Por Carolina Olmedo Carrasco

Tras la observación de algunos acontecimientos recientes en las artes visuales chilenas, es evidente que asistimos a un momento particular de emergencia de las cuestiones de género, la perspectiva feminista y de la historia de las mujeres en toda su extensión: producciones y curatorías institucionales e independientes, encuentros de gestión y -finalmente- la salida individual y colectiva al espacio público. Acciones sistemáticas de ensanche y ruptura de los estrechos límites en los que se han movido y se mueven las mujeres en el campo del arte y su historia local, y que emergen en clave de denuncia sobre las violencias e invisibilizaciones patriarcales del pasado, como también a modo de crítica presente a un sistema que reproduce la subordinación de la mujer en la política, el trabajo y la cultura.

Como se ha destacado en las distintas instancias públicas abiertas por el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) y Wikimedia Chile como una previa al Día de las Artes Visuales 2017, la imagen femenina en los relatos “oficiales” del arte global es ínfima a pesar de la mayoritaria presencia de mujeres en sus prácticas creativas y educativas. En Chile, esta desigualdad en la “institucionalización” de las artistas es visible en la actual constitución de las colecciones locales: menos del 12% de las obras pertenecen a mujeres en el propio MNBA, cerca del 10% en la Pinacoteca de la Universidad de Concepción y algo más del 2% en el Museo de Arte y Artesanías de Linares, por nombrar algunos ejemplos emblemáticos a lo largo del país. Aún más minúscula es la cantidad de obras de creadoras que han sido compradas y no solamente recibidas por voluntad de las artistas y sus familias a cambio de ninguna retribución económica o de prestigio. De estas pocas, las menos son las que llegan a ver la luz y salir del depósito para participar de exhibiciones que permitan su circulación y valoración contemporánea. En síntesis, el olvido ha sido y sigue siendo una condición material de trabajo para las mujeres en el arte, constatación ante la cual diversos proyectos asumen con urgencia la denuncia de la desigualdad naturalizada en las artes, que se traduce en su integración pasiva y sistemática al sentido común patriarcal.

Unidos en la gloria y en la muerte (1922) de la escultora chilena Rebeca Matte. Obra donada al MNBA por el diplomático Pedro Felipe Íñiguez, esposo de la artista, a un año de su muerte en 1929. Rebeca Matte fue nombrada Profesora Honoraria de la Academia de Bellas Artes de Florencia en 1918, distinción concedida por primera vez a un extranjero y a una mujer. Imagen cortesía Wikimedia Chile.

En el ámbito curatorial e investigativo -mundo en el que se encuentran los ámbitos intelectual y político-, destaca particularmente la serie de exposiciones conformada por (En)clave Masculino. Colección del Museo nacional de Bellas Artes 2016 y Desacatos. Prácticas artísticas femeninas, 1835-1938  (MNBA, 2017) encabezada por la curadora Gloria Cortés. Un díptico que da materialidad e imagen a la persistente exclusión de las creadoras chilenas en su propia escena, contemplando el peso del orden social patriarcal en la conformación de redes artísticas y el hostil espacio destinado a las prácticas femeninas en la institucionalidad. Entre las preguntas abiertas por ambas curatorías, las que más llaman la atención son ¿Cómo es que las artistas chilenas de la generación de Marta Brunet, Gabriela Mistral, María Luisa Bombal y Violeta Parra resultan completas desconocidas para las mayorías y están escasamente presentes en las instituciones de arte? Yendo más allá ¿Cómo todas ellas -mujeres en cultura comprometidas personal y políticamente entre sí- no han sido leídas por sus investigadores más exhaustivamente como una misma generación intelectual de mujeres? En las salas de ambas exhibiciones pudimos apreciar dos relatos que cruzan el devenir general del arte chileno, y que sin embargo han sido constantemente velados por sus cronistas: el aporte del arte a la representación y reproducción de lo masculino, y la persistente exclusión / omisión de la contribución femenina a las artes locales. Del mismo modo, su contribución fue también poner en juego un ejercicio historiográfico que -lejos de sólo “ensanchar” el relato oficial del arte con un subrelato de la historia de “sus mujeres”- aportó una nueva perspectiva de los hechos, capaz de explicar a las mujeres como un sujeto en emergencia social con representantes y expresión propia en el ámbito artístico.

También hubo contestación a estos proyectos curatoriales desde fuera de las instituciones. “¿Qué urgencia tiene visibilizar la producción de artistas en los circuitos de la oficialidad?”, “¿Contribuimos en algo a toda esta batalla cruel por hacernos desaparecer?”, “¿Es necesario argumentar el porcentaje de mujeres que produce / piensa / escribe / ejecuta arte y se le paga por hacerlo?”. Estas preguntas, planteadas por el colectivo Escuela de Arte Feminista en el I Encuentro Internacional de Mujeres Trabajadoras de la Cultura y las Artes, nos retrotraen al viejo debate sobre la capacidad del arte de hacer su propia política y el rol social del arte, para este caso en clave de género. Otro asunto crítico para esta colectiva es la “voltereta espistémica” (sic) que implicaría sostener la tibia categoría de “arte de mujeres” o “arte femenino”, y no su expresión más radical en una política nítidamente feminista.

