Ellos mismos, intelectuales, forman parte de ese sistema de poder, la idea de que son los agentes de la «conciencia» y del discurso pertenece a este sistema. El papel del intelectual no es el de situarse «un poco en avance o un poco al margen» para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar contra las formas de poder allí donde éste es a la vez el objeto y el instrumento: en el orden del «saber», de la «verdad», de la «conciencia», del «discurso»

(Michel Foucault)

I

Con escaso talento dialéctico, suelen convivir en la izquierda dos actitudes igualmente unilaterales ante la relación entre el saber y la política. La primera de ellas es la de cierto anti-intelectualismo que cuestiona la utilidad de la reflexión en nombre de la necesidad de la acción. Se trata de una actitud algo ingenua, puesto que es imposible no seguir reproduciendo la lógica de la hegemonía si no se cuestionan sus conceptos, pero que difícilmente podría no darse dado que el orden hegemónico genera una división social del saber que sitúa la reflexión como un placer distante para las mayorías. Toda fuerza política anti-hegemónica, en ese sentido, ha de lograr formas de combatir, en la propia organización, esa división social del trabajo que naturaliza una posición privilegiada de los intelectuales.

La posición que hoy resulta mayoritaria por parte de las y los intelectuales de izquierda es la de combatir ese anti-intelectualismo sin una estrategia de construcción de fuerza política. Antes bien, emerge una actitud contraria que suele asumir que cualquier ejercicio intelectual crítico es ya una forma de militancia. De forma apresurada, del hecho de que todo discurso pueda ser considerado político concluyen que cualquier discurso puede generar efectos que alteren las relaciones de fuerzas existentes en el orden social, sin notar que el ejercicio académico suele dejar intactos los modos de producción del saber imperantes. Con una ingenuidad mucho menos excusable que la de la militancia anti-intelectualista, dado que surge de quienes tienen tiempo y capacidades privilegiadas para pensar su posición ante los medios de producción del saber y notar los límites de su ejercicio, esa suposición suele autorizar la comodidad de académicas y académicos que asumen que publicar sobre política es participar políticamente, o que los espacios universitarios son discusiones de interés público.

Como en todo diferendo de interés, es imposible alcanzar una síntesis cerrada ante esas dos actitudes. La tensión quizás debiese ser pensada de forma más compleja, y no escasean las discusiones al respecto. Con la emergencia del marxismo académico a principios del siglo XX surge una escisión difícil de remontar entre liderazgos políticos y la producción académica o artística, la cual ha legado sugerentes polémicas acerca de las tensiones entre el compromiso partidista, la autonomía crítica y el rol de las y los intelectuales. Ante la triste tentación de reducir el marxismo a una mirada académica, la autocrítica intelectual ha sido un urgente ejercicio para pensar las potencias y límites de la crítica.

En ese marco, las izquierdas latinoamericanas han dado debates que debieran ser releídos. Entre los deseos y censuras abiertas por el proceso cubano y las apelaciones sartreanas al compromiso intelectual, variados escritores polemizaron en torno a las estrategias de vinculación con los procesos revolucionarios que superasen el dogmatismo de los portavoces oficiales de los Partidos Comunistas de la época. Nos limitaremos aquí a recordar la posición del escritor argentino Juan José Saer ante la entonces dominante posición de Julio Cortázar, expuesta con razones y pasiones que siguen siendo inspiradoras:

“¡Vargas Llosa es un tigre de papel! Si, como buen revolucionario, hubiese leído Gramsci, sabría que el intelecto no es una profesión, sino una función: cuando un hombre cualquiera se afilia a un partido político, se afilia como intelectual, elige entre varias concepciones políticas, y aun entre varias concepciones del mundo; cuando un escritor va a cobrar un premio de 22 mil dólares a Venezuela, va como intelectual, no como escritor… Nadie le pide a Vargas Llosa y a Cortázar que elaboren una teoría de la creación poética ni que definan lo que es un intelectual; pero si lo hacen, que eximan, por lo menos, a «los camaradas lectores», de tanta chatura y suficiencia, aunque más no sea por solidaridad revolucionaria.”

