Hace unos días, un medio de prensa chileno “de izquierdas” publicó una curiosa columna sobre la maternidad. La autora del artículo festina con las “peculiaridades” de las madres primerizas chilenas. Más que provocadora, graciosa, o rupturista, la columna representa una concepción heteronormativa de la maternidad. Tanto para la autora como para siglos de patriarcado, limpiar excrementos, mucosidades o amamantar parecen ser tareas indignas –que suscitan pena y asco–para un ciudadano decente.

El desprecio por las actividades imprescindibles para criar un ser humano (como cambiar pañales o amamantar) es crucial para entender los patrones de género de la sociedad actual. El lenguaje heteronormativo que distingue las esferas de competencia entre hombres y mujeres legitima una distribución desigual de los recursos y la división del trabajo sobre la base del género. Debido al menosprecio de las labores de reproducción (tradicionalmente asociadas al universo femenino) incentivos culturales y económicos recompensan trabajos “masculinos” –como ser ingeniero– por sobre el trabajo “femenino” –como ser parvularia– (England: 150). Economistas feministas, como Drucilla Barker, Paula England y Joan Tronto, han sido particularmente agudas para explicar que la asociación mujer-madre relega a las mujeres a campos profesionales de labores de cuidado (care work) y a que estos campos no sean remunerados adecuadamente. Estudiar educación parvularia, por ejemplo, corresponde a una opción profesional que, por enmarcarse en la cosmología de “lo femenino”, tienen bajos sueldos, carecen de seguridad laboral y tienen un estatus social inferior al de carreras “masculinas” (como ingeniería).  El mismo razonamiento explica el denominado “castigo a la maternidad”, donde mujeres en edad fértil o con hijos reciben menores sueldos que sus pares masculinos, pese a demostrar igual o mayor competencia.

Bajo esta ideología opera también la doble carga laboral de las mujeres. Además de participar en el mercado laboral formal, las mujeres frecuentemente tienen a su cargo conducir toda la maquinaria emocional de un hogar. Dar cariño, hacer camas, revisar tareas, abastecer y limpiar la casa, comprar regalos de navidad, celebrar cumpleaños, enmendar ropa y vestir a maridos e hijos, mantener el vínculo con familiares y amigos, son, entre otras, actividades incluidas en el listado de nuestro entrenamiento cultural. El término es conocido como doble carga laboral. Si no somos capaces de cumplir estas labores directamente, las mujeres profesionales (sobre todo en Latinoamérica) delegan estas labores en otras mujeres, no profesionales, forzadas a abandonar a los suyos para cuidar a otros.

La expectativa de ser trabajadoras y madres, unida a la “pena y el asco” contra la maternidad, tiene consecuencias políticas importantes. Significa que los grupos dominantes nos piden que ejerzamos nuestras labores de cuidado ojalá escondidas en la privacidad de nuestras casas. Como el lector podrá prever, la política neoliberal se desenvuelve con facilidad en esta lógica: si las mujeres deben estar a cargo de los trabajos de cuidado (de niños, enfermos y ancianos), entonces estas labores pertenecen a la esfera privada, a la que las mujeres han estado tradicionalmente confinadas. Ergo, el Estado queda fácilmente liberado de la carga económica y social envuelta en hacerse cargo de los niños, los viejos y los enfermos. En Chile esta situación se encuentra bien ilustrada con el abandono en que se encuentran la educación pública, la salud pública y la previsión social para jubilados: cuidar niños, enfermos y ancianos es responsabilidad de las mujeres y debe ser ejercido en la privacidad de cada hogar. “Y si no lo haces tú directamente, contrata a otra mujer para que lo haga por ti”, sería la alternativa.

Existen distintas maneras de pensar en la reversión del problema. La solución debiera incluir tanto modificar patrones culturales sobre las tareas de crianza y cuidado como implementar políticas públicas bajo las cuales el Estado alivie a los hogares de las labores de cuidado y ofrezca alternativas universales. Construir salas cunas, jardines infantiles, colegios y hospitales públicos para que entre todos cuidemos a nuestros conciudadanos; no solo mujeres, esposas, hermanas, tías, abuelas o madres. En otras palabras, empezar a disolver la distinción entre la esfera pública y la esfera privada cuando se trata de labores de cuidado (Barker: 2203). También, así como las mujeres debiesen ingresar a espacios masculinos y recibir iguales salarios y participación (en política, academia, deporte, música, tecnología, por ejemplo), los hombres debieran luchar contra su ideología de la masculinidad y empezar a ejercer labores tradicionalmente consideradas femeninas. De lo contrario, el espacio público seguirá perteneciendo a aquellos teóricos, políticos, intelectuales, profesionales exitosos (hombres y mujeres)  que disfrutan de su trabajo a costa de que otra –esposa, madre o empleada– ejerza las “degradantes” labores de cuidado. También es importante empezar a reconocer y legitimar decisiones de vida: casarse o no, con una pareja de igual o distinto sexo y decidir o no formar una familia.

En resumen, fuera de no ser muy divertida y bastante superficial, la infame columna del Clinic repite en versión “blog” un discurso bastante tradicional: que cuidar niños es asqueroso y degradante. Más que ser un llamado a las mujeres a rebelarse ante la imposición de tener hijos, termina por reproducir una lógica patriarcal de denigración de las labores tradicionalmente femeninas. Desde su profunda ignorancia contribuye a castigar a la maternidad, validar las brechas de género y legitimar la humillación como forma de participar en el espacio público. Sería interesante que los medios de comunicación en Chile empezaran a filtrar las columnas y terminen de legitimar este machismo desatado.

Referencias

Barker, D. 2005 “Beyond women and economics: rereading “women’s work”’, Signs 30(4): 2189-209

England, Paula. 2010. “The gender revolution: Uneven and stalled” Gender & Society 24 (2): 149-66.

Bonus track I

Desde el terremoto que generó Simone de Beauvoir en “El segundo sexo”, el feminismo se ha encargado de demostrar que la sociedad entrena a las mujeres para interpretar el rol abnegado de madres y esposas. Ante esta aterradora constatación, gran parte del feminismo de segunda ola declaró su repudio a la maternidad y alzó la bandera por los derechos sexuales y reproductivos de la mujer. Pese a los esfuerzos del movimiento por la liberación sexual feminista, ser madre todavía parece ser el rol femenino al que la sociedad le entrega mayor validación. Esta (débil) validación de las mujeres mantiene un correlato por la estupefacción (y quizás desprecio) por aquellas mujeres que deciden libremente mantenerse solteras y postergan, o decididamente evitan, la maternidad.  ¿Cuál es el resultado? Un universo patriarcal que concibe a la maternidad como una actividad imprescindible, pero que entiende a la crianza como un ejercicio sucio y vergonzoso que debe permanecer oculto y relegado al espacio privado. Luego en los noventas aparece el feminismo de tercera ola y el movimiento por legitimar y reivindicar el ejercicio de la maternidad. Bajo esta visión, aunque las tareas reproductivas puedan convertirse en un mecanismo que anula e invisibiliza la identidad de una mujer, también pueden entenderse como un rol legítimo, público y que debiera distribuirse equitativamente entre hombres y mujeres.

Bonus track II

A continuación, me tomé la libertad de tratar de traducir las oraciones de la columna en un lenguaje decente y constructivo.

Peppa Pig no causa autismo: esa es una noticia falsa”…
“Para ser honesta, no me esperaba otra cosa de ella, después de todo, es madre primeriza.”

Producto de su inseguridad y ansiedad, padres y madres pueden desarrollar una inquietud patológica por sus métodos de crianza y someter a extrema evaluación el mundo que rodea a sus hijos. Estudios han demostrado que una preocupación excesiva durante la paternidad puede tener efectos perjudiciales para los hijos, los que pueden ir desde el desarrollo de ansiedad y falta de confianza hasta un trastorno de personalidad por dependencia.

Sus temas de conversación no van más allá de pedir datos de nanas (la mayor obsesión de estas culiás), comparar clínicas y ginecólogos, preguntar si es normal tal cosa que le pasó a su teta después de dar leche…”

Ser padre o madre involucra comprometerse no solo a cuidar a un hijo, sino también a admitir y definir el desarrollo de una nueva personalidad y un nuevo estatus social. La identidad parental evoluciona y estabiliza a medida que padres y madres obtienen confianza en sus procesos personales y decisiones. También, ser padre o madre involucra identificar interlocutores válidos para el proceso de crianza y descubrir fuentes de información legítimas.

[Están] enchufadas 24/7 en las redes sociales, embutiéndole fotos y videos de sus pendejos horrendos a cada persona que puedan”.

La situación es compleja: ser padre o madre ciertamente involucra el riesgo de tomar malas decisiones. Quizás una de las más comunes y aparentemente inofensivas, es el sharenting, que se refiere a aquellos padres (parenting) que publican (share) numerosas fotografías de sus hijos en redes sociales sin aplicar medidas de privacidad. Un estudio reciente en Inglaterra muestra que redes digitales de pedófilos utilizan fotografías provenientes de las redes sociales y crean “temas” con ellas (usando referencias escalofriantes como “niños en la playa” o “niños haciendo gimnasia”).

De verdad me da entre pena y asco ver cómo una vida puede transformarse en eso: perder tu dignidad hundiendo tus fosas nasales en el ano de tu guagua para ver si se cagó, pasarle la lengua a un chupete con baba pasada a zoológico que se cayó al suelo para limpiarlo, succionarle mocos a un humano incapaz de hacerlo por sí mismo, masticar la comida antes de dársela.”

Estos tres puntos –preocupación patológica, estabilización de la identidad y sharenting– descifran la mejor versión posible de una crítica contra la forma en que actualmente algunos sectores sociales ejercen la paternidad. Ahora, ¿por qué la autora decidió emprender un ataque personal, que ridiculiza, insulta y humilla a las madres chilenas para abordar estos fenómenos?¿Es ser madre perder la dignidad?¿Es esto lo que piensan las jóvenes de clase alta en Chile?