La presencia de un ambiente antipartidista en el Chile actual es evidente. Según la encuesta del Centro de Estudio Públicos, publicada en septiembre de 2015,  los partidos políticos son la institución en que los encuestados declararon confiar menos, alcanzando apenas un 3% de confianza. Un 62 % de los entrevistados declaró que la corrupción era el principal motivo de desconfianza en la actividad política, seguido de lejos, con un 30% por la tendencia a atribuida a los políticos a  “prometer cosas que no cumplen” y un 21% que sostiene que es debido a la prioridad que los políticos darían a sus intereses personales”. Estas percepciones tienen un claro correlato en el comportamiento electoral de la población. En efecto, desde el retorno a la democracia ha existido una tendencia al aumento de la abstención electoral entre los votantes registrados, la que se disparó con la introducción de la inscripción automática y el voto voluntario, en enero de 2012. Otro indicador a tomar en cuenta, nos señala que en el período comprendido entre el retorno a la democracia y la introducción de la inscripción automática y el voto voluntario, existió una creciente tendencia de parte de los nuevos votantes potenciales a no inscribirse en los registros electorales.

Cuadro I
Abstención en relación a los votantes registrados
1989-2013

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Fuente: “La abstención histórica en las elecciones en Chile”, El Mercurio Online (EMOL), Santiago, 15 de diciembre de 2013.

Cuadro IV
Votantes  inscritos  en relación a la población electoral potencial
1989-2009
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Fuente: Contreras, Gonzalo, & Navia, Patricio. (2013). Diferencias generacionales en la participación electoral en Chile, 1988-2010. Revista de Ciencia Política (Santiago), 33(2), p. 428.

El rechazo a los partidos políticos establecidos, en la década del 2010, se ha visto reflejado en diversos fenómenos como la emergencia de nuevos liderazgos políticos, con marcadas tendencias personalistas. En algunos casos se trata de outsiders, ajenos al establishment político tradicional  y en otros de líderes que buscan asimilarse a dicha condición con un discurso crítico de los partidos establecidos. Los casos más evidentes se han presentado en las últimas elecciones presidenciales. En efecto, en las elecciones presidenciales de 2009, Marco Enríquez-Ominami alcanzó el tercer lugar con un 20,14% de los votos, siguiendo de cerca al candidato oficialista y expresidente Eduardo Frei Ruiz Tagle que obtuvo un 29,60%. En 2013, Marco Enríquez-Ominami alcanzó un 10,99% de los votos, al mismo tiempo que Franco Parisi logró 10, 11%. La emergencia de esos dos liderazgos deja en evidencia dos estrategias destinadas a capitalizar las críticas antipartiditstas, las que provienen de tradiciones políticas distintas y están cargadas de contenidos ideológicos diferentes entre sí, aunque con algunos elementos comunes. Ambos candidatos criticaron a los partidos políticos y sus dirigencias, denunciando la corrupción y sosteniendo que se encontrarían concertados en una suerte de cartel denominado de manera reiterativa como “el duopolio”, el que estaría destinado a frenar el acceso de nuevos actores a la arena política. Del mismo modo han enarbolado un discurso exaltador de la juventud, denunciando el carácter gerontocrático de las directivas partidistas.

Sin embargo, presentan importantes diferencias entre sí. La candidatura de Marco Enríquez-Ominami apelaba a un discurso denominado como “progresista”, que apuntaba a reunir elementos del liberalismo político y cultural, mixtura expresada en sus afanes de descentralización, de liberalización del consumo de ciertas drogas, de promoción del matrimonio igualitario y en el afán de consagrar derechos sociales. Mientras tanto, la candidatura de Parisi apeló a un discurso pro empresarial, con evidentes semejanzas con muchos neopopulismos latinoamericanos de la década de 1990, que pretendía expandir los valores del emprendimiento y del éxito a sectores medios y bajos de la población. Ambos discursos se inscribían en tradiciones políticas preexistentes, de las cuales rescataron importantes elementos. Parisi, se inscribe en una tradición de antipartidismo de corte pro empresarial, que ya tenía antecedentes en la derecha política chilena. En efecto, a fines de la década de 1950 la derecha se alineó en torno a la campaña de Jorge Alessandri Rodríguez con un discurso tecnocrático y pro empresarial, crítico del partidismo. Cabe mencionar como dicho discurso tuvo una continuidad en el Chile pos dictatorial. Así, a fines de la década de 1990 fue enarbolado por la derecha política, destacando en este sentido la figura de Joaquín Lavín quien se presentó como candidato presidencial de la derecha en las elecciones presidenciales de 1999-2000, siendo derrotado por un margen de votos extremadamente estrecho por Ricardo Lagos. En un discurso con claros tintes anti-intelectuales, el  discurso del lavinismo criticaba los partidos y, en general  a “los políticos”, señalándolos como un grupo poseedor de intereses corporativos exóticos, ajenos a los “problemas reales de la gente”. Dicha frase se transformó en uno de los principales lemas de su campaña y sirvió para justificar, su crítica a los partidos, para defender un discurso pro-emprendimiento y resolución vía “técnica” de los problemas sociales. Aunque muchas de sus características fueron moderadas con posterioridad en las elecciones presidenciales de 2009-2010, el triunfo de Sebastián Piñera, si bien matizó la agresividad de sus invectivas contra los políticos,  también utilizó un discurso y una plataforma que exaltaba los valores del emprendimiento y la eficiencia técnica. Al llegar al poder, en su primer diseño de gabinete, privilegió la presencia de figuras “técnicas” con una dilatada trayectoria en el mundo  privado, como garantía de eficacia en la gestión y resolución de los problemas sociales. En el caso de Marco Enríquez, por el contrario se denota una línea de continuidad con la crítica interna de importantes sectores de la propia Concertación de Partidos por la Democracia, que ya desde fines de la década del 90, en la conocida polémica entre “autocomplacientes” y “auto flagelantes” venían haciendo notar su malestar con el carácter gradualista de las reformas sociales y las políticas de transacción con la derecha.

