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Hay dos formas de fotografiar a un tiburón. En una, el fotógrafo sale a buscar al tiburón a sus zonas, en el mar, lo sigue respetuosamente, esperando que haga lo que sabe hacer: salir a la superficie, amenazante, y arremeter por sobre el agua mostrando sus dientes como más reconocible signo de una bestia indolente. La foto de la cabeza del tiburón, saltando al frente con sus ojos inexpresivos y la dentadura sucia y revuelta, es un objeto cultural que se repite por igual en canales de televisión especializados en animales o impreso en toallas de veraneo. Es la imagen de la bestia más violenta y temida de los mares. En la otra forma de tomar la foto, el tiburón fue previamente capturado. Pende de un gancho, muerto y cabeza abajo, en algún muelle. Está rodeado de sus captores, los que orgullosos lo exhiben como trofeo a la multitud, dejando claro que habían podido dominar a la fiera del océano y que como prueba podían observar su cadáver de cerca, desangrándose en tierra, en los dominios de los humanos, donde ya no asustaba. Las dos formas de fotografía son totalmente opuestas en su sentido y significado, sin embargo, ambas son las fotos de un tiburón. De eso no hay duda.

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En agosto de 1986, apenas un mes antes del atentado a Pinochet en la precordillera de Santiago, en un conversatorio organizado por el periodista Cristián Galaz para la revista La Bicicleta, Amaro Labra, líder de la banda Sol y Lluvia espetó: “[…] He analizado algunas letras de Los Prisioneros y Aparato Raro, y están dentro de la línea de lo que es funcional a la dictadura. A mí, por ejemplo, no se me ocurriría cantar quién mató a Marilyn, porque es un problema que no me llega. Pero sí me interesa saber quién mató a mis amigos que salieron de la población un día de septiembre”. Un severo Jorge González, a la cabeza de la banda Los Prisioneros, le respondió entonces: “Cantamos ¿Quién mató a Marilyn? Precisamente por eso, porque nos daba lo mismo lo que pasó con ella. En la tele, en las radios y hasta estos pericos pintados [refiriéndose a los Pinochet boys] le daban mucha bola”. El mismo González agregó más adelante: “Tomamos a los grupos nuevos como a los antiguos del canto nuevo, simplemente como gente que quiere hacer arte y ama la música, y a nosotros la música nos da lo mismo, como lo podrán notar en nuestras composiciones. Lo que más nos interesa es la cuestión social. Trabajamos para mostrar la verdadera realidad y no una de cliché que siempre muestran los artistas. Esa canción [‘nunca quedas mal con nadie’] no es contra un movimiento, se refiere a los poetas; si uno quiere denunciar algo, tiene que buscarlo de manera directa, no buscando maneras para que la gente le diga: tú eres un gran letrista, poeta o inspirado músico. Pero los artistas son así y qué le vamos a hacer, quieren aplausos, investigar en la música, las armonías, la poesía. A nosotros eso nos da lo mismo. Nosotros queremos pelear”.

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Algunos meses más tarde, en enero de 1987, consultado por la revista Wikén (de El Mercurio) sobre por qué no los invitaban al Festival de la canción de Viña del Mar, Jorge Gonzalez indicó: “Porque somos gente de cara limpia, que no fuma, no bebe y es honesta. Parece que allá quieren tipos con cara de viciosos y depravados. Supongo que será más in y ayudará a la formación de los jóvenes”. Había una estrategia de González para huir de la clasificación que la dominación realiza de las producciones culturales de los subalternos. Como estas producciones, a pesar de cierta mitología purista al respecto, surgen más bien en las fronteras entre el centro y la periferia (de una ciudad, de un país o una escena regional) y no en el aislamiento interno a los grupos sociales que la producen, cuando se sitúan en antagonismo al centro, a la elite o grupo dominante, ese antagonismo refuerza su autonomía, la defiende, la realza como su principal distinción. Es producción de frontera y como cualquier dominación no reconoce este espacio sino como el límite entre una u otra casilla. Así, para la dominación la música de Los Prisioneros debía ser rock new wave despolitizado, pop futurista o canto nuevo militante. Una de las estrategias de González fue perpetuar en su discurso la ambigüedad en el estilo, pues era la forma de realzar la autonomía de su producción musical. Hizo su música, logró hacerla famosa sin transar mucho letras y ritmos inclasificables, aceptó la foto de la prensa sólo para mostrar los dientes. En la segunda mitad de los ochenta, me atrevo a afirmar que casi todas las rebeldías que no disparaban eran impostadas. Ya fuese porque sólo así se soportaba la conciencia de que la Dictadura había ganado y no había nada que hacer más que pelear uno que otro punto en la capitulación, o porque impostar rebeldía era acumular capital para la política que ya asomaba, transicional, duopólica, insufriblemente redudante. En ese festín de pose, la rebeldía de Los Prisioneros era real, Jorge González enseñaba dientes que de verdad mordían.