Resulta necesario afirmar, a contraluz de estas afirmaciones, que el mundo que perfilan ciertos espacios del arte feminista no es tan claramente identificable en nuestro contexto local como lo es en sus referentes europeos. En primer grado porque asumen una base sólida de prácticas emancipatorias y cultura propia feminista existente al interior de la sociedad chilena, capaz de definir y ampliar las prácticas feministas de la política al espacio público directamente, sin pasar por una disputa de las instituciones. En este esquema, estas no serían consideradas como lo que son: un espacio constante y articulado de reproducción del discurso dominante y patriarcal. Como es constatable en las investigaciones antes mencionadas, la perspectiva feminista en el arte chileno como proyecto de colectividad aún está en un estado germinal, instado a disputar un espacio que desde dentro de la institución funcione como ariete para el ingreso de un arte feminista que ya existe en el exterior, como parte de sus políticas públicas. En este escenario, el feminismo es concebido más que como un proyecto de mujeres meramente abrazado por voluntad, como un quehacer urgente y  útil para asegurar nuestra sobrevivencia en el arte como un espacio de trabajo y expresión intelectual constantemente amenazado por el discurso dominante. Del mismo modo, de más está decir que cualquier proyecto que aspire a una emancipación de las mayorías necesita asumir descarnadamente el peso de estos agentes reproductores de dominación, y cómo amplias franjas de la población femenina mundial continúan siendo forzadas a cumplir las expectativas de su género más allá del propio deseo / capacidad de autoenunciarse como emancipadas de cualquier casilla.

En pleno 2017, es indesmentible la influencia de los rígidos modelos de comportamiento femenino, su dificultosa conquista de una voz política legitimada (apenas a mediados de los 40), y el constante cerco levantado en torno a la mujer en relación con la producción en el seno de una sociedad patriarcal (labores domésticas, de reproducción y cuidado) en su relación con las artes a lo largo del siglo XX, aún a pesar de que dichos aspectos sean escasamente tocados en los debates académicos o propiamente disciplinares. Como comenté en un texto previo, uno de los sesgos más persistentes en la institucionalidad cultural pública y privada es la discriminación por género: discriminación que no sólo se expresa en la composición de empleos y cargos de todo nivel y tipo, sino que igualmente en las políticas de adquisición, premiación y fomento a la creación vinculadas al financiamiento estatal.

Como es evidente, no basta sólo con solucionar por vía del lenguaje o la voluntad el hecho de que las artes visuales son y han sido un entramado de redes de masculinidad, capaces de proponer una política de exclusión en beneficio de ciertos agentes y afín a su mimetismo y despliegue en una sociedad desigual a la que no busca cuestionar. Es en este punto donde sí es posible evaluar la efectividad de los proyectos de arte feministas existentes hoy desde un actuar que se contrapone a la mera aglutinación “gremial” de las mujeres en una cuota: mientras el primero implica la denuncia descarnada y observación política de las formas que toma la dominación EN el arte y la sociedad, la segunda evade su crítica en la observación de una “nueva sociedad” (la de las mujeres) y se integra pasivamente al lugar otorgado para éstas en un devenir contemporáneo del régimen patriarcal. Vale decir, será su capacidad de hacer una política propia -y no su vinculación institucional o independencia, o lenguaje- la que definirá si su acción es realmente emancipatoria o puramente estetizante.

¿Qué sería entonces desarrollar una perspectiva feminista en el arte con ambición colectiva, capaz de extenderse desde los grupos de resistencia hacia la sociedad completa? Los próximos días nos traen una suerte de “ejemplo encarnado” de lo que pudiera ser la búsqueda de este equilibrio entre el dislocado “dentro” y “afuera”, en una acción que se plantea como objetivo principal una crítica pública al régimen de sentido patriarcal imperante y a la vez una tarea colectiva para “revertir” sus efectos organizando y vinculando a una generación completa de creadoras, curadoras e investigadoras en artes visuales. Este año, la celebración del Día de las Artes Visuales (fijada para el día 29 de septiembre) enfocará sus esfuerzos en el rescate y difusión de las creadoras chilenas de los siglos XIX y XX, ello a través de la convocatoria por parte del MNBA, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) y otras instituciones varias a una Editatón de mujeres artistas: una actividad organizada por Wikimedia Chile junto a Art+Feminism y ONU Mujeres que busca revertir el dificultoso acceso a las biografías y obras de las artistas a nivel global, y que en esta versión se centrará en el rescate de más de 100 artistas chilenas para su inclusión en Wikipedia de la mano de investigadoras y curadoras locales.

