Por Herminia Gonzálvez, Francisca Ortiz Ruiz y Sofia Larrazabal

 

Si a usted lector o lectora le preguntaran ¿quiénes son las personas que lo cuidan o lo/a han cuidado?, seguramente su respuesta mencionaría a alguna mujer. Incluso, señalaría que estas mujeres son para usted aquellas que considera su familia, o “casi” de la familia. Respuesta que se replicaría al pensar no sólo en su casa, sino también en los hogares de sus familiares.

El que sean las mujeres quienes se dediquen al cuidado no es algo casual. Y que gran parte de este cuidado suceda en el espacio privado del hogar tampoco. En efecto, la familia y los cuidados se entienden de manera interrelacionada, asumiendo casi por defecto que el mejor cuidado es aquel que entregan las mujeres en posiciones de parentesco dentro de la familia (Gonzálvez, 2013; 2016).

La familia, entendida como parte de la esfera privada, es asumida como el lugar donde el cuidado debe ser entregado. Ésta ha sido descrita, incluso, como un espacio de refugio, altruista y afectuoso (Jecker, 2002; Di Leonardo, 1987), por lo que de ella se espera el desarrollo de actividades que requieren, principalmente, conocer las necesidades de sus miembros y articular las funciones necesarias para satisfacerlas.

Más allá de las bondades que podamos enumerar sobre el cuidado en el espacio familiar, el problema surge cuando éste es visto como capital exclusivo de la familia, y de las mujeres dentro de ellas. Se agrava cuando al idealizar el cuidado entregado por la familia y las mujeres como un elemento relacionado al afecto y la reciprocidad, desconocemos que también alberga sentimientos de frustración, angustia y cansancio. En consecuencia, el cuidado dentro de la familia se convierte en un espacio de producción y reproducción de desigualdades de género –entre otras–, en la medida que las mujeres son quienes deben manejar el costo –social, educacional, laboral, personal, entre otros– de las responsabilidades asociadas al cuidado.

En la historia, el cuidado generalmente se ha considerado como una tarea maternal, y por tanto femenina, y por ello la comunidad debía comprender que las mujeres tenían la responsabilidad de responder a su “rol emocional histórico” (Parsons y Bayles, 1955). Dicho rol se condice con las reflexiones feministas que han destacado la relación entre los hombres y lo laboral, lo productivo, lo público y lo racional; en contraposición a las mujeres, vinculadas al hogar, lo improductivo, lo privado y lo irracional (o lo emocional). Derivado de ello, las mujeres se encuentran fuertemente ligadas a sus posiciones de género y parentesco asociadas a las responsabilidades de cuidados –especialmente de niños y adultos mayores–, las cuales se concentran en gran medida en el ámbito privado del hogar (Arriagada, 2013: 170). Factores como “la incorporación de las mujeres al mercado laboral (que disminuye su disponibilidad como cuidadoras del hogar), los cambios en las estructuras de las familias (ha disminuido el tamaño familiar), y el envejecimiento de la población (lo que implica una mayor necesidad de cuidado durante la vida)” (Acosta, 2011: 213), provocan un déficit de personas que puedan dedicar su tiempo al cuidado, aumentando el desajuste entre las necesidades del mismo y aquellas dispuestas a entregarlos.

Si bien en la presente columna nos situamos en el espacio de las familias, las cuales son entendidas como la unión de aquellos miembros que una persona considera como tales, compartan o no lazos sanguíneos (Ortiz, 2015; Gonzálvez, 2013; 2016), la vinculación del cuidado a las mujeres se extrapola a diferentes ámbitos de la vida. Por ejemplo, en el área de la salud observamos que las especialidades médicas tienen tendencias de género, habiendo una mayor cantidad de mujeres dedicadas a la medicina familia (Sepúlveda, 2008: 169). Según esta autora, a pesar del aumento en la presencia femenina en los estudios de medicina, esta presencia se ha concentrado en campos socialmente comprendidos como “femeninos” (por ejemplo la cirugía infantil). No obstante, el vínculo entre mujeres, salud y cuidados se remonta a la sanación informal, como lo expresan (Obach & Sadler, 2008).

Al intentar desnaturalizar el escenario de la familia y el hogar como los espacios donde las mujeres deben proveer cuidados, reparamos que la posición de las mujeres dentro de las familias en Chile en lo que concierne a la organización social y política de los cuidados, se explica a partir de los siguientes puntos:

En primer lugar, la mujer asume una “doble presencia”, trabajando tanto dentro como fuera del hogar. Si bien esto ha permitido el aumento de las familias con doble ingreso, también ha supuesto que las mujeres deban reajustar y renegociar las condiciones del cuidado en cuanto a tiempo, dinero y responsabilidades, entre otras disposiciones, al menos durante los tramos de jornada en que están fuera del hogar. Además, el mercado laboral público y privado ha implementado medidas de conciliación entre el trabajo y la familia, aunque mayoritariamente orientadas hacia las mujeres y el cuidado de los hijos, dejando fuera a otros sujetos de cuidado como son las personas mayores y las personas con discapacidades físicas y/o mentales. Por tanto, es menester que la corresponsabilidad del cuidado sea intencionada hacia medidas que permitan el aporte en conjunto de todos los actores (mercado, Estado, comunidad), y no sólo de la familia, para así alivianar la carga que implica esta doble presencia, y para permitir a las familias alternativas de cuidados que vayan más allá de lo que ellas puedan proveer. La corresponsabilidad del cuidado permitiría, por tanto, la desnaturalización de la familia como su “proveedora exclusiva”.

