos, ha destapado la botella del genio del mal. Con el derrocamiento del gobierno secular de Saddam Hussein en 2003, crearon un estado fallido allí en donde existía gobernabilidad y derribaron el muro de contención a la yihad islámica, dejando las puertas abiertas a las operaciones del Estado Islámico en Medio Oriente.

En Libia, al derrocar a Muammar Gadaffi, transformaron también un estado gobernable en uno fallido. Libia es hoy un territorio sin ley, bajo un magro control de un gobierno precario. Los miles de refugiados que arriesgaron su vida atravesando el Mediterráneo en débiles embarcaciones, luego del asesinato del líder árabe, es prueba fehaciente de la responsabilidad de Occidente (OTAN).

Ahora pretenden concluir su trabajo, intentando derrocar al gobierno laico de Basher Al-Assad, y terminar por transformar al estado sirio en un estado fallido, lo cual dejaría el campo libre a los grupos terroristas islámicos.

Desde una visión geopolítica y económica, en los dos primeros casos se trataba de apropiarse de las mayores reservas de petróleo del Levante. En el caso de Siria, se trata de permitir el acceso sobre su territorio de un oleoducto desde el Golfo Pérsico hasta el puerto sirio de Tartus, en el Mediterráneo oriental, actualmente base naval rusa.

A nuestro juicio, es necesario investigar y exponer las raíces políticas y económicas de los conflictos de hoy, que promueven los gobiernos occidentales y sus grupos de poder tras ellos. De lo contrario los ciudadanos del mundo quedaríamos expuestos a la manipulación maniquea de nuestros sentimientos por parte de los medios de comunicación, cuando nos presentan relatos e imágenes de hechos y lugares de los cuales no somos testigos presenciales. De esta manera los poderes disfrazan su codicia y su violencia como acciones salvadoras o “democratizadoras” las que, en última instancia, se convierten en actos de inhumanidad.

El volátil Donald Trump, al parecer carente de una visión de largo plazo, se ha prestado para el juego. Sin embargo, lo que menos tienen los grupos de poder es volatilidad, ellos mantienen firmemente sus objetivos de acumulación de largo plazo. De aquí nuestra noción de que las políticas de estado en los Estados Unidos, en la práctica, sólo obedecen a los intereses corporativos privados, en desmedro del ciudadano americano común.