Es necesario afirmar que este evento no se realiza por voluntad de quienes dirigen a las instituciones implicadas -en cuyos discursos recientes puede constatarse una ausencia de la temática de género más allá de las tradicionales “cuotas” para cargos de dirección-, sino que de las propias mujeres que integran sus equipos intermedios y funcionarios, que exceden sus roles laborales para asumir un compromiso con la presencia femenina en el espacio público. Así, la adopción de uno de los “gestos civilizatorios” más potentes de nuestro tiempo (la inclusión de estas mujeres en Wikipedia, la enciclopedia más usada en la historia, así como la la mayor y más popular obra de consulta en Internet), es no sólo un gesto de “justicia simbólica”, sino sobre todo un antídoto a la invisibilización intelectual sufrida por dichas artistas a lo largo de su historia, y un mapa para acceder a su historia a partir de ellas mismas. Aquí el peso de Wikipedia como una herramienta que permite la propia organización y expresión de los sujetos colectivos en la sociedad civil es fundamental, en la medida que facilita su instalación a contrapelo y crítica respecto de las propias instituciones museales que alojan actualmente sus creaciones. Por otro lado, el programa artístico y cultural que acompañará este viernes a la Editatón es eminentemente femenino, desplegando el formato “letrado” de la investigación a la institución y su entorno como espacios políticos vivos dentro de la ciudad: por una parte brindando referentes contemporáneos en materia de arte y feminismo, pero también -por vía de la estampa ofrecida por el Bloque Gráfico Insurgente (conformado por las colectivas feministas Ser & Gráfica y Seri-Insurgentes) activando la memoria de las artistas chilenas por medio de carteles y fanzines que difundirán sus rostros, historias y gestos creativos en Santiago durante ese día.

Yo no quiero que a mi niña me la vayan a hacer princesa. Homenaje a Gabriela Mistral (2017) de la colectiva feminista Ser & Gráfica (Karine Hurtado + Drina Herrera). Imagen cortesía Ser & Gráfica.

Del mismo modo, el programa también incluye una conferencia magistral de Karen Cordero Reiman: historiadora, critica de arte, curadora, traductora y gestora cultural feminista de orígen norteamericana radicada en México, cuya obra busca desarrollar de manera crítica las problemáticas propias del estudio de las mujeres artistas, así como las metodologías necesarias para su abordaje como sujetas públicas al interior de las investigaciones de arte y sus lógicas inscriptivas patriarcales. Una actividad que apunta a la urgente necesidad de formar a más investigadoras y curadoras en las perspectivas de género y feminista no como una mera “extensión del repertorio temático” reparatorio, sino que como una estrategia a largo plazo para sortear el invisible cerco del machismo institucional a modo de supervivencia en sus propios términos.

Para finalizar, no quisiera dejar de expresar el intenso deseo (frustrado) de que Desacatos hubiera acompañado y sido sede de la primera Editatón de mujeres artistas realizada en Chile, más aún ante el apoyo que desde el CNCA se está otorgando a esta actividad. Estas piezas “despertadas” de su sueño perpetuo en las bodegas del museo por una curatoría de compromiso tienen eco y vigencia en una reunión de mujeres trabajadoras del arte a realizar el 29 de septiembre. Agrupación que sin duda busca las mismas banderas que en el pasado levantaron Laura Rodig, Ana Cortés, Henriette Petit y tantas otras que -junto a una práctica creativa rebelde- reivindicaron el aporte de las artistas a la lucha de las mujeres en lo político, lo intelectual y lo artístico. Tampoco veremos ya ese día en el MNBA la videoinstalación Necia (2017), de la joven artista tarapaqueña Juana Guerrero, que valientemente sostuvo sobre sus hombros la responsabilidad y silencio de una institución estatal completa ante una nueva conmemoración del golpe militar en Chile. En esta recomendada video-performance, Guerrero reflexiona desde las posibilidades del arte -en toda su libertad y crudeza- sobre el campamento de prisioneros políticos de Pisagua exhibiendo sin reparos su propio cuerpo en desgaste, agotado e impotente frente al paisaje. El silencio de las cariátides y los muros alrededor de los monitores -blancos, sin texto explicativo alguno- da cuenta de cómo las pesadas agendas institucionales y la ausencia de una sensibilidad política afín a las luchas contemporáneas terminan aparentemente alejando aún al museo de la sociedad y desperdiciando oportunidades efectivas de vinculación en un acercamiento largo de las mayorías movilizadas al arte. Sin embargo, la persistente aparición de obras de este tipo y de exhibiciones como Desacatos dentro del museo dan cuenta de cómo ciertos espacios afines dentro de la sociedad -en su activación y responsabilización institucional “extramuros”- son capaces de desbordar e interpelar a la institución, obligando al museo a asumir el rol histórico que este espacio ha tenido como motor de nuevas formas de arte en Chile. Por ahora, la invitación es a asistir este viernes 29 de septiembre a partir de las 11:00 hrs. a revivir e imaginar lo que estas artistas apenas recuperadas para lo público significan hoy, continuando su compromiso con una transformación radical de la sociedad patriarcal que excede cualquier adhesión verbalista a un discurso o práctica artística.

Más información del evento: http://bit.ly/2wRyhpF


Carolina Olmedo Carrasco es investigadora en arte contemporáneo e historia del arte; y estudiante de Doctorado en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile.