…acelerar el porvenir significa dos cosas. Es lanzarse a extender esta voluntad a un número tal de hombres como se presuma sea necesaria para hacer fructificar la misma voluntad. Esto será un progreso cuantitativo. O bien: es lanzarse a volver esta voluntad tan intensa en la minoría actual que sea posible la ecuación 1 = 1.000.000. Y esto sería un progreso cualitativo. Encender la propia alma y hacer brotar miríadas de chispas. Esto es necesario (…) Esperar a conseguir la mitad más uno es el programa de las almas tímidas que esperan el socialismo de un decreto real refrendado por dos ministros.” (A. Gramsci, “Márgenes”, La Città Futura, 1917).

 

Los resultados electorales del 20 de diciembre en España han establecido, en acto, el fin de la estabilidad bipartidista en el parlamento. La crisis económica, desde 2008, se ha ido expresando en la debacle de los partidos tradicionales, y en un agrietamiento profundo en el tipo de Estado que surgió de la II Guerra Mundial. En estos casos se suele citar la frase de Mao: “todo bajo el cielo está en completo caos. La situación es excelente”. Todo esto ha despertado bastante interés y alegría en la izquierda, pues abre posibilidades innegables para la emergencia política de una alternativa al orden capitalista. Una vez más hay esperanza. Y como siempre que ello ocurre, hay que detenerse a sospechar, a revisar aquello que no cuadra en la foto optimista de la situación. El pesimismo racional es algo que de practicar mucho se amarga la vida, pero sirve de contrapeso al optimismo voluntarista de cándidos y oportunistas. Ambos vuelven a descubrir las virtudes del atajo parlamentario, olvidando por vocación de negocio o borrachera adolescente toda historia y teoría socialista al respecto, también que la misma se ha escrito contando cadáveres. Entonces, compartiendo aquel entusiasmo de izquierda, observando con atención optimista lo que suceda en Europa, en este escrito se plantean algunas notas y cuestiones críticas respecto de la situación de Podemos, en especial, de aquellas resaltadas como ejemplos para el caso chileno.

I.

Los tiempos que corren no son afables con quienes buscan volver a las viejas verdades del pensamiento revolucionario. Verdades que no son viejas por estar superadas, sino por reafirmarse demasiado en la historia de las luchas populares. No se trata del pesimismo, se trata de cómo evitar perder todo apostando a fórmulas que una vez más se asumen como definitivas. Entre haber cantado hasta el cansancio que “el marxismo-leninismo es la piedra angular de la filosofía…” y repetir los mantras de “la casta” o “Sí se puede” no hay mucha diferencia. Las fórmulas en la política siempre son baratijas de mercachifles viajeros, bien pagada por militantes apresurados de rellenar el vacío palmarés de la izquierda.

El problema es que, más allá de salir de la marginalidad política, Podemos aún no logra derrotar a nadie más que a la intrascendente izquierda existente hasta ahora en la península. La crisis del sistema de partidos de España no puede atribuirse a Podemos. Más bien, al observar los hechos de 2008 a la fecha, pareciera ser que es al revés: Podemos es atribuible a dicha crisis. Pues esta ocurre en la pequeña política, en la del día a día, en la administración de las cosas. El Estado español se ve más amenazado por su propia descomposición (la cual no es irreversible) que por la amenaza de una fuerza popular, con domicilio conocido en el socialismo. Las fuerzas que están definiendo dicha descomposición se encuentran más formadas en las burguesías “nacionales” de las autonomías, la vieja burocracia política catalana o el viejo capital financiero vasco, que en un independentismo popular o en trabajadores reventados en ocho años de crisis. Por tanto, el actor político Podemos no ha podido ser la expresión de un actor social constituído y ‘las Mareas’ o las candidaturas de articulación social apenas sí expresan signos de que ello pueda darse más adelante. En cambio, sí lo han hecho ‘Ciudadanos’ o la alianza de ‘Esquerra’ con ‘Convergencia’ respecto de fracciones burguesas de la península, como la banca y la hotelería catalana o los profesionales jóvenes de capas altas. No es fácil para los de Iglesias, puesto que el capital constituye a esos actores, sin roces, pues lo hace en su sistema y para sus fines, incluso en la ‘cuestión nacional’; en cambio, la construcción de actores sociales populares es contranatura en el sistema actual, pues significa en sí mismo un desafío al orden de la producción, a organizarse por fuera de la organización dada para el ciclo productivo en general. Por eso, en el debate presente de Podemos y su negociación parlamentaria, parecieran tener más fuerza los independentistas que los trabajadores o los jóvenes desempleados: porque son los primeros los que tienen más capacidad hoy de instalar su agenda, están constituídos en movimiento, mientras los segundos son apenas una categoría contable.