Junto a la emergencia de nuevos liderazgos, también han tenido lugar otros fenómenos que reflejan el uso político de la crítica antipartidista. Entre ellos una creciente tendencia al fraccionamiento de los partidos políticos ya existentes y la aparición y el crecimiento de nuevas agrupaciones políticas. Si bien las tendencias al fraccionamiento partidario no siempre están asociadas al ambiente partidario, en este caso la situación si se hace evidente: esto en cuanto se trata de un fenómeno transversal a diversos componentes del sistema de partidos, en que nuevas agrupaciones se desgajan de sus colectividades matrices intentando desmarcarse de una supuesta “vieja política” con el fin de captar apoyo electoral.

Sobre el fraccionamiento de los partidos ya existentes, la tendencia ha sido más evidente en algunos casos. En la centro izquierda en los casos del Partido Socialista y el Partido por la Democracia, en el centro en la Democracia Cristiana y en la derecha en Renovación Nacional. Del seno de dichos partidos han emergido nuevas agrupaciones, algunas de vida efímera y otras que han logrado proyectarse en el tiempo.  Del seno del Partido Socialista emergieron el Movimiento Amplio Social  (MAS), Izquierda Ciudadana y parte de los liderazgos del Partido Progresista (PRO). Las escisiones surgidas de la  Democracia Cristiana fueron uno de los principales aportes al surgimiento del Partido Regionalista de los Independientes y algunos de sus cuadros han reforzado el movimiento Fuerza Pública, recientemente renombrado como “Ciudadanos”.  De Renovación Nacional emergieron Amplitud y Evolución Política (EVOPOLI). Cabe tener en cuenta como desde el PPD y con miembros de Renovación Nacional y otros partidos, también emergió el movimiento Chile Primero. Las orientaciones políticas de estas nuevas agrupaciones son variadas y sus preferencias al momento de establecer una política coalicional son distintas entre sí. Sin  embargo han presentado ciertas características en común, estas corresponden a una crítica a las dirigencias de los partidos políticos tradicionales, a las que se ha acusado de estar desconectadas de las demandas ciudadanas y de  incurrir en “malas prácticas” -modo eufemístico de aludir a la corrupción y al conflicto de intereses-. De igual manera, la mayor parte de dichas agrupaciones ha enarbolado un discurso de carácter “efebolátrico” en un afán de distinguirse de la “vieja política”, representada en los partido anteriormente nombrados mostrándose como referentes generacionales jóvenes, representantes de un “nuevo modo de hacer política” y tendiendo a mostrarse algo incómodos (en distintos grados) con la las clásicas distinciones entre izquierda y derecha.

