por Andrés Baeza, Marcelo Casals, Andrés Estefane, Luis Thielemann

 

Hace poco más de un mes en este mismo medio publicamos la columna “Jorge Baradit: la apropiación del saber, el protagonismo de las elites y el ninguneo docente”. El texto generó diversas reacciones entre periodistas, historiadores y escritores, que en general trataron sobre la divulgación del conocimiento histórico y el impacto de la producción académica de los historiadores profesionales. No cabe aquí hablar de la existencia de un debate, pues la columna original fue escasamente entendida y sus argumentos abiertamente falseados. Sobre ella se montó una especie de “mono de paja”, un bulto deformado al cual disparar, instalando un espejismo que terminó conspirando contra la posibilidad de una real controversia. Un hecho decidor es que dos de las reacciones publicadas como respuesta fueron escritas por amigos personales del autor aludido, quienes intervinieron bajo el supuesto de que a la crítica pública de ideas se puede contestar citando las cualidades personales del criticado. Una tercera columna, que tampoco contradice los argumentos de la nuestra, fue escrita por un historiador que forma parte de la misma editorial que cobija al autor mencionado.

En el texto que sigue respondemos a las interpretaciones torcidas de nuestras palabras y a los argumentos falaces que de ahí derivaron, en tanto esa fue la única fórmula que ordenó los escritos con que se intentó impugnar nuestra intervención. Explicaremos por qué nuestra crítica al trabajo de Baradit jamás estuvo radicada en puerilidades como la envidia y menos en la defensa de una exclusividad gremial respecto a la escritura de la historia. En esa línea, se propone que este simulacro de controversia ha estado definido y constreñido por criterios de mercado, y que al identificarlos logramos una mejor comprensión del nivel de enajenación mercantil que rodea a la práctica académica actual, con el consiguiente distanciamiento de los fines educativos que le son propios. Aclaramos y reafirmamos aquí nuestra crítica original a los escritos de Baradit, tanto por su carácter elitario, por la apropiación comercial del saber ajeno y por su insistencia en el ninguneo docente.

1.- El falso debate o ¿cuántos leyeron realmente la columna?

Entre las reacciones a nuestra columna, hubo dos afirmaciones que tuvieron presencia gravitante: a) que pretendíamos demarcar las fronteras del estudio y reflexión sobre el pasado, erigiendo a los historiadores profesionales como las únicas voces autorizadas para tratar ese objeto (de lo que se desprendía un ánimo de marginar a priori a voces no profesionales, como la del escritor Baradit); y b) que defendíamos la forma “academicista” de escribir historia, según la cual toda obra referida al pasado debe cumplir con los estándares aplicables al campo profesional. Entre esas lecturas aparecieron también acusaciones disparatadas e imprecisas, como la de que nos interesaba legitimar la superioridad del paper sobre cualquier otro modo de producción historiográfica o que en ese ya reducido campo material nuestra exigencia era que el aparato de citación se inclinara por el formato APA.

En esa tierra media se ubicó el mismo Baradit, quien en varios medios de prensa afirmó que parecíamos confundidos, pues su obra se inscribía en parámetros ajenos a la historiografía. Por su proximidad a la literatura, a lo que parece atribuir la capacidad para “conectar con la gente”, y su indiscutida vocación por la difusión, algo a lo que los historiadores habrían renunciado, su trabajo estaría eximido de la crítica que ejercen de los profesionales del campo que visita. La única opción de diálogo, él mismo lo indicó, se cifraba en la posibilidad de discutir de manera fraternal la “clave” de su éxito. Ante nuestra incapacidad por comprender estas distinciones, en una reciente entrevista el mismo Baradit apareció afirmando que habíamos “hecho el ridículo”. Y lo hizo sin responder con argumentos de fondo a ninguna de nuestras críticas.

Nuestra columna, de hecho, no apuntaba a ninguno de los fines antes mencionados, cuestión que los contradictores, incluyendo al propio autor, no quisieron advertir. El escrito se planteó como una crítica “desde” la historiografía a dos elementos íntimamente conectados. En primer lugar, a una obra de carácter histórico (independientemente que quien la escriba declare ser simplemente un “escritor”) con serias falencias respecto a su calidad y coherencia. En efecto, nuestra crítica a la obra apuntaba a dejar en evidencia, por un lado, que el carácter supuestamente secreto de los episodios abordados no era tal, pues todos ya habían sido abordados en trabajos de otros historiadores a los que Baradit hacía poca justicia; por otro, que contrariamente a lo declarado en la introducción del libro, donde se sugería que la aproximación ofrecía una suerte de “historia desde los de abajo”, la obra se montaba sobre los viejos cánones de la historia de la elite.

Asimismo, nuestra crítica cuestionó el discurso público de Baradit en torno a su propia obra, que configuró la línea de flotación de su estrategia de marketing. Su norte fue no solo generar expectativas desproporcionadas respecto al afán de desclasificación, que insistimos no es tal, sino también apuntalar su propio trabajo desacreditando el trabajo de otros profesionales que se dedican a la reflexión sobre el pasado. Sobre este último asunto, que terminó convertido en el punto de ciego de las reacciones del autor y sus seguidores, valgan algunas precisiones.

En varias intervenciones Baradit deslizó críticas frontales al papel de los historiadores (sin hacer distinción alguna) en tanto cómplices de maniobras orientadas a ocultar y tergiversar deliberadamente la historia nacional. La relevancia de tales maniobras es que reforzarían relatos históricos funcionales a los intereses de la elite dominante. Así, por ejemplo, en tanto productores de manuales de historia, entendidos por él como “libros de autoayuda de los pueblos”, la labor de los historiógrafos quedaría reducida a la validación de retratos deslucidos y autocomplacientes. Cuando se apuntó esto se habló de mentira, pues ese juicio jamás había estado en juego. De hecho, en una entrevista reciente afirmó que acusarlo “de ningunear a historiadores o profesores” no tenía sustento: “Ahí solo es cosa de revisar cualquier entrevista mía escrita o grabada, o mejor aún, leer el prólogo de esta segunda parte para darse cuenta que es derechamente una simple mentira”. Pero si hacemos memoria, en la cima de su éxito Baradit retomó el recurso de la denostación e intensificó las críticas. Como los hombres somos esclavos de nuestras palabras y amos de nuestro silencio, conviene recordar algunas de esas intervenciones. En Radio Bío Bío, el 26 de julio de 2015, señaló que “nosotros (los chilenos) hemos tenido siempre los mismos historiadores, los mismos dueños, los mismos triunfadores, la misma élite, una concentración de poder que no existe en otros países. Son del mismo origen familiar, de la misma religión, viven en los mismos lugares, son guetos de poder y siempre han tenido el poder sobre nuestra historia.” Como no pareció suficiente afirmar que “los historiadores” (todos) formaban parte de “guetos de poder”, fue necesario agregar que su labor historiográfica estaba reducida a una selección digitada de hechos para favorecer los intereses de una casta: “Yo hago una distinción, la historia es una narración y tiene una intención, un punto de vista. Entonces los historiadores son curadores que eligen estos eventos y discriminan otros, porque están construyendo un relato que es funcional a sus intereses… o los intereses de un grupo. Hay cosas en las que se miente derechamente” (Caras, 14 de septiembre de 2015). Los ejemplos abundan y todos parecen confirmar que en el relato que busca construir Baradit (o la empresa que lo moviliza), los historiadores son una parte fundamental de esa conspiración que mantiene “secreta” aquella historia que él nos viene a revelar.

Otra parte de su discurso apuntó a desacreditar la labor de los profesores de historia en la educación escolar. Esto es lo que menos pareció preocupar a los defensores de Baradit, lo que no es un síntoma extraño en un país donde la educación se convirtió en servicio y, por lo mismo, se ha hecho costumbre torpedear a los profesores como el punto de partida y llegada a la hora de explicar las deficiencias de nuestro sistema educacional. En la columna advertimos que en su obra esto se apreciaba indirectamente por medio de las preguntas planteadas en la introducción al volumen uno, a modo de “cuándo se enseñarán” tales o cuales episodios de la historia de Chile en las escuelas. Ahora corresponde agregar que en el volumen dos lo hace explícitamente, no solo en la introducción, sino también en la contratapa del libro, que se entiende es lo que un consumidor desprevenido lee antes del acto de consumo: “la historia que nos han contado en nuestras escuelas está plagada de omisiones y tergiversaciones que esconden lo inconveniente y pulen la memoria como un pedazo de mármol duro e inamovible”. Eso es lo que se “demuestra” en este “libro fascinante e iluminador”, remata el gancho. Tampoco viene al caso escandalizarse por este atrevimiento, pues se trata de un argumento viejo en su estrategia de difusión. En abril de 2016, en Vida Magazine declaró: “(…) lo que ocurre luego es que se decide a nivel político qué enfoque usar en cómo contamos la historia a los niños en los colegios, se decide, por ejemplo, si usar la palabra conquista o invasión, y comienza un adoctrinamiento en el que claramente hay intereses creados y creo que tiene que ver con mantener el país en paz, con no remover heridas. Finalmente lo que se enseña en los colegios es una arenga de patriotismo más que un esfuerzo de comprender quiénes somos y cómo llegamos hasta aquí”. Los profesores de historia se suman así a los historiadores en la conspiración que mantiene el gran “secreto”. Como ya indicamos, en el segundo volumen de su obra, y a pesar de seguir negándolo en público, refuerza su ataque a los profesores y si bien esto puede leerse como una declaración en contra de la historia prescrita desde el Estado y su currículum (aunque en nuestra columna ya advertimos sobre el desconocimiento de Baradit en este tema), cabe preguntarnos: ¿son los profesores de historia seres inconscientes, incapaces de darse cuenta de la farsa que están contando o en realidad Baradit y su equipo de marketing no están interesados en aproximarse a la forma en que se enseña historia en los colegios en el Chile del 2016?

De más está decir que ninguno de estos argumentos, que son centrales en la columna original, fueron abordados en las reacciones mencionadas. Un hecho revelador fue la publicación de dos extensos reportajes en diarios como El Mercurio (12 de junio de 2016) y La Tercera (18 de junio de 2016) a partir del ruido generado por nuestro escrito. Ninguno de ellos abordó los argumentos ya planteados, sino que se centraron en el problema de por qué a los historiadores les cuesta tanto llegar al público masivo. En el primer reportaje primó el argumento culposo: los historiadores abandonaron al público porque prefieren escribir para sus colegas. En el segundo, el argumento fue que esto se debía principalmente a un asunto de mala pluma entre los integrantes del gremio, lo que estaría confirmado por la árida forma en que escriben sus tesis de grado. El problema de la incapacidad de los historiadores por apuntar a la masividad jamás se abordó en la columna, pero el hecho de que ambos reportajes fuesen escritos a partir de dicho planteamiento, supone que nuestra motivación inicial fue una reacción al éxito editorial de Baradit antes que a los problemas de fondo de su obra. Por su parte, varios de quienes intervinieron a favor del escritor optaron por caer en la frase hecha y el argumento fácil, reduciendo esto a un mero tema de estilos, graficado en la falsa dicotomía paper/divulgación. Ni siquiera profesionales con trayectoria, como Alfredo Jocelyn-Holt, fueron capaces de escapar de ese reduccionismo: la sumisión incuestionada a la tiranía del paper sería uno de los defectos de los “historiadorandos”, una generosa categoría acuñada por el historiador para aludir a un número indeterminado de “profesionales de la historia” cuya marca distintiva sería ejercer mal el oficio (el improvisado etnógrafo, desde luego, está fuera de esa geografìa humana). No hay mucho de sorpresa en este anti-academicismo rabioso. Tampoco la hay en la desesperada e ingenua reacción de Baradit, quien creyó que esta refriega podía cerrarse citando la palabra sagrada de Jocelyn-Holt (uno de los historiadores que recomienda leer en la fraternal invitación que cierra su nueva entrega). No vamos a ser nosotros los encargados de enseñarle que en el libre intercambio de ideas no se ve bien tratar de cerrar una controversia (o el esbozo de una) acudiendo a argumentos de autoridad.

2.- De la “torre de marfil” al “escribir para la gente” o la falsa dicotomía entre paper y divulgación

