Por todo lo que se ha dicho y escrito en relación a la elección del Presidente número 45 de los Estados Unidos, pareciera que el rumbo de la mayor potencia económica y militar del mundo obedeciera exclusivamente a políticas de gobierno, no existiendo -por lo tanto- políticas de estado. De ser así, el futuro de esta nación y sus consecuencias hacia todo el orbe, dependerían exclusivamente de la voluntad de una persona, es decir, de cómo se levante ése día Donald Trump. Esperamos que no sea de tal manera, aunque algo de ello podría ocurrir.
Se recuerda que las políticas de gobierno son de más corto plazo y obedecen a los intereses más inmediatos del gobierno en ejercicio. Idealmente, ellas se insertan en una estrategia de largo plazo que constituyen las políticas de Estado.
No obstante, pareciera que en el caso de los Estados Unidos, las políticas de estado han sido “privatizadas” desde hace tiempo. Ellas obedecerían al establishment político, a los intereses corporativos, a los grandes bancos, a Wall Street, al complejo militar-industrial, a los Think Tanks académicos como el tradicional CFR (Council on Foreign Relations) o al más reciente, el centro de estudios neo-conservador, Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, PNAC. Justamente esa élite cuya candidata preferida era la perdedora Hillary Clinton.
Hubo, por lo menos, dos componentes en el triunfo de Trump:
El rechazo a Hillary Clinton y al establishment que hacemos mención, por una parte y, por la otra, el desahogo de un electorado blanco, más bien conservador, de clase media empobrecida, cansado del discurso “políticamente correcto” y con ganas de dar rienda suelta a sus frustraciones y sentimientos.
La campaña de Donald Trump supo detectar, interpretar y canalizar ambos aspectos a su favor. El mismo discurso anti-inmigrante latino pudo también ganar el apoyo de los hispanos ya documentados y nacionalizados, en estados claves como La Florida. Una reacción natural por parte de quienes pueden ver amenazados su status y logros por una inmigración no controlada.
En otras palabras, la explotación del temor y la inseguridad de la masa constituyeron el meollo del discurso de Trump. Una tendencia de suyo funesta que rememora los aciagos años de la preguerra Mundial en Europa.
El mensaje de Donald Trump, utilizando intencionadamente un lenguaje “políticamente incorrecto”, apuntó directamente a esa realidad. De paso, asoció intuitivamente el sentimiento de deterioro económico y anímico de una buena parte de la ciudadanía trabajadora norteamericana con los nefastos resultados de las políticas globalizadoras, afianzadas por los acuerdos comerciales: la libre movilidad de los capitales y el arriendo de mano de obra más barata en ultramar.
Mientras en el entorno interior decidió aplicar el credo neoliberal de reducción de impuestos a las empresas como medio infalible para incentivar el crecimiento de la economía; contradictoriamente, en el ámbito externo amenazó con revertir los acuerdos de libre comercio, contrariando la doctrina imperante del paradigma globalizador.
Por otra parte, si bien el Presidente de los Estados Unidos posee un abanico de poderes constitucionales que le permiten tomar decisiones vitales, también es un hecho que el régimen político posee una institucionalidad que le provee de un razonable grado de equilibrio mediante el reconocido sistema de checks and balances, o separación de poderes, que ha caracterizado a la democracia norteamericana, aspecto tan admirado por Alexis de Tocqueville en su época.
No obstante, el sistema deja espacio para el populismo, como usualmente lo entendemos en Latinoamérica. El término, que se consideraba reservado para líderes izquierdistas del estilo Chávez, Maduro o Evo Morales, esta vez es aplicable al Presidente electo de los Estados Unidos. Con mayoría de su Partido Republicano en el Congreso y con la nominación pendiente de un juez de la Corte Suprema, Trump tendrá casi todas las cartas en su poder. Incluso, en una reciente entrevista con el New York Times, el Presidente electo se refirió a la posibilidad de permanecer “uno o más períodos” en el cargo.