Así las cosas, lo primero que debe resaltarse es que Podemos sigue siendo parte del escenario en que el Estado español se descompone, y no parece asomar aún como su verdugo, lo cual no es tan importante. Lo que ni siquiera asoma en el horizonte y eso sí es lo más importante, es la posibilidad de expresar políticamente el desplazamiento del poder de las clases dominantes por los grupos sociales populares. Demás está decir que una izquierda preocupada de incidir en una política encerrada en sí misma y dedicada a administrar y no a resolver los conflictos de clases, deja de ser izquierda en tanto tal, para ser simplemente el elemento que completa la relegitimación del orden político. La disyuntiva entre cumplir uno u otro papel en esta coyuntura sigue abierta, ser izquierda parece un camino más largo, que obliga a fortalecer lo avanzado y asumir el techo actual como limitante temporal, a plantearse, por ejemplo, la urgencia de una solución de izquierda, y no nacionalista, a la ‘cuestión nacional’. El otro camino es más corto, pero no reviste de ninguna trascendencia en la búsqueda del fin del capitalismo.

II.

Pero estos detalles parecen ser invisibles a los ojos de varios comentaristas locales. La inmensa mayoría ha destacado que se debe aprender de la capacidad comunicacional, del uso de los medios, del discurso novedoso, y un sinfín de lugares comunes sobre la mercadotecnia política. Otros, buscando salir de dicha interpretación y profundizando un poco más el análisis, no han podido superar la mera descripción de cómo entre el grupo de Iglesias y el de Izquierda Anticapitalista formaron Podemos. De actores sociales, de las correlaciones de fuerzas de clase en la península o de los diversos intereses sociales que se mezclan y enfrentan en la política española actual, ni una sola palabra. Incluso están quienes sostienen que nada de eso importa, pues Podemos sería una demostración de que todas las viejas verdades estaban erradas y que allí reside la nueva fórmula, una especie de marxismo-guión-leninismo del siglo XXI.

Un botón de muestra lo presenta el reciente escrito del abogado y cientista político Ricardo Camargo, en que se acentúan los aprendizajes que la izquierda debería mirar luego de sus resultados en las elecciones del 20 de diciembre último (o “20D”, como norma el penúltimo grito de la moda). Primero, “Que es posible transitar desde un conjunto de demandas sociales insatisfechas y muchas veces indiferenciadas entre sí (“los indignados”) a una articulación de todas ellas”. Segundo, “que la horizontalidad de la protesta social requiere de una frontera que trace con claridad los contornos del dispositivo hegemónico que se quiere desafiar”, y que Podemos lo habría hecho al sindicar a la vieja izquierda, PSOE en especial, como parte de la dominación. En tercer lugar “Podemos mostró que el tiempo de lo político no es lineal, que tiene saltos de aceleración […]. La no-linealidad de lo político que se opone a la rutina de la administración política (la “seudo política” a decir de Moulian), deja en su justo lugar la tesis de que “no hay atajos en política” –que sólo revela un pesimismo que termina siendo sistémico. […] Si algo hizo Podemos en España fue no esperar”.