Quien conozca la obra de Saer sabe que el compromiso crítico de la literatura no pasa, en su obra, por presentar una literatura de “contenidos” de izquierda. Antes bien, remite al paciente ejercicio de desmantelación de la lengua hegemónica. Con ello, asume que la primera posición crítica del intelectual, al menos en sociedades urbanizadas y con regímenes de saber dispersos, no es la de llevar la verdad a las masas acerca de todos los temas, sino la de disputar los modos de producción del espacio en el que se inserta su producción específica. En su caso, en torno a los modos de representación que puede asumir la escritura de ficción.

La apelación de Saer a Gramsci, en ese sentido, es lúcida. Como bien explica el pensador italiano, todo orden hegemónico construye sus espacios de producción y circulación del saber, contra los cuales un bloque histórico antagónico ha de constituir otros espacios y saberes que puedan disputar la hegemonía. Es ahí donde se emplaza la política de las y los intelectuales, como parte necesaria y no suficiente de las luchas sociales. Las y los intelectuales no son para Gramsci personas con virtudes especiales superiores a las del resto de los sujetos, sino quienes son producidos por un orden histórico determinado para producir conocimientos. De ahí la torpeza de discutir si un productor de conocimientos es un “verdadero intelectual” o no: Su conocimiento puede ser o no certero, pero su posición en los medios de producción es la de producir conocimiento, y eso lo transforma en un intelectual. Todas y todos, argumenta Gramsci, pueden filosofar, pero un parte menor de los productores asumen el rol de producir filosofía en una sociedad, y nada impide que, potencialmente, una parte de esa parte puede sumarse a las disputas contra ese orden histórico que les ha dado esa posición privilegiada[i].

La pregunta que allí se abre, entonces, es cómo sumarse a las disputas políticas sin reproducir los privilegios del saber. Para Gramsci, la militancia política debiera encauzar las estrategias de intervención intelectual en los distintos espacios. Algunas décadas después, en el marco de una Universidad que ha dividido y especializado áreas del conocimiento, Pierre Bourdieu reitera la importancia de que ese trabajo intelectual supere la mera “provisión” de saberes del intelectual a los movimientos. Ese gesto jerárquico suele ser mucho más útil para el currículum de quien investiga que para la elaboración de una política contrahegemónica. Frente a ese tipo de intelectual más preocupado de la prensa que de sus pares, tan cautivo de la lengua de la hegemonía, Bourdieu destaca la importancia de que el conocimiento generado pueda legitimarse como tal, y no solo ante los movimientos con los que simpatiza. (De ahí, por cierto, la legitimidad política de investigar cuestiones que no remitan directamente a la solución de problemas prácticos o a discutir asuntos de la coyuntura política. Es importante, por ejemplo, la elaboración de historiografía marxista, siempre y cuando se asuman los límites de esa importante actividad).

Y es que quien se vale del deseo de la política para construir individualmente un conocimiento que busca convencer a las mayorías sin pasar por el espesor de la producción especializada suele terminar gestando un pobre conocimiento y una más pobre política. Frente a ello, el sociólogo destaca la chance de sumarse como intelectual a procesos colectivos, a través de un compromiso que se sitúa en una posición específica que resiste tanto a la naturalización de la jerarquía del intelectual como al deseo de anular esa jerarquía con la mera aspiración voluntarista. Bourdieu es claro al respecto:

“¿qué hará el investigador en el movimiento social? Primero, no andará dando lecciones, como hacían ciertos intelectuales orgánicos que, no siendo capaces de imponer su mercadería en el mercado científico, donde la competencia es dura, iban a hacer de intelectuales ante los no intelectuales, diciendo que el intelectual no existe. El investigador no es ni un profeta, ni un faro intelectual. Debe inventar un nuevo rol, muy difícil: debe escuchar, debe investigar e inventar; debe tratar de ayudar a los organismos que tienen por misión -cada vez con menor fuerza, lamentablemente, incluso los sindicatos- resistir la política neoliberal; debe darse como tarea asistirlos proveyéndolos de instrumentos.”