En la columna original y en otros medios insistimos hasta el cansancio en que lo nuestro no era una defensa de la exclusividad del derecho a escribir historia. Sea Baradit u otro, cualquiera puede escribir sobre el pasado. Ahora, lo que nadie puede olvidar es que quien interviene en el espacio público está sujeto a la respuesta y la crítica por los mismos medios públicos. Aquí eso se pasó por alto. No sólo no hubo “debate”, sino que se impugnó el derecho a la crítica pública (que es también parte de las responsabilidades del historiador). No tenemos problemas con los adjetivos recibidos, sino con el que no se haya querido discutir. Y fue en el rechazo a esa posibilidad que aparecieron esos argumentos que encuentran fácil oído: que había que escribir en simple, que la gente no lee la producción de los historiadores porque son aburridos, que había que llegar a más público, etc. Todas esas invectivas comparten una subordinación a criterios de mercado, a la idea de que toda producción humana debe tender a la mercancía de masas. Así, se instaló la dicotomía entre paper y divulgación. Esta dicotomía, aparentemente inocente, merece ser desarrollada y desmentida a fondo, pues plantea el problema principal en toda esta discusión: cuán delimitada por los criterios de mercado está nuestra imaginación sobre lo existente y lo posible en la producción científica y cultural.

De hecho, en cierto punto del “debate” se afirmó que nuestro escrito era una defensa de la forma que alejaba a la gente común del conocimiento producido en la “torre de marfil” de la academia. Esa forma era la cultura del paper, el antónimo perfecto de aquello que lo acerca, encarnado en el libro de divulgación. La prueba de la ventaja de la segunda forma respecto de la primera estaría dada por las “decenas de miles” de copias que vende un libro de divulgación. Aquí está la base de las contradicciones y discrepancias que surgieron en el marco del forcejeo de estas semanas: se hace una igualación, una sinonimia, entre ventas y lecturas, y peor aún, entre número de ventas y calidad de lectura. Esta dicotomía no es banal. El capitalismo, como un sistema que avanza sobre el mundo convirtiendo en mercancías todo aquello que antes no lo era (por ejemplo, las pensiones, la salud o la educación), primero debe cuantificar esas cosas a mercantilizar. En ese proceso debe medirlas con una única vara que pueda ser traducible en términos simples a volúmenes de dinero. Esto, que aplica a productos y mercancías genéricas, aplica desde luego a los libros de historia y a cualquier objeto cultural. Entrevistas en televisión, también. Así, al medir el impacto social y educacional de la lectura de un escrito a través de las ventas del mismo escrito, lo que se hace es cambiar el principal objetivo del escrito, su razón de ser (ampliar o desarrollar el conocimiento que tenemos del pasado), por alcanzar el objetivo cifrado en dinero: lo que se logra es enajenar al escrito de su fin educacional.

El problema radica, entonces, no en el acto de divulgación de la historia, que constituye una dimensión necesaria al propio trabajo de los profesionales de la historia, sino en el momento en que el conocimiento histórico tiene que someterse a la camisa de fuerza que implica la invención de un “producto” a transar en el mercado, sobre todo cuando el volumen de esa transacción resulta más importante que el contenido mismo del texto. La historia, como también otras disciplinas, ha sabido de la difícil relación entre conocimiento y mercado, pero ello no ha inhibido el despliegue de iniciativas de difusión de calidad tanto dentro como fuera de sus circuitos. Este, sin embargo, no parece ser el caso. La razón de ser (de venta) del libro de Baradit es la develación de aquella malvada conspiración entre historiadores, profesores y funcionarios del Estado (o de la Iglesia, de las élites o de quién sea). En todo el arco la estrategia de marketing determina al libro. La propia estructura narrativa del escrito está orientada a la develación de ciertos episodios anecdóticos escogidos sin criterio aparente, con un objetivo lúdico antes que educativo. Precisamente por eso Baradit se permite señalar que su libro libera a los lectores de la tiranía de la cronología, y además los exime “del peso de recordar las anteriores 200 páginas”, porque poco parece importar que un gesto como ese sirva. En esos términos, la historia se ve degradada a la condición de mercancía, lo que anula su potencial crítico de comprensión del presente.

En el “debate”, por otro lado, se ha antepuesto la divulgación (sin hacer distingos) a la producción científica en la figura del paper. Ante ello, algunas aclaraciones: la publicación de artículos académicos tiene su propia lógica, y no pueden ser comparadas con obras de divulgación, de diferente naturaleza y finalidad. Más aún, aquella forma especializada de producción de conocimiento no está exenta de problemas. De hecho, llevado a un extremo, es también una forma de mercantilización del conocimiento, sobre todo cuando la calidad se subordina a la cantidad de publicación y al “factor de impacto”, algo que desafortunadamente se está volviendo común en nuestros días. Es, de hecho, un peligro del trabajo académico actual que no desconocemos. Por otro lado, entre el paper de la “torre de marfil” y la divulgación a través del mercado hay toda una serie de prácticas de difusión de la historia que han sido ignoradas en todo este asunto, incluyendo la publicación de monografías históricas, el trabajo en instituciones culturales de todo tipo y por cierto la propia labor docente (escolar y universitaria) de los profesionales de la historia. A su vez, entre el artículo especializado y la difusión de todo tipo hay por lo general una relación de cooperación, donde la primera suele ser insumo para la segunda. Sin embargo, ello no las equipara, y ambas formas de producción y difusión del conocimiento se rigen por parámetros diferentes.