Aunque Camargo sostiene luego que su análisis no se relaciona con la obra de Laclau al estilo de “la vieja izquierda ortodoxa con los libros sagrados –manualizados en su decadencia”; es notoria la forma en que estas tres hipótesis siguen casi al calco la fórmula política del autor argentino: Articular la diversidad del malestar social en un “significante vacío”, una consigna vacía de anclaje histórico y social real, y llena de lo que cada uno quiere, pues la ambigüedad es su potencia. Luego, establecer un nuevo tablero político, polarizado antagónicamente, en que el clivaje esté definido por el significante vacío y que coloque como su enemigo aquello que está en el poder, sin mayor definiciones, pues dibujarlo con precisión podría reventar la articulación de lo diverso. Por último, lanzarse sin retraso al asalto al gobierno (no al poder ni al Estado, pues esas son otras cosas), sin esperar condiciones objetivas. No hay mucha novedad para la izquierda en esta lectura y obsecuencia de la fórmula de Laclau, aunque se afirme con una jerga compleja lo contrario.

Este análisis optimista, que eleva a buena nueva divina los resultados electorales de Podemos, merece una breve crítica en función de este escrito. Primero que todo, bien vale recordar que Podemos no ganó las elecciones generales, y que PSOE y PP siguen teniendo la primera posibilidad de gobernar. Que los triunfos municipales en Barcelona o en Madrid obedecen más a configuraciones locales, muy tensas en su interna, que a la genialidad de un partido. En el mejor de los casos y por omisión más que por acción, Podemos puede forzar nuevas elecciones en unos meses más, en las que la decisión de los votantes estará definida tanto por el fracaso de la clase política, “la casta”, como por el deseo de las mayorías de orden, estabilidad y certezas en el gobierno. Lo segundo es que la articulación de Podemos no ha sido social, sino que se ha reducido a la formación de alternativas electorales. No se han conformado nuevos movimientos, nuevas organizaciones de base, ni mucho menos organizaciones de clase, ni en su sentido más amplio (lo popular, por ejemplo). En ese sentido, el antagonismo que se lee en el proceso de Podemos ha sido planteado como una creación exclusiva del partido lila, y no fruto de un escenario social revuelto por la crisis. El relativo éxito electoral de Podemos se debe a que operó allí, en ese escenario, y buscó explotar sus elementos más agudos, no a que lo diseñó y lo configuró. Hay que recordar en este punto una vieja verdad de Gramsci: “no se puede escoger la forma de guerra que se desea, a menos de tener súbitamente una superioridad abrumadora sobre el enemigo”. Podemos no eligió ni pudo definir este escenario, no por incapacidad, sino porque no tiene fuerza sobre sus enemigos, ni social ni política. Sólo tiene la amenaza de una potencial fuerza, y esa amenaza, al no concretarse ni social ni políticamente hablando, se devalúa a cada minuto que pasa.

Por último cabe un matiz final sobre la no-linealidad del tiempo de la política. Si bien dicha afirmación es correcta en la formulación que se hace, difícilmente es aplicable como argumento para sostener que es posible dar el salto al gobierno sin pasar por la necesaria construcción de una fuerza social politizada que sirva de base. La historia de la izquierda no parece ofrecer casos que sirvan de ejemplo para tal afirmación. Además, hasta donde sabemos y como ya dijimos, Podemos aún no ha ganado, ni ha mejorado la posición real de los subalternos ni ha modificado el lugar político de la izquierda española (siguen peleándose los mismos votantes), y de no modificarse tal situación, el único atajo que habrá tomado será uno hacia su normalización en casta, a la decoloración de su novedad, a reafirmar el pesimismo popular que remastica la frase “todos los políticos son iguales”. Así, afirmar con soltura que Podemos demostró que “se puede” superar los escollos mediante atajos, sin decir cuáles son esos escollos, es simplemente un optimismo irracional vestido de lenguaje a la moda, una más de las recurrentes fiebres electorales que le vienen a la izquierda desde hace más de un siglo.

III.