Intelectual comprometido no es, por tanto, quien enuncia verdades por las que otros habrán de luchar. En tal caso, de quien hablamos puede ser una o un intelectual, que eventualmente produzca un conocimiento crítico del orden social, pero su compromiso con la transformación dista del ideal. Este ideal, como cualquiera, resulta regulativo, y es obvio que en muchos casos puede estar la voluntad sin la posibilidad de comprometerse de modo más acabado. Por lo mismo, de lo escrito no se sigue que quienes no militen no sean intelectuales críticos, o que su trabajo no sea de interés. El problema, antes bien, aparece cuando desde esas condiciones alguien se presenta su trabajo como intelectual como su participación política.

Frente a ese tipo de operaciones, puede destacarse la figura, muchísimo más sobria, de quien compromete su producción específica dentro de elaboraciones colectivas, en lugar de aspirar a conducirlas discursivamente sin previa participación política. En lugar de desear entrar individualmente a la política como intelectual, se trata de quien entra a la disputa intelectual instalando allí las políticas que se han construido colectivamente.

Ese compromiso puede implicar una militancia partidista o no, dependiendo de la estrategia en cuestión, que debiera decidirse atendiendo a las necesidades colectivas antes que a los deseos individuales. Pensar el trabajo intelectual en las luchas colectivas no anula la autonomía crítica, sino que la somete a un rigor mucho más interesante que el de los estándares académicos. Buena parte de la reflexión marxista más interesante de las últimas décadas, en efecto, ha surgido de intelectuales que han buscado pensar a partir de sus compromisos con distintos movimientos. Frente al supuesto academicista de que es necesaria la distancia para pensar mejor, algunos de los más finos pensadores de las últimas décadas muestran lo contrario. Por de pronto, además de los ya citados Bourdieu y Foucault, podemos recordar a Althusser y Derrida.

II

Que tales discusiones sean más interesantes que las nuestras no nos autoriza a soslayar la pregunta por el rol que habrían de tener las y los intelectuales en las coyunturas políticas de la izquierda chilena contemporánea. En particular, ante la reciente emergencia de un intelectual como Alberto Mayol como precandidato presidencial por parte del Frente Amplio, lo cual puede reabrir la discusión que someramente hemos presentado.

Sobre los contenidos de la candidatura en cuestión, por cierto, no es mucho lo que por ahora se puede decir. Ni siquiera hay claridad acerca de qué movimientos impulsan una eventual precandidatura cuya posibilidad se habría “filtrado” en la prensa, de acuerdo a declaraciones del propio Mayol. Tampoco sabemos muy bien qué ha motivado esa candidatura como para discutir al respecto, ya que lo poco que han podido decir las organizaciones que quizás lo respalden no sobrepasan las argumentaciones genéricas acerca de la necesidad de abrir un debate presidencial, tal como Giorgio Jackson ha señalado que no ha estado en escándalos de corrupción y el Partido Humanista ha destacado su valentía. Si partimos del supuesto de que hay otros liderazgos valientes y no corruptos en distintos movimientos del Frente Amplio, resultan insuficientes esas razones para apoyar a Mayol: Se limitan a decir por qué no debiera prohibirse que sea candidato, lo que nadie ha imaginado, pero están lejos de mostrar por qué sí debiera serlo. Resulta necesario, entonces, analizar el desempeño del propio Mayol para discutir al respecto.

El personaje en cuestión, en efecto, se ha preocupado de instalarse como precandidato, incluso antes de haber sido confirmado por organizaciones del Frente Amplio. Que ya dé entrevistas como candidato, y que en ellas dé por resueltas discusiones que los movimientos que conforman el Frente Amplio aún no han zanjado (en particular, acerca de la realización de primarias legales, con todos los costos que ello implica) ya es un dato que nos debiera hacer pensar. Y es que no hay gran certeza de que Mayol esté dispuesto a regirse por las fuerzas políticas de las cuales se vale para ser precandidato. Se suma como individuo y actúa como tal, sin elaboraciones ni referencias colectivas.