Además, nada más populista que apelar al sentimiento mesiánico acerca del poder hegemónico y permanente de los Estados Unidos en el mundo como lo hizo Trump, bajo la consigna de “Devolver la Grandeza a América” (“Make America Great Again”). Era la primera parte de su estrategia: la conquista de los votos mediante ese lenguaje violento, directo y atemorizante.
Ahora, cómo va a gobernar, es una incógnita. Probablemente de una manera mucho más moderada que su discurso para el acceso al poder. Sin embargo, no se puede descartar la eventualidad de que recurra al mismo método intimidante, en caso de encontrarse en alguna coyuntura adversa. Esto es un peligro potencial.
Las primeras señales sugieren un Trump cuyo principal e inmediato objetivo es deshacer las políticas propuestas o implementadas durante la administración de Barack Obama. Es el caso de la llamada Obamacare, ACA (The Affordable Care Act). Un sistema de salud diseñado para aumentar la calidad, cobertura y acceso a la salud pública a menor costo.
En el ámbito de la defensa y las relaciones exteriores aparece ahora rodeándose de ex militares. Generales y almirantes los cuales, de uno u otro modo, contradijeron las políticas de su antecesor y, consecuentemente, fueron llamados a retiro.
Por ejemplo, ha conversado con los Generales en retiro de la Infantería de Marina James N. Mattis y John Kelly, como posibles postulantes a los cargos de Secretario de Defensa y Secretario de Estado, respectivamente. Aunque, recientemente, el ex alcalde de Nueva York, Rudolph W. Giuliani estaría presionando para obtener este último cargo. Sin embargo, algunos de sus asesores del círculo íntimo estarían apoyando la opción de Mitt Romney, un ex candidato republicano, crítico a Trump durante la campaña.
En política exterior, el electo Presidente ha declarado su intención de conversar con el gobernante de Siria Bashar Al Assad con el fin de establecer una alianza anti Estado Islámico.
En el ámbito comercial internacional, Trump ya ha anunciado su disposición a desechar el TPP (Trans Pacific Pact) para reemplazarlo por tratados bilaterales. En políticas tributarias, ha prometido reducir los impuestos corporativos y eliminar el impuesto a la herencia. Estas medidas incrementarían el ya regresivo sistema tributario que caracteriza a los Estados Unidos, según señala el economista, Nobel de Economía, Joseph Stiglitz.
Lo anterior reforzaría la desigualdad existente y afianzaría el poder de la plutocracia, en una flagrante contradicción con el mito del “Sueño Americano” de la igualdad de oportunidades desde la base. El “American Dream” es otra difundida consigna del populismo norteamericano.
La privatización de las políticas de estado dio como resultado el que los tratados comerciales, si bien favorecían a las corporaciones norteamericanas, afectaron sensiblemente el interés de la mayoría ciudadana, especialmente a la clase trabajadora, afirma Stiglitz. Los negociadores del “establishment” se orientaron exclusivamente hacia el interés de sus mandantes.
De acuerdo a las intenciones manifestadas hasta ahora por Donald Trump, estamos hablando de cambios sustantivos a las eventuales “políticas de estado” seguidas por los gobiernos precedentes. Sin duda, se trataría de un vuelco radical. Una tendencia intuida por Slavoj Zizek antes de la elección. La posibilidad de que Trump conduzca a tal desconcierto en la política norteamericana que gatille una reacción de movilización popular.
Ya ha ocurrido anteriormente. El movimiento popular anti guerra de Vietnam mantuvo en jaque la política interior de los Presidentes Johnson y Nixon. El primero se vio obligado a renunciar a un segundo mandato y el segundo debió enfrentar un estado de casi rebelión popular. Finalmente, la voluntad política de Washington quedó tan debilitada, que perdió la guerra.
En cualquier caso, Donald Trump representa ese tipo de líder populista de derecha que explota sentimientos y cuya visión programática se apoya más en lo que se rechaza que en lo que se propone.

Noviembre 2016.