Distintas investigaciones en el área de salud pública han descubierto que los hombres a toda edad emprenden prácticas eróticas en solitario –desde fantasías sexuales a masturbación– en mayor proporción que las mujeres en casi todo el mundo (Herbenick et al, 2010). La situación en Chile se corresponde a estos datos. De acuerdo a Conejeros y Almonte, el 97% de los adolescentes hombres practica masturbación en solitario, mientras que las mujeres de la misma edad solo lo hace en un 33,06% (2009). Las investigaciones ni en las ciencias médicas ni sociales han logrado determinar ni las causas ni las consecuencias de esta brecha de género. La cultura popular y las redes sociales han explorado intuitivamente el fenómeno. Son interesantes, por ejemplo, las similitudes entre estos recientes videos de un youtuber chileno y un youtuber australiano, donde ambos les preguntan a distintas mujeres si se masturban. (No está demás mencionar que los entrevistadores parecen disfrutar cínicamente el dominio sobre la conversación).
¿Qué es lo que se sabe al respecto? Los investigadores saben, por ejemplo, que la brecha se extiende al desconocimiento de la propia anatomía. Estudios en Estados Unidos, por ejemplo, reportan que la mayoría de las mujeres norteamericanas declara no ser capaz de identificar sus clítoris, no haber explorado jamás sus propios genitales, y no reconocer sus orgasmos. Los autores oscilan entre atribuir este fenómeno a la diferente anatomía de los cuerpos (Coleman, 2003) o la forma en que hombres y mujeres somos entrenados en sociedad (à la Foucault). Muchas mujeres en entrevistas reportan que se sienten incapaces de detectar las conductas sexuales que les entregan gratificación o que les producen incomodidad o malestar (Fisher, et al, 2010). Dado que los programas educacionales alrededor del mundo no abordan el tema –acompañado de una evidente tabuización del placer– el fenómeno no debiese sorprendernos (McCaughey and French, 2001). La mayoría de las mujeres –en distintos países– afirma que su bienestar sexual y conocimiento sobre sus cuerpos suele también depender de la presencia de un compañero o compañera. Muchas mujeres reportan que desconocen las formas de obtener placer en solitario y diversos estudios indican que un gran porcentaje es indiferente al aprendizaje de recibir u ofrecer placer (Fahs & Swank, 2013).
Las investigaciones también sugieren que existen poderosas razones para creer que la relación que el individuo establece con su cuerpo conecta con su posterior despliegue social (Coleman, 2003; Young, 1980). ¿Se reduce esta conexión al descubrimiento de la sexualidad? Al respecto hay más preguntas que respuestas. No hay investigaciones que expliquen la conexión entre el conocimiento que el individuo tiene sobre su cuerpo y su posterior desempeño social (Das, 2015). Según la corriente de la sociología del cuerpo, ser capaces de desarrollar la propia capacidad erótica, inteligencia, curiosidad o creatividad puede ser tanto beneficioso para obtener bienestar sexual como para poder identificar y demandar gratificación y expresar sentimientos de incomodidad o rechazo en diversidad dimensiones de la vida social más allá de lo sexual (y surge con esto la incógnita sobre su impacto en lo laboral, familiar, social, deportivo, artístico o educacional). La experiencia del cuerpo también permitiría, por ejemplo, fortalecer el manejo y control sobre el tiempo y privacidad, reconducir sentimientos de culpa o disminuir la ansiedad social (que también está demostrado ser más prevalente en mujeres).
Sería interesante que hombres y mujeres se sumaran a un proyecto social de entendimiento del cuerpo. Con todo, este proyecto debería evitar la ingenuidad de creer que la sola transformación del conocimiento y la experiencia del cuerpo pueda por sí misma alterar las brechas de género estructurales actuales. Que los cuerpos de las personas logren plena agencia, participación y autonomía depende tanto de la decisión de cada hombre y mujer (sin adoctrinamientos ni cátedras) como de las instituciones públicas. La propuesta de la sociología del cuerpo tienen altas posibilidades de contribuir a desestabilizar el esencialismo del género y a subvertir las relaciones de poder y dominación si se acompaña del debate de más largo aliento sobre las diferencias estructurales e institucionales de género.

* La presente columna se enmarca dentro del proyecto de investigación en sociología del cuerpo: “The influence of culture, technology, and markets in erotic practices among women in Chile: A preliminary approach”. Comentarios y sugerencias son bienvenidos en isabel.arriagada@redseca.cl.