Hasta donde sabemos, de hecho, la única participación de Mayol fuera de los espacios universitarios ha sido un fugaz, y algo silencioso, paso por la Fundación Progresa, vinculada al PRO, y la autoría de óperas de contenido político. No se le conoce militancia de ningún tipo en algún movimiento que no lo haya proclamado como precandidato. Con algunos de los movimientos que conforman el Frente Amplio solo señala haber tenido conversaciones que, hasta antes de aparecer como candidato, no se habían traducido en un compromiso reconocido públicamente. De hecho, hace algunos meses, criticó a Gabriel Boric y al ya mencionado Jackson por no haber asumido el triunfo (sic) del movimiento estudiantil y no haber pedido ser presidentes. Acaso por esa falta de decisión, que habría requerido la suspensión de la normativa electoral vigente dada la edad de los mencionados, Mayol se suma como precandidato al bloque del que Boric y Jackson son figuras importantes.

III

Si antes de su candidatura Mayol ha tenido alguna figuración pública, ha sido en cuanto intelectual. En particular, por un trabajo individual que se ha materializado en sus libros, los que le han abierto una frecuente presencia en los medios de comunicación, la cual le permite ser presentado como uno de “los ideólogos del movimiento estudiantil”. Si ese apelativo es justo, o si las tesis sociológicas que defiende Mayol son correctas, son cuestiones hoy secundarias para la discusión en el Frente Amplio. Más importante es discutir las implicancias políticas que podría tener una candidatura como la suya, o como la de cualquier otro precandidato o precandidata que se instale con un proceso y perfil similar, a la hora de constituir un Frente Amplio.

En su primera elección, en el marco de una disputa electoral que probablemente gire en torno a la discusión presidencial, el Frente Amplio aparece como una fuerza política emergente que se pone a disposición de un intelectual que ha mostrado simpatía por lo que allí se discute (como la tendría casi cualquier académico de las Universidades públicas), y que se ha interesado académicamente por tales movimientos, pero que ha estado lejos de involucrarse activamente en algún movimiento político o social. Cuando lo hace, en lugar de sumarse a los espacios de discusión que se abren en distintas comunas, lo hace directamente como precandidato, y da entrevistas que así lo confirman. Evidentemente, ello le da tribuna mediática tanto a Mayol como al Frente Amplio, pero no es claro quién habla en nombre de quién.

En ese sentido, Mayol encarna una figura del intelectual de izquierda que harto dista con la que hemos intentado destacar. Si para la mirada gramsciana que recoge Bourdieu la política intelectual debe pasar por la construcción de conocimiento crítico desde un vínculo orgánico que no suplante a los movimientos sociales, incluso en el deseable caso de que el intelectual fuese militante de alguno de esos movimientos, la operación de Mayol es la de sumarse por arriba y transformar su producción académica en el discurso de los movimientos sobre los cuales se emplaza, sin haber tenido un vínculo público de algún tipo con dichos movimientos antes de ser candidato. El problema, por supuesto, no es lo que él desee o no hacer individualmente, sino si el Frente Amplio ha de brindarle ese espacio.

La cuestión, entonces, no es si el mencionado bloque debe o no abrirse a Mayol, o a cualquiera, sino cómo. El problema de que asuma como precandidato quien no ha participado anteriormente no es moral o psicológico, sino político: se valida un liderazgo individualista del cual no hay garantía que respete los acuerdos colectivos, ni claridades acerca de que sus ideas concuerden con las de las organizaciones que componen el Frente Amplio. Apenas se presenta como precandidato, de hecho, sus declaraciones con respecto a Cuba fueron contradictorias con lo que pocos días antes había señalado el movimiento que presenta su candidatura. Si incluso esperando su confirmación como precandidato Mayol no se ha preocupado de concordar con el movimiento que habría de confirmarlo, es difícil suponer que siendo candidato no habrá de contradecir a otros movimientos, propuestas o vocerías del Frente Amplio.