Resulta, entonces, confuso presentar a Podemos como fuente inagotable de sabiduría política. Si bien sus logros hasta el momento no son menores -tener un buen botín electoral, existir como alternativa para las mayorías, administrar en algunas ciudades los excesos de la crisis y ganarse el derecho a la palabra- siguen siendo mediocres al lado de los que en otro momento fueron elevados a la categoría de “fórmula”, como los bolcheviques rusos o los barbudos cubanos. Son éxitos que incluso están lejos todavía de lo alcanzado por la olvidada ‘Vía chilena al socialismo’. Y que se entienda bien: no se trata de minimizar estos logros. Junto a los de Syriza en Grecia, son los principales avances de la izquierda europea en décadas. Pero por lo mismo, por ser tan importantes, es que debemos mirarlos críticamente, aprender de ellos, de sus aciertos y caídas, y no imitarlos ciegamente, cautivados por su cuidados efectos estéticos y discursivos, tal y como los viejos comunistas se encandilaron ante la propaganda de la URSS.

Tal vez los hechos del domingo recién pasado, en Cataluña, en que la organización de izquierda independentista catalana CUP (Candidatura d’Unitat Popular) se negó, por estrecho margen, a formar gobierno con el nacionalismo liberal de ‘Esquerra’ y ‘Convergencia’, resulten lo más interesante que ha pasado desde el 20 de diciembre hasta ahora en España, pues desordena el mapa mucho más que los votos obtenidos por “la marca Podemos”. La forma de decidir de la CUP -consulta democrática a sus bases organizadas- parece ser un ejercicio mucho más subversivo que las negociaciones parlamentarias, limitadas a la legalidad de la transición española. Precisamente la fisura que permite cierto desorden -y el ascenso electoral de Podemos y sus alternativas locales aliadas- es la que ocurre entre los grupos de jóvenes trabajadores urbanos, caídos en pobreza desde las capas medias, y la vieja representación de estos en los partidos de la transición. Cerrar esa fisura decidiendo con los partidos de la transición en vez de con las bases organizadas de Podemos, los dos polos políticos de dicha fisura, es hacer lo contrario a la CUP. Puede ser el camino más eficiente para la pequeña política, pero encuadra el movimiento que instrumenta a Podemos en las formas políticas parlamentarias europeas. Y eso tiende a opacar la promesa de ruptura con la burocracia de la restauración neoliberal, con los partidos gobernantes y los que les han servido de sparring, en contraste con lo luminoso que parecen aquellos gestos destinados a reordenar el caos bajo el cielo.

Quienes han tratado de resumir en recetas lo hecho por Podemos hasta ahora, lo han hecho poniendo énfasis en la gestión de lo que el mismo Iglesias ha denominado “la marca Podemos”. Las masas, los grupos sociales organizados, siguen sin aparecer en tales análisis. Sólo son votantes, creyentes en el partido, nunca sus dueños o representados. En ese marco, todo el impacto de Podemos se queda en la pequeña política, en la maniobra discursiva que rompe el orden de la cancha pero no a la cancha misma. La gran política, sigue lejana. El pacto de la transición no parece caer, aunque la forma que exhibe desde 1978 hasta ahora se vea agrietada, sus cimientos en el orden económico siguen más o menos firmes. Con o sin Podemos, desde 2008 a la fecha la Troika, la banca española y otros actores de la oligarquía europea no han cesado de fortalecerse. La gran política sigue así defendida aún por los muros de la pequeña política, los mismos muros que apenas empiezan a exhibir fisura ya miran con esperanza a que Podemos los repare al convertirse en el relevo de la clase política. Tal vez el escenario no dependa de Podemos, pero de ellos sí depende cómo queden instalados en él: si como el reemplazo virtuoso del PSOE en un nuevo ciclo político europeo, todavía neoliberal, o como la lanza en el costado del sistema, presionada por las masas populares, para desangrarlo hasta que muera. Si Podemos logra superar la barrera de la normalización y el encuadramiento en la política parlamentaria, mercantilizada y contenida a la administración del orden neoliberal, ese sería un enorme aprendizaje para toda la izquierda global que los mira con atención.