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En una entrevista aparecida también en el verano de 1987, en la revista Solidaridad, Jorge González hablaba sobre su público, entonces principalmente el mundo de sectores medios y altos de las universidades. González se refirió a ellos como “gente rica que se viste de pobre porque eso está de moda”. En esa entrevista González indicó que quisieran llegar a otros jóvenes, a un público que él definió entonces como “el que podría haber sido mi compañero de curso, mi hermano; el que vive en los alrededores de Santiago, el que va a los liceos con números, que anda en micro, que está mal alimentado, que tiene el pelo negro y mide menos de un metro setenta, pero que ve la televisión y sueña con ser distinto, con parecerse a esos que salen allí y que son los que les va bien”. Estos chilenos y chilenas estaban lejos de ser comprendidos por el discurso musical de la izquierda, afincado entonces en el canto nuevo. A esos músicos González los consideró “un movimiento demasiado cínico. Cuando la protesta se poetiza pierde fuerza. Las cosas hay que decirlas como son y estar dispuestos a quedar mal con aquellos que se critican. Hay muchos de esos que cantaron un tiempo criticando todo, pero después se fueron a la televisión o a un festival y se les olvidó todo”.

Con los años, Los Prisioneros se hicieron la banda de rock más conocida de Chile, tanto dentro como fuera del país. No sólo eso, González logró su objetivo y su música fue adoptada como la música de la juventud que no le perdonaba a la Concertación no haber desmantelado la Dictadura. Fue la misma sociedad popular, joven en su mayoría, que en 2006 y 2011 cantó el “Baile de los que sobran” como himno de lucha, entonó “Nunca quedas mal con nadie” contra la crítica blanda, posera e infértil del progresismo y recitó los estribillos de “Generación de mierda” con un odio espumoso y clasista. La protesta de Los Prisioneros había logrado servir como herramienta de pelea precisamente para los que fue hecha, para los que pudieron ser sus compañeros de cursos, sus hermanos. Jorge González a la cabeza de Los Prisioneros era una de las cartas de amenaza de las clases populares. Era nuestro rebelde, todos podían haberse ido a la TV y venderse, ablandarse, algunos de esos músicos son millonarios operadores de cultura de la Concertación y otros son rostros del retail ferretero. Jorge González iba a la televisión a prenderle fuego a todo. Cuando lo iban a buscar con una cámara era porque siempre que lo filmaban estaba dispuesto a morder. En el complejo antagonismo cultural de clases del Chile de la Transición, González siempre fue nuestra mejor arma, la fiera del Santiago popular, moreno y de ‘pelochuzo’.

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El 3 de diciembre de 2016, luego de los noticieros en cadena nacional, la transmisión de la Teletón se situó en un Estadio Nacional repleto. La primera toma del escenario mostró a Jorge González, sentado en una silla, rodeado por músicos amigos como Gonzalo Yáñez o Pedro Piedra. De inmediato cantaron “Fe”, de creación del sanmiguelino, pero González no se movió. En 2015 tuvo un accidente cerebrovascular que lo dejó bastante dañado. La única posibilidad que tuvo de rehabilitarse fue a través de la Teletón. Esto no era menor, pues era la misma institución que González muchas veces criticó cada vez que lo invitaban a participar, en esa tradición de mantenerse incomodando desde la frontera entre el centro y la periferia, perpetuando su ambigüedad. Ese 3 de diciembre González no cantó nada, no dijo nada, apenas movía sus labios en un espectáculo que nos partió la dignidad. La imagen de González, sentado ahí por obra y gracia de quienes le habían permitido seguir viviendo como un ser humano, a costo de perder parte de su historia, era la imagen de un tiburón exhibido como trofeo. Era la segunda forma de fotografiar a la fiera, desangrándose, fuera de su terreno, sirviendo como orgullo de sus captores. Ahí, clasificado como un rockero caído, que abandona su rebeldía para poder sobrevivir, Jorge González hizo evidente uno de los signos más patentes de la derrota de la crítica a la Dictadura y a la Transición: su incapacidad para producir formas y espacios de autonomía al neoliberalismo que de verdad permitan superar los problemas de la sociedad. Lo terrible no es que Jorge González haya sido puesto en una silla como publicidad para la Teletón y en consecuencia para todo el negociado inmenso que allí se hace. Lo terrible era que nadie en su sano juicio podría culparlo por ello, pues ir a la Teletón es la única oportunidad de cura en un país sin derecho social a la salud de calidad. En tiempos en que la izquierda chilena se propone un Frente Amplio, bien vale pensar en Jorge González y en la tragedia que significa no haber construido aún formas eficaces de resolver los problemas sociales sin apelar a la explotación humana, la desintegración de los vínculos sociales y la degradación del medio ambiente.

Apenas una semana después de que González fuera exhibido como trofeo de pesca en cadena nacional, fue homenajeado en un show de rock vendido como la “despedida” del líder de Los Prisioneros, pero que poco de eso tuvo. Al final, el ministro de cultura, el concertacionista Ernesto Ottone, le entregó con un forzado abrazo de por medio, la orden al mérito Pablo Neruda. El viejo Jorge González ya no existe, sino como botín. Lejos de ser el terror y odio de los jovencitos ricos de los ochenta, era ahora el símbolo del triunfo del Estado subsidiario, de su trágica existencia como la única salida, incluso para sus más acérrimos críticos. Al igual que la foto del tiburón muerto era aún una foto de un tiburón, Jorge González seguía siendo Jorge González en esos escenarios, pero su existencia ya no tenía fines insurgentes, sino legitimantes de la dominación. Era la prueba de la permanencia de la trágica impotencia de las fuerzas de cambio en Chile.