Ciertamente, cualquier candidata o candidato podría, eventualmente, desobedecer lo decidido por el bloque por el cual se presenta. El problema con un liderazgo individual no es tanto que las probabilidades de ello sean mayores, sino particularmente que una maniobra de ese tipo podría tener un mayor efecto político desde un liderazgo individual. De este modo, por imaginar un ejemplo cualquiera, si un candidato presidencial del Frente Amplio que provenga de las filas de Revolución Democrática llamara a votar en segunda vuelta por un candidato de la Nueva Mayoría, su movimiento bien podría separarse del candidato, y podría explicitarse que Revolución Democrática no apoya la Nueva Mayoría. En el caso de Mayol, por el contrario, esa separación sería más difícil de realizar[ii], puesto que ya ha comenzado a representarse a sí mismo antes que a cualquier movimiento. Poco importarían las infinitas aclaraciones que podrían realizar todos los movimientos si el candidato que se ha presentado como su líder ante los medios decide algo distinto a lo acordado con esos movimientos.

Es obvio que con ese ejercicio hipotético no suponemos que Mayol vaya a realizar eso, o alguna otra maniobra de ese tipo. El problema es que un liderazgo individual abre esa posibilidad, mientras que un bloque colectivo que recién comienza debe buscar construirse con una lógica inversa. Esto es, mediante una articulación de unidad que se construya de forma colectiva, componiendo y respetando los siempre frágiles y necesarios acuerdos colectivos, de la cual los liderazgos sean un producto y no un atajo o aventura individual.

En un proceso electoral en el cual la crisis de la Nueva Mayoría bien puede llevar a guiños y ofertas de todo tipo, es necesaria la elaboración de un espacio político que delimite con claridad su autonomía ante el duopolio, lo cual requiere la siempre paciente elaboración de confianzas colectivas. El irresponsable deseo electoral de priorizar la aparición en los medios o los resultados electorales por sobre el proceso de construcción colectiva puede traer efectos muy problemáticos, y no solo porque no podemos saber hoy si Mayol es o no un candidato que amplíe las posibilidades de votación, sino porque incluso si lo es se ha omitido una pregunta anterior, y mucho más necesaria: Qué tipo de liderazgos necesitamos, por qué y para qué.

Es más que probable que quien objete lo aquí expuesto señale que la forma de decidir los liderazgos serán votaciones primarias que validan, de antemano, cualquier precandidatura que tenga algún tipo de apoyo por parte de algún grupo que sea parte del Frente Amplio. (Dado el caso, a falta de reglas procedimentales y primacía de la lógica del rating, es plausible que Mayol siga siendo precandidato incluso si los movimientos que podrían apoyarlo decidieran no hacerlo). Evidentemente, esa apertura a las primarias puede dinamizar el debate y evitar decisiones cerradas, pero abre también la posibilidad de pensar las decisiones colectivas como un mercado electoral interno en el cual prime la presencia de múltiples grupos de interés por sobre la búsqueda de acuerdos colectivos, así como la búsqueda de rostros mediáticos como fácil solución al dilema de la masividad. No es casual, de hecho, que sean los partidos del duopolio, cuya lógica supuestamente el Frente Amplio no debiera reproducir, los que hayan naturalizado las primarias como forma de deliberación ante la falta de unidad y celebrado la presencia de “nuevos rostros” sin preguntarse por el rendimiento que éstos podrían tener para afianzar sus fuerzas. Sería indeseable observar lo mismo en una fuerza que debiera nacer sin replicar tales vicios, evitando la combinación entre acarreos y caudillismos que suele darse en las elecciones primarias.

Los distintos grupos que componen el Frente Amplio han reiterado su deseo de que, de uno u otro modo, el bloque se prolongue más allá de las próximas elecciones. Para ello, es necesario actuar con prudencia. Muy recientes experiencias de candidaturas de izquierda deben recordarnos los riegos de liderazgos individualistas, y también que los medios de comunicación pueden ser tan rápidos para llegar como para irse ante lo que se presente como novedoso. Evidentemente, esos y otros riesgos deben ser asumidos para intentar una participación electoral no testimonial. Y por ello, porque es necesario arriesgarse de la mejor manera posible, es que es necesaria la responsabilidad.


[i] Es cierto que tras las transformaciones neoliberales de la Universidad no es tan simple referir a los privilegios de los trabajadores académicos, pero también que, por el momento, los niveles de precarización que padecen parecen ser menores que en otros trabajos.

[ii] Esto, por supuesto, en términos políticos antes que cognitivos. Es obvio que los que nos importan, para el caso, son los primeros y no los segundos.