En Chile el progresismo opera como discurso político mainstream promovido y defendido por algunos sectores de izquierda que abogan por las más variadas causas. Entre ellas se encuentran la defensa de reivindicaciones históricamente relevantes para el liberalismo, sin perjuicio de concretar también toda clase de alegatos humanistas empapados de piedad cristiana y el sentimiento de culpa como impulso de la acción.

Es difícil definir analíticamente qué es el progresismo. Podrían considerarse adeptos al progresismo tanto liberales como algunos socialistas, quienes son democráticos y revolucionarios, los humanistas cristianos, o incluso, uno que otro militante de la Izquierda Autónoma. También pueden reputarse progresistas ciertos dogmáticos del ateísmo y algunos promotores del ecologismo, así como también quienes comulgan y sensibilizan con la liberalización del consumo de drogas, la ampliación de la libertad sexual y el compromiso con el igualitarismo de la discriminación positiva. En definitiva, a este discurso podrían adherir quienes se identifican con la derecha política, e igualmente, quienes dicen suscribir a los valores históricamente promovidos por la izquierda, englobados todos bajo la moralidad del humanismo liberal.

Más que ideología común y filosofía definida, al progresismo lo une la defensa de causas emblemáticas para el ideario de una pequeña burguesía decadente, que se ha desarrollado post década de los noventa y que es representada por aquellas viejas capas medias, hoy arrinconadas por el esfuerzo de ascender socialmente, obtener dinero fácil y consumir de modo frívolo objetos de alta cultura. En ese contexto, el progresismo derrocha energías en la defensa de causas, moralmente sensibles cuya significación es emotiva en la ciudadanía informada y su impacto inmediato mediatizado por la T.V. e internet. De ahí que para el progresismo sea más satisfactorio el reclamo por la realización del deseo individual por intermedio de la subjetividad jurídica, que la revisión de las circunstancias materiales que originan su lamento.

Twitter y algunos espacios de la blogósfera se han convertido en el ágora donde el progresismo convive y juzga desde su púlpito, embestido de la más elevada corrección moral, toda acción o decisión que no se ajuste a su pontificado.

En un intento de enmarcar la indefinición del progresismo chileno, podemos decir que en algún sentido posee un sustrato filosófico que se hunde en las tesis básicas del liberalismo igualitarista, cuya máxima aspiración de organización de la sociedad es la socialdemocracia a la europea. Su filosofía moral inmediata es un humanismo resignado fundado en una dignidad humana abstracta y vacía que ha entrado en la escena histórica como una mezcla peculiar de metafísica clásica y cristiana.

Esta doctrina, que tan hondo ha calado en el discurso político y público del Chile contemporáneo, es banal e insatisfactoria como discurso de izquierda. Un discurso que ha variado zigzagueante y decepcionantemente entre la apología y la arrogancia, entre lo reiterativo y la autocomplacencia y entre la comodidad y la futilidad.

Siendo así, el progresismo no ha hecho otra cosa que empobrecer a la izquierda. La ha pauperizado en sus discursos y prácticas porque ha evadido el conflicto político y ha abrazado acríticamente el liberalismo. Asimismo, ha distraído de manera cortoplacista el énfasis en combatir y superar los problemas estructurales y materiales que impiden la transformación y la emancipación. Además, ha resultado insuficiente en su sentido histórico y miope en cuanto a su conciencia filosófica.

El progresismo, mediante su escrutinio público ingenuo, políticamente optimista, éticamente compasivo y estéticamente new age, olvida explorar críticamente las condiciones o presupuestos de existencia de los discursos, prácticas y decisiones contra los cuales muestra una pueril rebelión. En efecto, ha sido incapaz de elaborar y mantener una oposición consistente contra la explotación, la dominación y la exclusión, conformándose sólo con el enfado expresado a través de las “redes sociales virtuales” y en una que otra protesta, convocada por estas mismas “redes”, para reclamar ante la emergencia ecológica o demandar más espacios de desarrollo de la subjetividad y la autonomía individual.

Es allí donde los progresistas logran exteriorizar su malestar y la manera en que los aqueja la violencia de la que son testigos, para lo cual emiten autoritariamente respuestas singulares y aburridamente correctas a los conflictos sociales, muchas veces imponiéndolas desde el puritanismo academicista completamente ajeno al padecimiento de experiencias traumáticas Todo lo cual acontece, empero, sin ir más allá de dejar constancia escrita de su incordio y sin indagar ni revisar la naturaleza de las problemáticas estructurales que asaltan a los excluidos y desaventajados, lo que a la larga termina perpetuando su estado de invisibilidad y vulnerabilidad.

Para un discurso de izquierda comprometido mínimamente con la crítica y la resistencia resulta inaceptable para sí mismo promover un reformismo optimista impregnado de moralina cristiana y complacencia con la apatía de la causa liberal.

Corolario: el progresismo, en tanto discurso político moralista, vacuo, conformista y candoroso, no contribuye a robustecer a la izquierda chilena en el estado actual de la situación. En cuanto tal, debe ser abandonado, superado y relegado del horizonte de transformación y realización de la izquierda chilena.