El descrédito de los partidos y la emergencia de liderazgos personalistas y fracciones partidistas que pretendan captar el descontento político no son fenómenos nuevos, y se han hecho presentes en diversas coyunturas. De hecho fue especialmente notoria en la de inicios de la década 1950. Sin embargo, un elemento novedoso en el caso actual  ha sido la adopción de ciertos elementos clásicos de los discursos antipartidistas históricos, como son el afán de “superación” del eje izquierda-derecha y una crítica antipartidista de carácter moralista, que apunta a mostrar en la ciudadanía, entendida como demandas alejadas del poder, una fuente de legitimidad política caracterizada por su pureza moral, por parte de organizaciones provienen cuyas dirigencias provienen de un mundo vinculado a la izquierda y que tienden a identificarse con ella. En efecto, varias de las organizaciones vinculadas al nuevo “Frente Amplio”

Desde sus orígenes, en general vinculado al movimiento estudiantil y especialmente con el impulso que sufrieron gracias al movimiento estudiantil de 2011, dichas organizaciones ya habían demostrado un ethos renovador y efebolátrico, buscando anclar su legitimidad en virtudes que estarían definidas por experiencias generacionales. Sin embargo, dichas corrientes se han extremado en la actualidad, y algunas de aquellas organizaciones han pasado a defender un discurso político que promueve la superación la dicotomía planteada por el eje izquierda-derecha para presentarse como organizaciones que buscarían representar los intereses y de demandas de la “ciudadanía”. Estas tendencias pueden verse patentes en las declaraciones del vocero de Revolución Democrática, quien ha planteado que:

“Hoy la ciudadanía no se identifica con el eje izquierda-derecha. Queremos que sea un frente para la ciudadanía, y en ese frente, unos nos sentimos de izquierda, yo tengo una definición de izquierda, igual mi partido, otros partidos tienen otra, que no son de derecha obviamente. La idea es que se sientan parte de este Frente Amplio. Necesitamos construir un bloque que le haga frente al duopolio” (radio Universidad de Chile, 28 de marzo de 2017).

Dichas frases responden a un afán de capitalizar el descontento antipartidista. Sin embargo, no se remiten simplemente a una reflexión vernácula y coyuntural, hundiendo  su genealogía intelectual en reflexiones de autores como Laclau y Mouffe, y en discusiones que, en dichos términos, están teniendo otras fuerzas emergentes como PODEMOS en España, entre otras.

Sin embargo ¿Hasta qué punto una fuerza que pretende adquirir un carácter transformador puede enarbolar ese tipo de discurso renunciando al vocabulario político? Como hemos visto, históricamente, la supuesta defensa de los intereses de una “ciudadanía” ajena a los partidos ha sido defendida por corrientes con orientaciones programáticas muy diversas. Y es que la fetichización de la ciudadanía y de un conjunto de demandas sociales, por el simple hecho de su postergación, implica necesariamente el abandono del ejercicio explícito de priorización de las demandas y conflictos sociales que deberíamos esperar de las organizaciones que pretenden disputar la arena política. Enfatizo en la palabra explícito, pues este ejercicio de todas maneras, dadas las necesidades impuestas por la contingencia política tendrá lugar, y en este sentido dicho ejercicio puede volverse inconsulto y personalista. En este sentido, la importancia de situarse en los ejes derecha e izquierda no responde exclusivamente a un afán identitario o de lealtad histórica, problemas que de todas maneras no tienen una importancia menor. Por el contrario, responden a  una necesidad de coherencia, sentido  y explicitación de una agenda a largo plazo y de capacidad de responder ante los electores. El eje izquierda derecha, en términos generales, en cuanto instancia de priorización entre valores como la igualdad y el orden, o entre los derechos sociales garantidos por el Estado y la desregulación de la vida económica y social, aporta un objetivo, un consistencia que permite orientar políticamente un conjunto de demandas muchas veces disimiles entre sí. Esto se vuelve aún más importante, cuando las demandas sociales que debieran ser más valoradas por un proyecto transformador, apuntan a restablecer el valor de la igualdad social y a construir un Estado social de derechos.

Por otra parte, no debemos olvidar que el énfasis en la regeneración juvenil nunca ha sido patrimonio de algún sector político en específico.  Incluso fue una de las características más visibles de los fascismos.

De un modo similar, el enarbolamiento de un discurso que resalte la superioridad moral de quienes se encuentran al margen de los partidos genera situaciones contradictorias y altamente nocivas. En primer lugar, pues dicha imagen no se condice con la realidad de muchos de sus cuadros dirigenciales que efectivamente han participado de la administración pública y de programas y campañas vinculadas a la administración estatal, generando una contradicción evidente. En segundo lugar, pues dicha tendencia promueve un afán basista, que tiende a generar desconfianzas ante cualquier forma de burocratización y organización estable, dificultando y atomizando a las propias formas concretas de la protesta social. Y finalmente, pues genera una situación en que la legitimidad de una organización o proyecto, basada en la “pureza moral”, pende de un hilo, en cuanto el descarriamiento de un dirigente o figura pública, puede poner en entredicho todo el proyecto. La imagen del PPD de los 90, Partido Ciudadano que supuestamente “te defendía como León” o, más recientemente,  del propio Marco Enriquez-Ominami, son una evidencia de aquello.