Nadie pide que deban aplicarse los mismos estándares de la producción académica de la historia a los de un libro de difusión. Las diferencias entre ambos son evidentes y sería absurdo, como algunos apuntaron, exigir que una obra de dicha naturaleza deba abundar en citas y referencias bibliográficas al estilo de un paper. Lo que se pide es un mínimo estándar ético que implique hacer justicia a quienes antes ya hicieron gran parte del trabajo “sucio”, desempolvando, literalmente, documentos y evidencias que hacen posible a los difusores de la historia hacer su propio trabajo. Eso conlleva, al menos, acudir a los libros y artículos pertinentes a cada uno de los episodios y referenciarlos clara y ordenadamente en una bibliografía, sin necesidad de plagar el texto de citas. Ese es el caso, por ejemplo, de los libros de difusión que menciona Baradit en su última entrevista (Chile: cien días en la historia del siglo XX de Silva y Cabrera, e Historia mínima de Chile de Sagredo y no de Salgado) a los cuales pretende, con algo de descaro, homologarse. Sobre esto, la propia obra es la que habla: el volumen uno de esta historia secreta presenta una bibliografía escuálida y estéril en su ánimo de dirección a otras fuentes, donde casi la mitad de los títulos corresponde a artículos de internet extraídos de sitios cuya calidad puede ponerse al menos en cuestión. No hay explicación del origen de ese aparato o el porqué de la selección, menos de las jerarquías entre las mismas, lo cual, nuevamente, termina por confundir más que aclarar.

Cierre

Es falso, entonces, que nuestra crítica pública al trabajo de Baradit se sostenga desde la envidia. Como ya está expuesto, nuestro interés principal no es vender libros, sino escribir buena historia y contribuir desinteresadamente (esto es, lejos de la lógica de mercado) a la masificación del conocimiento socialmente construido. La tensión es clara: no hay un compromiso significativo con la difusión ni una real vocación emancipadora cuando la tarea es preparar un anecdotario que se publicita en clave anti-conspirativa (reduciendo a caricatura la conflictividad social) o que se blinda en una retórica fraternal y terapéutica (el tono del segundo volumen) y donde al final el acceso está mediado por el reflejo del consumo. También es falso que nuestro interés haya sido defender intereses gremiales o legitimar un monopolio discursivo sobre un asunto tan profundamente social y compartido como la reflexión sobre el pasado. Si insistimos en esta crítica, es porque los libros de Baradit ofrecen una historia de mala calidad, elitaria y anti-popular, que en la reproducción de espejismos alejados de toda racionalidad (como afirmar que un país es como una persona), termina por confundir en vez de aclarar la comprensión del pasado. Si insistimos es porque el acto de publicar supone una exposición voluntaria al ejercicio legítimo de la crítica, ejercicio del cual nadie está exento, que se ejerce a rostro descubierto en los espacios comunes y que cumple una función no menor en nuestras sociedades informacionales: proveer de herramientas para distinguir lo valioso de lo prescindible.

Insistimos en esta crítica porque enfrentamos aquí una lógica comercial (que al parecer ha calado hondo entre algunos historiadores) que pretende medir el valor de un escrito por el éxito o fracaso en las ventas, por el rating que obtiene en el matinal y por cuántos diarios ayuda a vender. Si insistimos es porque en el segundo tomo del trabajo de Baradit se vuelve a ningunear el trabajo de los profesores de historia (en el cuerpo del texto y en la contraportada), sindicándolos como cómplices de las omisiones y tergiversaciones que han condenado a esta tierra a la “esquizofrenia”. Insistimos, por último, porque la forja del propio éxito no puede sustentarse enlodando el oficio de otros, ni siquiera cuando se trata de un pretencioso revelador de secretos o de un narrador piadoso encaramado en un evangelio fraterno y terapéutico.