En segundo lugar, las mujeres asumen formas familiares diversas, postergando la maternidad o, incluso, conformando un proyecto de pareja y no un proyecto de familia. Con esto, ellas manifiestan su derecho a no cuidar, al menos en términos de descendencia, en cuanto a proyectos de parentesco electivo se refiere (Salvo y Gonzálvez, 2015). Así, muchas mujeres priorizan otras esferas de sus vidas, modificando sus trayectorias laborales y asumiendo proyectos profesionales que, frecuentemente, las impelen a una mayor búsqueda de independencia y cuyos ascensos demandan de ellas mayor disponibilidad temporal.

En tercer lugar, la subrepresentación femenina en los espacios de toma de decisiones implica una ausencia de posicionamiento de sus opiniones frente a temas cruciales: discusiones sobre la distribución social del cuidado, sobre remuneración del trabajo –ya sea fuera o dentro del hogar–, sobre presupuesto familiar o sobre fondos de pensiones para la vejez. Por otro lado, las mujeres que sí logran participar en estos debates, ocupando incluso posiciones de poder en ellos, en ocasiones reproducen las mismas lógicas de desigualdad de género bajo las cuales las familias en Chile han operado hasta hoy. Sumado a lo anterior, hay una dimensión generacional importante en esta subrepresentación: las mujeres que hoy son mayores no han sido representadas en su juventud, pero tampoco lo serán durante su vejez, dado que ésta generalmente se asocia a prejuicios que apartan a las personas mayores hacia los márgenes de la participación política y social. Así como no desconocemos que hay mujeres en posiciones de poder, tampoco desconocemos que hay personas mayores en estas posiciones. Sin embargo, usualmente no son mujeres mayores, sino hombres. Por lo general, estos hombres pertenecen a ciertas clases sociales y son comprendidos a partir de ciertos estereotipos de raza y etnicidad que los ponen en una posición de ventaja frente a las mujeres en general y, sobre todo, frente aquellas a las que se le asignan condiciones económicas e identitarias marginadas.

En cuarto y último lugar, no se puede pasar por alto que las mujeres vivan más que los hombres. Lo anterior conlleva la prolongación de las responsabilidades que históricamente les han sido asignadas debido a sus posiciones de madres, abuelas, cónyuges o hermanas. Para estas mujeres, incluso en su avanzada edad, el cuidado de los otros sigue ocupando un lugar central, desplazando el tiempo y las capacidades de cuidado propio.

Los aspectos mencionados hasta aquí conforman un debate inicial en torno a la naturalización de la vinculación entre los cuidados y las mujeres (especialmente en el marco de las familias). Desde nuestra perspectiva, es necesario avanzar esta discusión problematizando y visibilizando aquellos lugares donde las mujeres resisten y/o asumen solas los costes de sostener la vida familiar a través del cuidado.


Herminia Gonzálvez. Doctora en Antropología Social y Cultural (Universidad de Granada). Magister en Migración, Refugio y Relaciones Intercomunitarias (Universidad Autónoma de Madrid). Sus temas de investigación se relacionan con organización social de los cuidados en la vejez y cadenas globales del cuidado. Actualmente trabaja como académica e investigadora en la Universidad Central de Chile. Link del perfil: https://ucentral.academia.edu/HerminiaGonz%C3%A1lvezTorralbo

Francisca Ortiz Ruiz. Magister en sociología en la P. Universidad Católica. Actualmente trabaja en temáticas ligadas familia, género, cuidados y metodologías mixtas en el Centro de Investigaciones Socioculturales, de la Universidad Alberto Hurtado. Link del perfil: http://uahurtado.academia.edu/FranciscaOrtiz

Sofia Larrazabal. Cientísta Política, especialista en Relaciones Internacionales. Universidad Alberto Hurtado. https://independent.academia.edu/SofiaLarrazabal

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***Investigación  realizada  en  el  marco  del  Proyecto  Fondecyt  Regular  nº1160683 “Ser  mujer  mayor  en Santiago: Organización social de los cuidados, feminización del envejecimiento y desigualdades acumuladas de  Herminia  Gonzálvez  (investigadora  responsable). Se agradece el financiamiento a la Comisión Nacional de Investigación Científica  y Tecnológica (CONICYT) del Gobierno de Chile.